Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor.” Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

Palabra del Señor.

 

Al final, Elías lo tuvo claro. No sólo en lo referente a él y a su forma de situarse y de realizar su misión sino que quiso que otros compartieran su carisma, se enriquecieran de lo que él había vivido y continuaran adelante. Así lo hizo con Eliseo, dejándole “parte de su espíritu”, que por otro lado, lo había recibido enteramente de Dios. La respuesta de este joven, al recibir simbólicamente su manto, fue ir primero a despedirse de sus padres. Lo sorprendente es que si leemos bien el texto, lo que hace después no tiene nada que ver dar adioses trágicos y emotivos. Más bien se dedica a terminar con lo que hasta ese momento había sido su vida: quema los aperos de labranza, las yuntas y da un banquete a los suyos.

Me recuerda un precioso texto de J.M. Ballarín en su libro Francesco:

César quemó las naves para que no pudieran volver atrás los que iban a conquistar Britania. De cara al mar, aquello suponía una esclavitud que los ataba a la tierra aún desconocida; de cara a Britania, era una liberación: se habían librado de la tentación de volver a las Galias (…) Esta debe ser la libertad que viene de Dios. No hay nada más empequeñecedor si empezamos a condolernos de lo que hemos quemado. No hay nada más grande, con mayores posibilidades de navegar a toda vela, si tenemos la vista puesta en lo que nos espera.

Eliseo optó por la libertad de quemar las naves y no por la esclavitud de las galeras. Quizá, porque en palabras del salmista, supo ver que el Señor es su mayor bien, su alegría y toda la herencia que se puede ansiar. Pero qué difícil vivirlo así nosotros tantas veces…

No parece que se trate de grandilocuentes hazañas ni decisiones llamativas, como si la fidelidad estuviera en nuestras manos enteramente. Más bien parece que se trata de ser humildemente honrados: que nuestro sí, sea sí y nuestro no, sea no. Así lo afirma Jesús en el evangelio de hoy. Lo demás, viene del Maligno, no de Dios.

Evangelio para hoy…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,27-32):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.»

Palabra del Señor.

 

 

Jesús continúa hoy desgranando el sentido en que hemos de entender la plenitud de la ley. De nuevo son los pequeños detalles, apenas perceptibles, los que nos indican que esa plenitud se encuentra en el corazón, en el interior del hombre, en sus actitudes menos visibles. Las palabras de Jesús pueden sonar a rigorismo moral, pero no lo son. Son, más bien, la expresión de que es del interior de donde salen las malas (y las buenas) acciones (cf. Mt 15, 18-20) y de que es ahí a dónde hay que mirar: si no quieres llegar al adulterio (y a cualquier otra forma de comportamiento pecaminoso), no des rienda suelta a tus malos deseos, sólo porque puedes esconderlos en tu interior. Las alusiones al ojo o a la mano que se deben cortar si son motivo de escándalo, hay que entenderlas como una licencia literaria, en la que Jesús nos llama a ser radicales en nuestra lucha con el mal y sus raíces ya en nosotros mismos. No ser complacientes, condescendientes, haciendo pequeños pactos con el mal y el pecado, que, después, como un cáncer, acabará apoderándose por completo de nosotros. Escuchamos aquí el eco de aquellas otras palabras de Jesús, que nos advierte que quien es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y quien es deshonesto en lo poco, también lo será en lo más importante (cf. Lc 16, 10). Es esta la clave que nos permite entender la exigencia, para muchos un ideal imposible, de la indisolubilidad matrimonial: si viviéramos la fidelidad en lo pequeño, en los mínimos detalles de la vida cotidiana, si tratáramos de encarnar también ahí el mandamiento del amor (que incluye el perdón, otorgado y pedido, la reconciliación, la misericordia…), seríamos capaces de las grandes gestas, de las fidelidades mayores.

De nuevo Elías nos sirve de ejemplo. No ha encontrado a Dios en lo estruendoso, majestuoso y temible, sino en la suave brisa, casi imperceptible. Es la brisa del Espíritu. Y gracias a esa capacidad de descubrir a Dios en lo mínimo, es también capaz de sobreponerse a las enormes dificultades a las que se enfrenta, a una situación prácticamente desesperada, para poder intervenir en la historia, cumpliendo en ella el designio de Dios. De ese poder salvífico participamos todos los cristianos, cuándo, dejándonos llevar por el Espíritu, conformamos nuestro mundo (siquiera el pequeño mundo que nos rodea) según el querer de Dios.

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,20-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.»

Palabra del Señor.

 

Jesús ilustra hoy con ejemplos bien concretos lo que nos dijo ayer sobre llevar la ley a plenitud. No se trata de aligerar la ley, tampoco de hacerla más estricta, detallada o pesada. Se trata, en realidad, de un cambio de espíritu. O, mejor, de pasar de un ley escrita en papiros o en libros, a una ley escrita en el corazón. Jesús es, de hecho, el hombre de corazón nuevo, de corazón de carne, en la que Dios ha escrito su ley. Cuando se actúa según este espíritu, las exigencias de la ley no suenan como una voz extraña, ajena, constrictiva, que dice (tal vez, amenaza) “tú debes”, sino que es una inspiración interna (es verdad que no siempre cómoda o fácil, pero, en todo caso, no meramente exterior) por la que nos decimos a nosotros mismos “yo debo”. Vivir desde el corazón no significa vivir desde el puro sentimiento, sino desde el hombre interior que todos llevamos dentro, desde esa dimensión que es la autenticidad. Y cuando se vive desde el corazón uno no se limita uno a “cumplir” preceptos, ni a ese mínimo moral de abstenerse del mal. Desde el corazón, el ser humano va a la raíz de la cosas, se interesa por hacer el bien, por amor del bien mismo y no de intereses más o menos subjetivos, afina su mirada y va a esos pequeños detalles (las miradas, las palabras) de los que Jesús nos hablaba ayer. La ley llevada a su perfección significa adoptar la ley del amor como norma de nuestra vida. Vivir desde el corazón significa darse del todo y sin reservas. Por eso decimos que no se trata de “cumplir” más o menos, sino de experimentar una verdadera transformación, una “metanoia”, una conversión a la persona de Jesucristo, que es para nosotros ley. No hay ley que exija tanto como el amor, que llama a darse del todo y sin reservas; pero lo hace, no desde la fría exigencia de un deber desnudo, sino desde la misericordia y la disposición al perdón, pues el amor se hace cargo también de nuestras debilidades y límites.

Y es que la conversión de la que hablamos no se da de una vez y para siempre, sino en un proceso en el que no dejamos de experimentar los embates del hombre viejo que también vive en nosotros. Una vieja fábula de los indios americanos narraba cómo un anciano le decía a su joven nieto que en cada uno de nosotros habitan en lucha permanente dos lobos, uno malvado y sanguinario, y el otro manso y bondadoso. “Y ¿cuál de los dos vence, abuelo?”, preguntaba el pequeño indio. “Aquél al que alimentas”, respondía el anciano. Para alimentar al hombre interior, en lucha con el hombre viejo, Jesús nos propone el espíritu de perdón y reconciliación. Si nos negamos a, al menos, intentarla mientras estamos de camino, nos encerraremos a nosotros mismos en la cárcel de nuestro egoísmo y soberbia. 

El bautismo es el sacramento por el que nos hemos revestido de Cristo, hemos sido liberados, nos hemos reconciliado con Dios y hemos recibido la fuerza para tratar de reconciliarnos con los demás. La lluvia que pone fin a la sequía en el libro de los Reyes bien puede entenderse como un símbolo del bautismo. Mientras el perverso rey Ajab alimenta su vientre (su hombre viejo), Elías ora, y escruta los signos de la salvación divina, representada en la lluvia. Ajab es más poderoso, tiene más medios, pero Elías avanza más y más deprisa, porque su fuerza es la fe y se deja llevar por el Espíritu.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,17-19):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el Reino de los cielos.»

Palabra del Señor

¡Sois la SAL de la tierra!

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor.

 

Ser bienaventurado (bendito, beato, feliz) es un don que reciben los que aceptan a Cristo, porque es en él en quien las Bienaventuranzas se encarnan y se hacen realidad. Y esta bienaventuranza no puede no reflejarse en el modo de pensar, de actuar, de vivir de los que la han recibido. Por eso, Jesús no se dirige hoy a nosotros en condicional: lo que podríamos llegar a ser si cumplimos ciertas condiciones; sino que, después de habernos declarado felices (“bienaventurados vosotros…”), Jesús nos dice lo que ya somos: sal y luz. La sal da sabor, resalta lo bueno de lo que sazona, pero además ayuda a conservarlo. Ser sal de la tierra significa mejorar la calidad de la vida, aumentarla, darle plenitud. La luz nos permite ver, descubrir la belleza que nos rodea, pero también no perder el camino, orientarnos, acercarnos a la meta de nuestra vida. Ser luz del mundo significa ayudar a descubrir el sentido verdadero de la realidad toda, iluminar los valores que salvan nuestra vida, hacer al Dios Padre de Jesucristo visible en nuestro mundo.

Pero, como todo en la vida cristiana, el don por el que ya somos sal y luz no es algo automático, sino que conlleva una responsabilidad, la de cuidarlo y acrecentarlo para que cumpla la misión para la que se nos ha dado. Si lo acogemos de manera descuidada, desagradecida, rutinaria, sin dejar que penetre nuestro ser, acabará perdiendo su eficacia. De ahí la advertencia de Jesús sobre la sal que se vuelve sosa o la luz que se esconde.

De hecho, la fe y la vida cristiana son de por sí difusivos. Por eso ha elegido Jesús esas imágenes: la sal y la luz actúan sobre otras realidades distintas de ellas. Los cristianos no podemos no compartir lo que hemos recibido: no podemos vivir para nosotros mismos, sino para los demás, compartiendo nuestra fe, con el testimonio de la palabra y de las buenas obras.

De nuevo vemos el anticipo de la vida evangélica en el profeta Elías, que denuncia el pecado de su propio pueblo (sal que ha perdido el sabor, luz apagada por la idolatría), pero no duda en favorecer a una pobre viuda de un pueblo pagano, capaz de compartir generosamente con él lo poco que tiene. En la denuncia a su pueblo, se nos recuerda la responsabilidad que conlleva la fe. En la gracia que recibe la viuda de Sarepta, su subraya su carácter de don, y también que el bien y la salvación no conocen fronteras.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-13)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros.»

Palabra del Señor.

 

Hoy la Iglesia recuerda a San Bernabé como apóstol, aunque no fuera del grupo inicial de los Doce. Sabemos poco de él:

“José el apellidado por los apóstoles Bernabé, que traducido es lo mismo que Hijo de la consolación, levita, chipriota de linaje, como poseyese un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles” (Hch 4, 36-37).

Realmente, este gesto debió impresionar mucho a la primitiva comunidad cristiana: no sólo vender su campo sino poner el dinero a disposición de los apóstoles. Porque, ciertamente, podría haber repartido él su dinero entre los pobres como mejor le pareciera, no? Está claro que se fiaban de él, que era “un hombre bueno”, como nos dice la primera lectura, “lleno del Espíritu Santo y de fe”. No sabemos si tenía el don de la palabra y el anuncio, pero sí sabemos que junto a Pablo, fue cauce de conversión para muchos en Antioquía. Más aún, fue un decidido valedor de los paganos (los que no son de los nuestros de toda la vida, vaya…) ante los cristianos judaizantes, abriéndoles las puertas de la Iglesia y del Evangelio. También sabemos otro dato que puede ayudarnos a nosotros hoy: cuando Pablo llega a Jerusalén buscando a los discípulos, nadie le creía; seguían viendo en él al perseguidor. Y fue Bernabé quien intercedió por él y le dio credibilidad al llevarlo consigo ante los apóstoles y en la misión. 
¿Qué aprender nosotros hoy de este apóstol?

  • su desprendimiento efectivo de los bienes y propiedades que tenemos
  • su sentido eclesial al poner a disposición de los apóstoles el reparto de esos bienes
  • la capacidad para saber ver en otros (aunque estén cuestionados y rechazados) su disposición para el anuncio del Evangelio, arriesgando nuestra propia imagen y credibilidad
  • su corazón misericordioso, compasivo, sensible a las necesidades de los demás y capaz de consolar a sus hermanos
  • su dedicación plena en el anuncio del Evangelio, dando gratis lo que gratis le fue dado, como nos recuerda hoy Mateo.

Cada cual, según el don recibido y la fuerza que Dios no de, hagamos lo posible. Y si además, fuéramos capaces de ser apóstoles que no necesitan ni faja, ni oro, ni plata, ni túnica  ni bastón… , seríamos un poco más, como aquellos primeros cristianos.

Un corazón adornado por Dios…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,41-51):

Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»
Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Palabra del Señor

 

Un corazón adornado por Dios

Recuerdo el desván de casa de mi abuela. Grande, sencillo, luminoso y medio vacío. De pequeños subíamos a jugar y muchas veces nos disfrazábamos. Siempre nos gustó esto de probarnos trapos en mi casa. Y recuerdo de manera especial las veces que nos disfrazábamos de princesas o reinas… Sólo necesitábamos unos zapatos de tacón (siempre mucho más grande que nuestro pie pequeñito), alguna camisa florida y brillante que con nuestra altura se convertía en vestido de cola y varios collares viejos a modo de diadema o corona.

Han pasado los años y me sigue viniendo esta imagen cuando leo o escucho el pasaje de Isaías de hoy, en la fiesta del Corazón de María. A Dios le encanta “disfrazarnos”, vestirnos y adornarnos con joyas, porque nos quiere muchísimo. Porque le encanta viéndonos alegres, gozosos, como cantaremos hoy en el salmo.
Y así imagino y vivo el Corazón de María. Corazón humano. Corazón que Dios fue ganándose de pura gracia en la libertad entregada de María. Un corazón traspasado y sufriente, sí, como el de Jesús con que orábamos ayer.  Pero sobre todo un Corazón adornado por Dios.

Y es que, cuando Dios adorna, no sólo embellece. Está haciéndonos ver quién somos y para qué nos ha creado. Cuando Dios adorna, nos está embelleciendo y mejorando, siendo nuestro mejor yo posible. Nos está haciendo capaces de Dios para entender (como María en el evangelio de hoy) y para contener tanta vida.
San Ireneo lo expresaba en un conocido texto que hoy creo que puede expresar muy bien la belleza del Corazón de María y la gracia de su libertad al elegir sin fisuras que Dios la adorne para siempre. No me parece un mal plan para cada uno de nosotros:

“Porque tú no hiciste a Dios, sino que él te hizo. Y si eres obra de Dios, contempla la Mano de tu Artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en Sus Manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huella de sus dedos. Conservando tu forma subirás a lo perfecto; pues el arte de Dios esconde el barro que hay en ti. Su mano plasmó tu ser, te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro (Ex 25,11), y tanto te adornará, que el Rey deseará tu belleza (Sal 45[44],12). Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato a aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato a Dios pierdes al mismo tiempo el arte con que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir tu fe y obediencia a él, entonces recibirás de él su Arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios” (Ireneo, Adversus Haereses IV, 39,2).

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Juan (19,31-37):

En aquel tiempo, los judíos, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.
El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que atravesaron.»

Palabra del Señor.

 

Hoy celebra la Iglesia el Corazón de Jesús, su humanidad latiendo al ritmo de Dios. Sin desajustes. Sin arritmias. Puro compás. Eso que a nosotros, también humanos, nos resulta a veces tan costoso (latir al ritmo de Dios y no de otras cosas), es lo que ya Jesús ha realizado en su carne, para que nadie pueda decir: “¡es imposible!”. Puedes decir: “no sé si puedo, no sé si quiero…”, pero no podrás decir que es imposible. La plenitud que Él fue gestando día a día (no mágicamente) es la que se ha arraigado en nuestro propio corazón como fuerte raíz o fiel cimento. ¡No es imposible amar como Él, crecer como Él, tener sus mismos sentimientos y su sensibilidad!

Es un corazón quebrado, traspasado. Algo que nunca hubiera ocurrido con un corazón de piedra. No queremos la plenitud de una roca de granito impasible. Seguimos a un corazón tan débil como fracasado. Traspasado.

Quizá por eso el Corazón de Jesús sigue seduciendo a tantos hombres y mujeres débiles y fracasados como nosotros. ¿Acaso tú no te has sentido vencido en algún momento? ¿acaso nunca hubieras querido ser más fuerte para que no te quebraran? Yo sí.

Pero no es menos cierto que en esos momentos, si Dios quiere y nosotros nos dejamos hacer, descubrimos que “la gracia está en el fondo de la pena y la salud naciendo de la herida”. Y se obra el milagro de encontrar las personas más fuertes y dignas del mundo en medio de una fragilidad y pequeñez física y psíquica que sólo te empuja a arrodillarte y adorar.

Eso sí: adorar desde el corazón y al corazón. Desde la carne y en ella, en la humanidad. Si no, el Corazón que adoras no será el Corazón de Jesús.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,28b-34):

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.»
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

 

No sé si a vosotros os pasa. A mí bastantes veces. Empezamos a complicarnos la vida, a dar vueltas, a dudar y sospechar, a buscar atajos ocultos… y nos olvidamos de lo fundamental: el sentido común.

Algo de esto creo que elogia Jesús en el evangelio de hoy. Sin grandes alardes. Con pocas palabras: “No estás lejos del reino de Dios”. 

¿Qué me pide Dios?, ¿cuál es su voluntad para mí?, ¿qué decisión tomar frente a este asunto?, ¿cómo elegir lo más importante?… Cada uno podemos poner nuestras preguntas. Jesús no se enreda con minucias ni necesita preguntarte datos de tu vida y situación. No. Va al corazón: Escucha y ama. Escucha y ama. Escucha y ama. Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

¿Escuchar? Sí, y amar. Porque si escuchas y no amas, la escucha puede convertirse en autocomplacencia, en resignación o en refugio para no hacer nada. Y no entenderás a quien te habla, ni a Dios ni a los demás. Terminarás escuchándote solo a ti.

¿Amar? Sí y escuchar. Porque si amas sin escuchar, tu amor se irá haciendo cada vez más pequeño, más automático o más artificial y amaestrado. Sin nada ni nadie que te mantenga vigilante, en camino, sabiendo que la medida del amor no la das tú mismo sino el Otro y los otros a quienes escuchas.

Todo parece mas simple cuando aplicamos el sentido común…  ¿verdad? Pero qué pocas veces lo hacemos, especialmente con las cosas de Dios.

Evangelio de HOY…

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,18-27):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, de los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.” Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección y vuelvan a la vida, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les respondió: «Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo. Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados.»

Palabra de Dios.

 

Podríamos orar con el evangelio de hoy y “distraernos” con divorcios, adulterios, matrimonios o cualquier otra casuística. No digo que no haya que hacerlo, pero me parece que no es la mirada fundamental que Marcos quiere trasladarnos hoy. Fijémonos en el inicio y en el final. Por un lado, de nuevo una pregunta capciosa de los saduceos “que dicen que no hay resurrección”. Por otro, al final, la respuesta de Jesús: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados”.

Si nos inquieta más la curiosidad por saber cómo quedarán las parejas en la eternidad que saber que Jesús nos ve muy equivocados, tenemos un problema serio.  La cuestión no es sólo si creemos que haya vida después de la muerte, sino cuánta muerte estamos metiendo en esta vida. O cuánta vida estamos dejando morir en nosotros y a nuestro alrededor.

Quizá algo de esto estaba detrás de la recomendación que Pablo hace a Timoteo: “reaviva el don de Dios que recibiste, tu vocación, tu misión”. ¡Reaviva!, ¡no lo dejes morir!, ¡no te rindas!, ¡fíate!

Creer en un Dios de vivos es creer en la vida. Ahora y siempre. Porque es la misma, la vida de Dios que no acaba nunca. Esa vida eterna que esperamos y que ya ha comenzado aquí, ya se nos ha regalado como en semilla y todos sabemos, que ningún árbol llega a ser frondoso y sano si no se ha cuidado la semilla.

¡Que difícil es fiarse del futuro de alguien pero no confiar en su presente, por pobre e imperfecto que ahora sea! ¡Qué difícil poner nuestra esperanza en la vida futura si somos incapaces de esperar con otros y por otros aquí y ahora!

El día que dejemos de esperar, de amar, de creer, ese día estaremos muertos. Y entonces, dará igual cualquier disquisición teológica y espiritual que hagamos sobre el cielo y el Dios eterno. Estaremos muy equivocados. Y lo que es peor -porque eso no ocurre de un día para otro-, nos habremos dejado morir poco a poco. Ayudémonos para que eso no pase entre nosotros.