Nuestra Señora de los Ángeles

En el Período Colonial, Cartago era la principal ciudad para españoles en Costa Rica, y su capital. A su alrededor había varios pueblos para indígenas nativos.Las leyes españolas de ese tiempo prohibían que los mulatos y los pardos (negros libres), pasaran de la Cruz de Caravaca, vivíendo dispersos al este de la ciudad.

El 2 de agosto de 1635, una humilde joven que vivía en el lugar llamado la Puebla de los Pardos, recogía como de costumbre leña en medio del bosque. Sobre una roca, cerca de un manantial, se encontró una pequeña escultura de una mujer con un bebé en brazos. Decidió llevarla a su casa, donde la guardó en un cajón. Al día siguiente, volvió al sitio del primer hallazgo, y se encontró una talla de piedra igual a la encontrada el día anterior, hizo lo mismo, la llevó para su casa, para guardarla junto a la otra, pero al buscarla, notó que no estaba (y así guardó la nueva imagen encontrada). De este mismo modo sucedió al tercer día, pero esta vez la llevó al sacerdote de la localidad, Alonso de Sandoval, quien la guardó en un cofre, olvidandose de ella. Al día siguiente abrió la caja y para su sorpresa, no estaba. La joven volvió al lugar del hallazgo y encontró allí la imagen, llevàndola nuevamente al sacerdote quien la guardó dentro del sagrario. Al día siguiente abrió el sagrario y no la encontró, por lo que declaró que aquello era un mensaje de la Virgen María: ella deseaba estar en el bosque, alrededor del pueblo pardo y los humildes. Y así, construyeron un pequeño templo en su honor, donde actualmente se encuentra la Basílica dedicada a Nuestra Señora Reina de los Ángeles.

La pequeña imagen fue bautizada con el nombre de Virgen de los Ángeles, porque el 2 de agosto los franciscanos celebran la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles. Por esta razón, se tiene la certeza de que el hallazgo ocurrió ese día, pero no así el año exacto (se estima que fue antes de 1639 aunque algunos dan por un hecho que fue en 1635.

Relieve sobre el dintel de la entrada principal de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, ilustrando el hallazgo de la imagen de la Virgen por la mulata Juana Pereira.

La joven que encontró dicha imagen se llamaba Juana Pereira, se dice que era una campesina del lugar, otros afirman que era una mulata; y parece que se perdió en la Historia de Costa Rica. Se sabe que existió pues los escritos de la época y de la Iglesia lo comprueban, sin embargo, no se le dio seguimiento después del hallazgo de la imagen de la Virgen. El segundo Arzobispo de San José, Víctor Sanabria Martínez, intentó recuperar datos sobre ella. En sus investigaciones detectó que la mayoría de mujeres de esa zona se llamaban Juana y llevaban por apellido Pereira. Al no dar con la identidad de esta muchacha la llamó “Juana Pereira” como un homenaje a todas las campesinas de la época de esa joven que dio con la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. En ellas se pretendió extender ese honor a toda la cultura indígena y afrodescendiente de Costa Rica.

Según otras fuentes, en esa época era muy popular la imaginería religiosa en el Valle Central de Costa Rica. Hay mucha documentación sobre maestros, oficiales y aprendices que se especializaban en hacer imágenes en madera o piedra, para venderlas en el mercado local. La administración del gobernador español Gregorio de Sandoval Anaya y González de Alcalá, el obispo español Fernando Núñez Sagredo y el párroco de Cartago, Alonso de Sandoval, en los años del hallazgo, se caracterizó por establecer varias iglesias en “Pueblos de Indios” en los alrededores de Cartago, y la ermita de la Puebla de los Pardos fue obra suya.

 

Una iglesia se fue levantando con el aporte de los pobladores, muchos de los cuales tenían fincas de cacao. Para 1777 se inicia la elaboración del altar actual, razón por la cual se encuentran las tallas con estilizadas hojas rodeando una talla de mazorca de cacao grande y debajo de esta una incipiente o en crecimiento. A los dos lados están tallados unos canastos de frutos que son una alegoría a la abundancia de favores, milagros y alimento para sus feligreses. La cúpula es, en realidad, una enorme corona en la que se ve el anagrama de la Virgen María y cuyo remate final es la imagen de San Miguel Arcángel, venciendo al demonio.

 

Actualmente se encuentra en el altar principal de la Basílica de Los Ángeles, sitio de devoción y peregrinación para el pueblo católico costarricense y centroamericano. Entre el 25 de julio y 2 de agosto de cada año, la plaza de la Basílica, recibe aproximadamente alrededor de 800 mil personas (según datos de la UCR), nacionales y extranjeros, para mostrar su devoción a la Virgen, que en su mayoría llegan caminando desde sitios rurales como Guanacaste y San Vito, o de la misma ciudad de San José. Esta romería inicia desde el 25 de julio. Al lado de la Basílica se encuentra un manantial de agua bendita, donde los fieles recogen el agua en botellas y algunos se lavan partes o todo el cuerpo, para pedir un favor o sanación. En la Basílica se encuentra la sala de exvotos, lugar donde los fieles dejan una pequeña medalla con la forma de una parte del cuerpo de la que creen les sanó la Virgen o un recuerdo del milagro. Para la creencia popular católica, son muchos los favores realizados por medio de la Virgen y por eso los costarricenses que pertenecen a esta iglesia la quieren como su reina y madre.

Homilía DNJ 2019

DÍA NACIONAL DE LA JUVENTUD

Compartimos la homilía pronunciada por Mons. José Manuel Garita Herrera en el marco del Día Nacional de la Juventud en la Diócesis de Ciudad Quesada el día sábado 6 de julio 2019.

DÍA NACIONAL DE LA JUVENTUD,

Sábado 6 de julio 2019,

Diócesis de Ciudad Quesada, Cámara de Ganaderos San Carlos.

Mons. José Manuel Garita Herrera.

 

Queridos jóvenes católicos de Costa Rica:

Acá, en la diócesis de Ciudad Quesada, estamos muy felices y agradecidos por la presencia de todos ustedes y encontrarnos para celebrar este DNJ 2019. Nos sentimos muy motivados porque, desde hace 4 años, no teníamos el DNJ. Animados también por la reciente JMJ de la cual muchos de ustedes participaron, tanto en los Días en las Diócesis como en Ciudad de Panamá. Nos hemos congregado para este DNJ con el tema “Para mí la vida es Cristo”, y con el lema “Juguémonos la vida”. Sin duda alguna, esta es una expresión numerosa, viva, joven y alegre de la Iglesia costarricense. Dos breves pensamientos comparto con ustedes: por qué, primero; y para qué, segundo, celebrar un DNJ.

1.- Por qué celebrar un DNJ:

Porque necesitamos compartir, celebrar y manifestar nuestra fe. La experiencia de fe no es algo privado u oculto. La fe es vida, práctica, testimonio, es dinamismo e impulso, y ustedes los jóvenes dan razón de ello de manera inequívoca y elocuente. San Pablo, en la segunda lectura, nos ha dicho “Para mí la vida es Cristo”. Jóvenes, la vida es el primer y fundamental don que hemos recibido de Dios, pese a que hoy no pocos la quieran irrespetar y desconocer.

Celebramos este DNJ porque, para nosotros creyentes, el centro, el fin y la meta de nuestra vida es la persona de Jesucristo y el proyecto de vida que el Señor nos propone. Este proyecto de vida es realización plena y salvación eterna para nosotros, porque sólo Jesús tiene palabras de vida eterna. Él es el único que nos puede dar vida verdadera, auténtica, perdurable, no una vida vacía ni pasajera. Por ello, el apóstol también dirá: “todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo” (cfr. Fil 3,18).

Celebramos también este DNJ porque necesitamos encontrar el sentido y la finalidad de nuestra vida. Jesús, en el evangelio de San Juan, nos ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” ¡Cristo es nuestro camino entre tanta desviación y peligro! Jóvenes, porque Jesús es el camino, Él nunca les lleva al precipicio y a la perdición ¡Jesús es nuestra verdad entre tanta mentira, falsedad y engaño! Jóvenes, porque el Señor es la verdad, Él nunca les confunde ni mucho menos les engaña ¡Jesucristo es nuestra vida entre tantos signos de muerte! Jóvenes, porque Cristo es la vida, Él no quiere que desfallezcan ni se pierdan, sino que tengan vida de Dios, vida de fe, vida en abundancia que sólo Él les puede dar.

2.- Para qué celebrar un DNJ:

Estamos aquí para hacer vida y testimonio el lema de este DNJ “juguémonos la vida”. Queridos jóvenes, con relación a Cristo y a las exigencias de nuestra fe, estamos llamados a dar testimonio de lo que somos y creemos. Y esto significa arriesgar, tener claridad, valentía y coraje en dar razón de nuestra fe cristiana. Nada de miedos, cobardías ni complejos. Notemos, en la primera lectura, que, al llamar a Jeremías, el Señor le dice a este joven como ustedes: “No digas soy un muchacho, pues dondequiera que te envíe irás, y lo que te mande dirás. No les tengas miedo, porque estoy contigo para salvarte, mira que he puesto mis palabras en tu boca”. Jóvenes, el Señor les llama, Él es fiel y no les abandona a merced de corrientes contrarias o de las pruebas difíciles.

A ustedes jóvenes, el Papa Francisco, en su última Exhortación Apostólica “Vive Cristo, esperanza nuestra”, numeral 20 les dice: “Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14).

Asumiendo esta invitación del Señor a levantarse, ustedes jóvenes están llamados a proclamar las palabras de Dios, no las del mundo. Deben ir a los lugares y situaciones donde el Señor los mande para dar testimonio de su fe, para decir convincentemente “soy cristiano, pertenezco a la Iglesia, estos son mis valores y convicciones” sin ningún temor o complejo.

Estamos en este DNJ para actuar con autenticidad y fidelidad desde el evangelio y la doctrina de la Iglesia; no desde palabras, pensamientos o proyectos puramente humanos o acomodados a la moda fácil y engañosa. Recordemos que el cristianismo es vida y que la vida cristiana hay que traducirla en testimonio. Hoy en día, algunos quieren callar, aislar y quitar todo lo que sea fe cristiana e Iglesia. Todos nosotros, pero sobre todo ustedes -con su impulso y vitalidad juvenil- hemos de dar un paso adelante. Juguémonos la vida por Cristo entre las nuevas corrientes que niegan a Dios, la fe y la Iglesia. A ustedes jóvenes les gusta la claridad y la definición, por ello, juguémonos la vida dando rostro joven, fresco y dinámico de la fe cristiana y de la Iglesia. Tengan confianza, déjense acompañar por la Iglesia que es madre y maestra, que les guía por el camino de la auténtica felicidad, de la verdad y la salvación que es Cristo mismo, por quien hay que jugarse la vida testimonialmente en medio de pruebas, dificultades y adversidades. Pero no temamos, el Señor ha vencido al mundo y está con nosotros todos los días.

No temamos, y tomemos también el ejemplo de nuestra Madre, la Virgen María, quien siendo una joven dijo sí de manera rotunda y decidida a lo que el Señor le pedía. Ella es modelo de respuesta, ella es ejemplo de testimonio y es también compañera de camino.

Queridos jóvenes, la tarea después de este DNJ es clara: ser conscientes de que para nosotros la verdadera y única vida es Cristo. Y de que tenemos que jugarnos la vida por Él y por la Iglesia. Juguémonos la vida con nuestro testimonio claro, valiente y decidido. La Eucaristía nos dé la fuerza y el valor que necesitamos para ser fieles hasta el final. Para nosotros la vida es Cristo y nos queremos jugar la vida hoy y siempre por Él.

Amén.

Fiesta a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

En el siglo XV un comerciante acaudalado de la isla de Creta (en el Mar Mediterráneo) tenía la bella pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Era un hombre muy piadoso y devoto de la Virgen María. Cómo habrá llegado a sus manos dicha pintura, no se sabe. ¿Se le habría confiado por razones de seguridad, para protegerla de los sarracenos? Lo cierto es que el mercader estaba resuelto a impedir que el cuadro de la Virgen se destruyera como tantos otros que ya habían corrido con esa suerte.

Por protección, el mercader decidió llevar la pintura a Italia. Empacó sus pertenencias, arregló su negocio y abordó un navío dirigiéndose a Roma. En ruta se desató una violenta tormenta y todos a bordo esperaban lo peor. El comerciante  tomó el cuadro de Nuestra Señora, lo sostuvo en lo alto, y pidió socorro. La Santísima Virgen respondió a su oración con un milagro. El mar se calmó y la embarcación llegó a salvo al puerto de Roma.

Cae la pintura en manos de una familia

Tenía el mercader un amigo muy querido en la ciudad de Roma así que decidió pasar un rato con él antes de seguir adelante. Con gran alegría le mostró el cuadro y le dijo que algún día el mundo entero le rendiría homenaje a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Pasado un tiempo, el mercader se enfermó de gravedad. Al sentir que sus días estaban contados, llamó a su amigo a su lecho y le rogó que le prometiera que, después de su muerte, colocaría la pintura de la Virgen en una iglesia digna o ilustre para que fuera venerada públicamente. El amigo accedió a la promesa pero no la llegó a cumplir por complacer a su esposa que se había encariñado con la imagen. 

Pero la Divina Providencia no había llevado la pintura a Roma para que fuese propiedad de una familia sino para que fuera venerada por todo el mundo, tal y como había profetizado el mercader. Nuestra Señora se le apareció al hombre en tres ocasiones, diciéndole que debía poner la pintura en una iglesia, de lo contrario, algo terrible sucedería. El hombre discutió con su esposa para cumplir con la Virgen, pero ella se le burló, diciéndole que era un visionario. El hombre temió disgustar a su esposa, por lo que las cosas quedaron igual. Nuestra Señora, por fin, se le volvió a aparecer y le dijo que, para que su pintura saliera de esa casa, él tendría que irse primero. De repente el hombre se puso gravemente enfermo y en pocos días murió. La esposa estaba muy apegada a la pintura y trató de convencerse a sí misma de que estaría más protegida en su propia casa. Así, día a día, fue aplazando el deshacerse  de la imagen. Un día, su hijita de seis años vino hacia ella apresurada con la noticia de que una hermosa y resplandeciente Señora se le había aparecido mientras estaba mirando la pintura. La Señora le había dicho que le dijera a su madre y a su abuelo que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro deseaba ser puesta en una iglesia; y, que si no, todos los de la casa morirían.

La mamá de la niñita estaba espantada y prometió obedecer a la Señora. Una amiga, que vivía cerca, oyó lo de la aparición. Fue entonces a ver a la señora y ridiculizó todo lo ocurrido. Trató de persuadir a su amiga de que se quedara con el cuadro, diciéndole que si fuera ella, no haría caso de sueños y visiones. Apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a sentir unos dolores tan terribles, que creyó que se iba a morir. Llena de dolor, comenzó a invocar a Nuestra Señora para que la perdonara y la ayudara. La Virgen escuchó su oración. La vecina tocó la pintura, con corazón contrito, y fue sanada instantáneamente. Entonces procedió a suplicarle a la viuda para que obedeciera a Nuestra Señora de una vez por todas.

Accede la viuda a entregar la pintura

Se encontraba la viuda preguntándose en qué iglesia debería poner la pintura, cuando el cielo mismo le respondió. Volvió a aparecérsele la Virgen a la niña y le dijo que le dijera a su madre que quería que la pintura fuera colocada en la iglesia que queda entre la basílica de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. Esa iglesia era la de S. Mateo, el Apóstol.

La señora se apresuró a entrevistarse con el superior de los Agustinos quienes eran los encargados de la iglesia. Ella le informó acerca de todas las circunstancias relacionadas con el cuadro. La pintura fue llevada a la iglesia en procesión solemne el 27 de marzo de 1499. En el camino de la residencia de la viuda hacia la iglesia, un hombre tocó la pintura y le fue devuelto el uso de un brazo que tenía paralizado. Colgaron la pintura sobre el altar mayor de la iglesia, en donde permaneció casi trescientos años. Amado y venerado por todos los de Roma como una pintura verdaderamente milagrosa, sirvió como medio de incontables milagros, curaciones y gracias.

En 1798, Napoleón y su ejército francés tomaron la ciudad de Roma. Sus atropellos fueron incontables y su soberbia, satánica. Exilió al Papa Pío VII y, con el pretexto de fortalecer las defensas de Roma, destruyó treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo, la cual quedó completamente arrasada. Junto con la iglesia, se perdieron muchas reliquias y estatuas venerables. Uno de los Padres Agustinos, justo a tiempo, había logrado llevarse secretamente el cuadro. 

Cuando el Papa, que había sido prisionero de Napoleón, regresó a Roma, le dio a los agustinos el monasterio de S. Eusebio y después la casa y la iglesia de Sta. María en Posterula. Una pintura famosa de Nuestra Señora de la Gracia estaba ya colocada en dicha iglesia por lo que la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue puesta en la capilla privada de los Padres Agustinos, en Posterula. Allí permaneció sesenta y cuatro años, casi olvidada.

Hallazgo de un sacerdote Redentorista

Mientras tanto, a instancias del Papa, el Superior General de los Redentoristas, estableció su cede principal en Roma donde construyeron un monasterio y la iglesia de San Alfonso. Uno de los Padres, el historiador de la casa, realizó un estudio acerca del sector de Roma en que vivían. En sus investigaciones, se encontró con múltiples referencias a la vieja Iglesia de San Mateo y a la pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Un día decidió contarle a sus hermanos sacerdotes sobre sus investigaciones: La iglesia actual de  San Alfonso estaba construida sobre las ruinas de la de San Mateo en la que, durante siglos, había sido venerada, públicamente, una pintura milagrosa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Entre los que escuchaban, se encontraba el Padre Michael Marchi, el cual se acordaba de haber servido muchas veces en la Misa de la capilla de los Agustinos de Posterula cuando era niño. Ahí en la capilla, había visto la pintura milagrosa. Un viejo hermano lego que había vivido en San Mateo, y a quien había visitado a menudo, le había contado muchas veces relatos acerca de los milagros de Nuestra Señora y solía añadir: “Ten presente, Michael, que Nuestra Señora de San Mateo es la de la capilla privada. No lo olvides”. El Padre Michael les relató todo lo que había oído de aquel hermano lego. 

Por medio de este incidente los Redentoristas supieron de la existencia de la pintura, no obstante, ignoraban su historia y el deseo expreso de la Virgen de ser honrada públicamente en la iglesia.

Ese mismo año, a través del sermón inspirado de un jesuita acerca de la antigua pintura de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, conocieron los Redentoristas la historia de la pintura y del deseo de la Virgen de que esta imagen suya fuera venerada entre la Iglesia de Sta. María la Mayor y la de S. Juan de Letrán. El santo Jesuita había lamentado el hecho de que el cuadro, que había sido tan famoso por milagros y curaciones, hubiera desaparecido sin revelar ninguna señal sobrenatural durante los últimos sesenta años. A él le pareció que se debía a que ya no estaba expuesto públicamente para ser venerado por los fieles. Les imploró a sus oyentes que, si alguno sabía dónde se hallaba la pintura, le informaran dueño lo que deseaba la Virgen.

Los Padres Redentoristas soñaban con ver que el milagroso cuadro fuera nuevamente expuesto a la veneración pública y que, de ser posible, sucediera en su propia Iglesia de San Alfonso. Así que instaron a su Superior General para que tratara de conseguir el famoso cuadro para su Iglesia. Después de un tiempo de reflexión, decidió solicitarle la pintura al Santo Padre, el Papa Pío IX. Le narró la historia de la milagrosa imagen y sometió su petición.

El Santo Padre escuchó con atención. Él amaba dulcemente a la Santísima Virgen y le alegraba que fuera honrada. Sacó su pluma y escribió su deseo de que el cuadro milagroso de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera devuelto a la Iglesia entre Sta. María la Mayor y S. Juan de Letrán. También encargó a los Redentoristas de que hicieran que Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fuera conocida en todas partes.

Aparece y se venera, por fin, el cuadro de Nuestra Señora

Ninguno de los Agustinos de ese tiempo había conocido la Iglesia de San Mateo. Una vez que supieron la historia y el deseo del Santo Padre, gustosos complacieron a Nuestra Señora. Habían sido sus custodios y ahora se la devolverían al mundo bajo la tutela de otros custodios. Todo había sido planeado por la Divina Providencia en una forma verdaderamente extraordinaria.

A petición del Santo Padre, los Redentoristas obsequiaron a los Agustinos una linda pintura que serviría para reemplazar a la milagrosa.

La imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro fue llevado en procesión solemne a lo largo de las vistosas y alegres calles de Roma antes de ser colocado sobre el altar, construido especialmente para su veneración en la Iglesia de San Alfonso. La dicha del pueblo romano era evidente. El entusiasmo de las veinte mil personas que se agolparon en las calles llenas de flores para la procesión dio testimonio de la profunda devoción hacia la Madre de Dios

A toda hora del día, se podía ver un número de personas de toda clase delante de la pintura, implorándole a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro que escuchara sus oraciones y que les alcanzara misericordia. Se reportaron diariamente muchos milagros y gracias.

Hoy en día, la devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se ha difundido por todo el mundo. Se han construido iglesias y santuarios en su honor, y se han establecido archicofradías. Su retrato es conocido y amado en todas partes.

Signos de la imagen de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro
(conocida en el Oriente bizantino como el icono de la Madre de Dios de la Pasión)

Aunque su origen es incierto, se estima que el retrato fue pintado durante el decimotercero o decimocuarto siglo. El icono parece ser copia de una famosa pintura de Nuestra Señora que fuera, según la tradición, pintada por el mismo San Lucas. La original se veneraba en Constantinopla por siglos como una pintura milagrosa pero fue destruida en 1453 por los Turcos cuando capturaron la ciudad.

Fue pintado en un estilo plano característico de iconos y tiene una calidad primitiva. Todas las letras son griegas. Las iniciales al lado de la corona de la Madre la identifican como la “Madre de Dios”. Las iniciales al lado del Niño “ICXC” significan “Jesucristo”. Las letras griegas en la aureola del Niño: owu significan “El que es”, mientras las tres estrellas sobre la cabeza y los hombros de María santísima indican su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto.

Las letras más pequeñas identifican al ángel a la izquierda como “San Miguel Arcángel”; el arcángel sostiene la lanza y la caña con la esponja empapada de vinagre, instrumentos de la pasión de Cristo. El ángel a la derecha es identificado como “San Gabriel Arcángel”, sostiene la cruz y los clavos. Nótese que los ángeles no tocan los instrumentos de la pasión con las manos, sino con el paño que los cubre.

Cuando este retrato fue pintado, no era común pintar aureolas. Por esta razón el artista redondeó la cabeza y el velo de la Madre para indicar su santidad. Las halos y coronas doradas fueron añadidas mucho después. El fondo dorado, símbolo de la luz eterna da realce a los colores más bien vivos de las vestiduras. Para la Virgen el maforion (velo-manto) es de color púrpura, signo de la divinidad a la que ella se ha unido excepcionalmente, mientras que el traje es azul, indicación de su humanidad. En este retrato la Madona está fuera de proporción con el tamaño de su Hijo porque es -María- a quien el artista quiso enfatizar.

Los encantos del retrato son muchos, desde la ingenuidad del artista, quien quiso asegurarse que la identidad de cada uno de los sujetos se conociera, hasta la sandalia que cuelga del pie del Niño. El Niño divino, siempre con esa expresión de madurez que conviene a un Dios eterno en su pequeño rostro, está vestido como solían hacerlo en la antigüedad los nobles y filósofos: túnica ceñida por un cinturón y manto echado al hombro. El pequeño Jesús tiene en el rostro una expresión de temor y con las dos manitas aprieta la derecha de su Madre, que mira ante sí con actitud recogida y pensativa, como si estuviera recordando en su corazón la dolorosa profecía que le hiciera Simeón, el misterioso plan de la redención, cuyo siervo sufriente ya había presentado Isaías.

En su doble denominación, esta bella imagen de la Virgen nos recuerda el centralismo salvífico de la pasión de Cristo y de María y al mismo tiempo la socorredora bondad de la Madre de Dios y nuestra.

Juan es su nombre…

“Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.”

 

 

Reflexión

Como a toda mujer encinta, a Isabel le ha llegado su hora. Dentro de la historia, el alumbramiento de una mujer constituye un hecho absolutamente normal, aunque gozoso para los padres y los parientes.

Nuestro caso presenta, sin embargo, un aspecto diferente. Los padres eran ancianos; y la mujer, estéril. Por eso, dentro de los límites humanos, era imposible una concepción y un nacimiento. Pero ante Dios no existen cosas imposibles. Por eso, los ancianos han podido recibir el don de un niño.

Para entenderlo totalmente debemos tener en cuenta otro dato: lo que al autor del evangelio le interesa no es el detalle histórico de los padres ancianos o el hecho biológico de la esterilidad. Esos datos ya se encuentran de una forma ejemplar en la historia de Abraham y Sara. Lo que interesa es que estos hechos transmiten una certeza fundamental: la convicción de que Juan Bautista no ha sido simplemente el resultado de una casualidad biológica.

El texto presupone que en el nacimiento de Juan han intervenido dos factores. Actúa, por un lado, la realidad humana de los padres que se aman. Al mismo tiempo, influye de manera decisiva el poder de Dios que guía la historia de los hombres. La prueba de ese poder es el milagro de la fecundidad de unos ancianos. Su resultado, el nacimiento de Juan Bautista. Es él quien, dentro de la línea de los profetas de Israel, prepara de una manera inmediata el camino de Jesús.

Sobre este fondo se entiende perfectamente la historia del nombre. Siguiendo la tradición de la familia y suponiendo que el niño les pertenece, los parientes quieren llamarlo Zacarías. Los padres, sin embargo, saben que el niño es un regalo de Dios y Dios le ha destinado a realizar su obra. Por eso le impone el nombre de Juan, como se lo ha indicado el ángel (1,13).
Y Juan significa: “Dios es misericordioso”. Por medio de este niño, Dios se manifiesta realmente misericordioso para con sus padres. Y se manifiesta más misericordioso aún para con el mundo, porque le regala el Precursor de su propio Hijo Divino.

En toda la historia bíblica – recordemos p.ej. los casos de Abraham o de Pedro – la imposición de un nombre por parte de Dios (o de Jesús) significa la elección y nombramiento para una misión extraordinaria. Entonces, desde su mismo nacimiento, llevando el nombre que Dios le ha señalado, Juan aparece como un elegido que debe realizar esa gran misión que Dios le ha encomendado.

Ahora termina la mudez de Zacarías. La mudez era un signo de la verdad de las palabras del ángel que le anuncia el nacimiento de un niño. Ante la presencia de Dios, la realidad humana ha de callar, terminan las objeciones, se acaban las resistencias. Como signo de la obra de Dios que al actuar pone en silencio las cosas de este mundo, está la mudez de Zacarías.
Pero una vez que se realiza esa obra de Dios, una vez que al niño se le pone el nombre señalado, viene de nuevo la palabra. Las primeras palabras que pronuncian los labios abiertos de Zacarías son un canto de alabanza.

En el nacimiento del Precursor se anuncia el tiempo de salvación, el tiempo de proclamar las maravillas de Dios. Del pequeño círculo de los vecinos y parientes, sale y se extiende por toda la montaña de Judea la noticia de los acontecimientos extraordinarios. La noticia y el mensaje de salvación buscan extenderse a espacios cada vez más amplios. Tiene el destino y la fuerza de conquistar el mundo.

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy termina diciendo: “la mano de Dios estaba con él”. Creo que Dios estará también con nosotros, si preparamos como Juan los caminos del Señor.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Papa Francisco ha elegido el lema de la próxima JMJ

María se levantó y partió sin demora”.

 

El Papa Francisco anunció el lema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud del año 2022 que se celebrará en la ciudad de Lisboa, Portugal: “María se levantó y partió sin demora”.

El Santo Padre hizo este anuncio este sábado 22 de junio durante la audiencia que concedió en el Palacio Apostólico del Vaticano a jóvenes participantes en el XI Fórum Internacional de los Jóvenes, que se celebrado en Roma del 19 al 22 de junio, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, con el objetivo de promover la implementación del Sínodo 2018 sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

El Pontífice realizó este anuncio por sorpresa. Explicó que “el camino de preparación al Sínodo de 2018 coincidió en gran parte con el itinerario hacia la JMJ de Panamá, que tuvo lugar solo 3 meses después. En mi mensaje a los jóvenes de 2017 expresé la esperanza de que hubiera una gran armonía entre estos dos caminos”.

“¡Pues bien!, la próxima edición internacional de la JMJ será en Lisboa en 2022. Para esta etapa de peregrinación intercontinental de los jóvenes he elegido como tema: “María se levantó y partió sin demora”.

El Santo Padre invitó a los jóvenes a meditar durante los dos próximos años “sobre los versículos: ‘¡Joven, a ti te digo, levántate!’, y ‘¡Levántate! ¡Te hago testigo de las cosas que has visto!’”.

“Con esto, deseo también esta vez que haya sintonía entre el itinerario hacia la JMJ de Lisboa y el camino post-sinodal. No ignoren la voz de Dios que los empuja a levantarse y a seguir los caminos que Él ha preparado para ustedes. Como María, y junto a ella, sean cada día portadores de su alegría y su amor”.

En su discurso, el Papa Francisco hizo un llamado a los jóvenes católicos a implicarse más en la Iglesia: “La Iglesia los necesita para ser plenamente ella misma”.

El Pontífice aseguró a los jóvenes que “ustedes son el hoy de Dios, el hoy de la Iglesia”. “Como Iglesia, ustedes son el Cuerpo del Señor Resucitado presente en el mundo. Quiero que recuerden siempre que ustedes son miembros de un único cuerpo. Están unidos el uno al otro y solos no sobrevivirían”.

“Se necesitan mutuamente para marcar, de verdad, la diferencia en un mundo cada vez más tentado por las divisiones. Solo caminando juntos seremos de verdad fuertes. ¡Con Cristo, Pan de Vida que nos da fuerza para el camino, llevemos la luz de su fuego a las noches de este mundo!”.

San Antonio de Padua

Nació en Lisboa, en 1195. Santo franciscano de origen portugués, sacerdote y doctor de la Iglesia. Su nombre de nacimiento era Fernando Martins; era hijo primogénito de Martín de Alfonso, caballero portugués descendiente de nobles franceses (los Bouillon), y de María Taveira.

Estudió en la escuela catedralicia, donde un tío suyo era maestrescuela; más tarde, en torno a 1210, ingresó en el monasterio de canónigos regulares de San Agustín de San Vicente de Fora, cerca de Lisboa. Allí tuvo como maestros al propio prior, Pedro, y a un hombre de amplios conocimientos como Petrus Petri. Pero su familia y amigos no aceptaron su vocación y trataron de hacerle abandonar.

Para evitar estas presiones renunció a la herencia familiar y se trasladó en 1212 al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, importante centro de enseñanza religiosa que contaba con una gran biblioteca. En este otro lugar recibió la influencia de la escuela teológica de San Víctor (París) a través de profesores que habían estudiado allí. Tampoco en Coimbra encontró tranquilidad, pues el monasterio se vio afectado por el enfrentamiento entre el rey Alfonso II de Portugal y el papa Inocencio III: su propio prior, Juan, fue excomulgado por apoyar al primero.

Hacia 1219, fecha en que probablemente era ya sacerdote, conoció a la pequeña comunidad franciscana de Coimbra, establecida poco antes en el eremitorio de Olivais, y se sintió atraído por su modo de vida fraterno, evangélico y en pobreza. Cuando poco después llegaron a su monasterio restos de los primeros mártires franciscanos, muertos en Marrakech, decidió ingresar en la nueva orden, que a causa de su reciente creación aún estaba poco extendida y carecía del prestigio que alcanzaría más adelante. Fray Juan Parenti, provincial de España, presidió la sencilla ceremonia de toma de hábito franciscano (verano de 1220), en la que cambió el nombre de Fernando por el de Antonio (el eremitorio de Olivais estaba dedicado a San Antonio Abad), símbolo de su cambio de vida.

Tras un breve noviciado, e impulsado por el ejemplo de los mártires franciscanos, parece que en otoño de ese mismo año embarcó hacia Marruecos junto con otro hermano de orden, fray Felipe de Castilla, para alcanzar él mismo el martirio. Sin embargo, al poco de desembarcar contrajo la malaria, enfermedad que le dejaría secuelas para toda la vida; convaleciente todo el invierno, se vio obligado a abandonar el país.

Su intención era ahora llegar a las costas españolas y desde ellas volver por tierra a Portugal, pero una tempestad llevó el barco en que viajaba hasta Sicilia. Permaneció algún tiempo en Milazzo (costa noreste de la isla), donde había una comunidad franciscana, para completar su recuperación. En junio de 1221 asistió al capítulo de su orden en Asís (“capítulo de las Esteras”, que convocó a 3.000 franciscanos); allí conoció a San Francisco de Asís y decidió no regresar a Coimbra para ponerse al servicio de fray Gracián, provincial de la Romaña (circunscripción franciscana que abarcaba todo el norte de Italia).

Éste lo envió durante un año al eremitorio de Montepaolo (cerca de Forli) para que se fortaleciese antes de encomendarle alguna misión de apostolado. A mediados de 1222, ya con buena salud, predicó en la catedral de Forli (sin haber preparado previamente sus palabras, pero con gran profundidad) con ocasión de unas ordenaciones de franciscanos y dominicos.

Su provincial le nombró predicador y le encargó ejercer su ministerio por todo el norte de Italia, donde se extendía por muchos lugares el catarismo. Recorrió así, enseñando, numerosos lugares. Su labor catequética en Rímini en 1223, por ejemplo, fue difícil, pero sus exhortaciones y discusiones públicas acabaron teniendo éxito, logrando convertir entre otros a Bononillo, obispo cátaro. A finales de este año o principios de 1224 estuvo también en Bolonia, enseñando teología a otros frailes franciscanos en el convento de Santa María de la Pugliola; fue el primer maestro de la orden, recibiendo para ello el permiso de San Francisco, que le escribió una carta llamándole “mi obispo”.

Hacia 1224 o 1225, sus superiores lo trasladaron al sur de Francia, donde los albigenses tenían más fuerza que en Italia. Su método para combatir la herejía consistió en llevar una vida ejemplar, en charlas con los no creyentes y en catequesis para fortalecer la fe de los cristianos. Prosiguió su enseñanza teológica en Montpellier (donde se formaban los franciscanos y dominicos que iban a predicar en la región) y Tolosa (ciudad con fuerte presencia albigense), además de ser guardián del convento de Le Puy-en-Velay (al oeste de Valence y Lyon) y, desde el capítulo de Arlés de 1225, custodio de Limoges. Como tal estableció la residencia de los franciscanos de la ciudad en una antigua ermita benedictina y fundó un convento cerca de Brieve.

A finales de 1225 participó en el sínodo de Bourges, que examinó la situación de la región. San Antonio de Padua señaló a los prelados la necesidad de vivir sencillamente para dar ejemplo; el obispo de Bourges, Simón de Sully, respondió a sus palabras y aplicó en lo sucesivo la reforma de costumbres, ayudándose de franciscanos y dominicos para la evangelización de su diócesis.

La muerte de San Francisco el 3 de octubre de 1226 le obligó a viajar a Asís, como custodio de Limoges, para asistir al capítulo general que debía elegir nuevo ministro general; éste tuvo lugar el 30 de mayo de 1227, siendo elegido fray Juan Parenti. Buen conocedor de la valía de Antonio, le nombró provincial de Romaña. Muy querido por sus frailes, recorrió los lugares de su provincia donde había conventos franciscanos; uno de ellos fue Vercelli, donde predicó en la catedral con gran impacto y conoció al teólogo y canónigo regular Tomás Galo.

También por entonces debió estar durante estancias largas en Padua, donde fundó una escuela de franciscanos y comenzó a escribir una serie de sermones. Fruto de su labor fue el aumento de las misiones de predicación y la fundación de numerosos conventos. En el capítulo general de 1230, reunido con ocasión del traslado de los restos de San Francisco a su basílica de Asís, pidió a Parenti que le retirase el cargo, a causa de su mala salud.

El general aceptó su renuncia a cambio de formar parte de una comisión que debía presentar al papa Gregorio IX varias cuestiones sobre la regla franciscana que el pontífice debía estudiar y aprobar. Ante él y la curia romana predicó por entonces Antonio, siendo escuchado con entusiasmo: el papa lo llamó “Arca del Testamento”. Es posible que colaborase en la redacción de la bula Quo elongati, respuesta a los problemas planteados por la orden al pontífice.

Después marchó al que sería su último destino, Padua, en la que se entregó con tal ardor que en lo sucesivo a su nombre quedaría asociado el de la ciudad: Antonio de Padua. Se instaló primero en la capilla de la Arcella, junto al convento de clarisas, pero solía predicar en el convento franciscano de Santa María, extramuros de la ciudad.

Escribió, por petición del cardenal Reinaldo dei Segni (el futuro Alejandro IV), una serie de sermones según las fiestas del año litúrgico y predicó hasta el agotamiento la Cuaresma de 1231; a sus sermones diarios asistió gran parte de la ciudad y consiguió del Consejo Mayor de la ciudad la liberación de los deudores presos por no tener medios con qué pagar sus deudas (origen del “Estatuto de San Antonio”). Poco después, el podestá Esteban Badoer le rogó que solicitase al poderoso Ezzelino IV da Romano la liberación de varios nobles paduanos que tenía prisioneros; de este modo, viajó a Verona y se entrevistó con Ezzelino, aparentemente sin éxito, si bien unos meses después de la muerte de Antonio acabaría por ceder.

En mayo, habiendo empeorado su salud por el viaje, se retiró al cercano lugar de Camposampiero para descansar y terminar de escribir los Sermones. Pero la gente tuvo conocimiento del lugar en que estaba y acudió en masa a oírle y pedirle consejo. El viernes 13 de junio sufrió un colapso y, ante el próximo fin, pidió que le trasladasen a Padua. Así se hizo, aunque para evitar las multitudes se detuvieron en la Arcella, donde murió Antonio esa misma tarde tras recibir la extremaunción y recitar los salmos penitenciales. No tenía aún cuarenta años, y había ejercido su intensa predicación poco más de diez.

Orador sagrado, fundador de hermandades y de cofradías, teólogo y hombre de gobierno, dejó varios tratados de mística y de ascética y se publicaron todos sus sermones. Un año después de su muerte fue beatificado. Su culto, muy popular, se generalizó a partir del siglo XV. Su representación más valiosa se debe a Goya, quien lo plasmó en San Antonio de la Florida. Fue proclamado doctor de la Iglesia en el año 1946. Su fiesta se celebra el 13 de junio.

Papa Francisco: La comunión supera las divisiones

En una plaza de san Pedro acariciada por el sol primaveral, el Papa Francisco continuó con su nuevo ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, interrumpido la semana pasada  por su catequesis sobre su reciente viaje apostólico en Rumanía. El pasaje evangélico del cual tomó el punto de partida de su reflexión fue el capítulo 1 de los Hechos, versículos 21-22.26.

Aferrados a María

«Hemos comenzado un nuevo ciclo de catequesis que seguirá el «viaje» del Evangelio que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Todo tiene origen en la Resurrección de Cristo, que es la fuente de vida nueva. Por eso los discípulos permanecen unidos y perseverantes en la oración, junto a María, la Madre de Jesús y de la nueva comunidad, en espera de recibir el Espíritu Santo».

Uno de los dolorosos acontecimientos de la Pasión que muestra este libro, dijo el Papa, es que los Apóstoles del Señor ya no son los doce elegidos por Él, sino once. Esto sucede porque Judas se quitó la vida aplastado por el remordimiento:

«Esa primera comunidad estaba formada por ciento veinte hermanos y hermanas, un número que contiene el doce, emblemático para Israel, por las doce tribus, y también para la Iglesia, por los doce Apóstoles elegidos por Jesús, que después de los acontecimientos dolorosos de la pasión, con la traición de Judas, se redujeron a once».

El virus del orgullo infectó el corazón del Apóstol

Judas, explicó Francisco, “había empezado a separarse de la comunión con el Señor y con los demás, a hacer a solas, a aislarse, a apegarse al dinero hasta explotar a los pobres, a perder de vista el horizonte de la gratuidad y de la entrega, hasta que permitió que el virus del orgullo infectara su mente y su corazón”:

«Judas, que había recibido la gracia de formar parte del grupo inseparable de Jesús, perdió de vista el horizonte de la gratuidad del don recibido y dejó entrar en su corazón el virus del orgullo; y de amigo se volvió enemigo de Jesús, traicionándolo».

Así, Judas, que había recibido esta gracia «prefirió la muerte a la vida, un camino de oscuridad y ruina. Los otros once, en cambio, escogieron la vida y la bendición, convirtiéndose en responsables de trasmitirlas de generación en generación, del Pueblo de Israel a la Iglesia».

Se inaugura el discernimiento comunitario

Se hizo necesario entonces “reconstituir el grupo de los doce”, y así “se inaugura la práctica del discernimiento comunitario”, que consiste en ver la realidad a través de los ojos de Dios, desde el punto de vista de la unidad y la comunión:

«El evangelista Lucas nos dice cómo el abandono de Judas causó una herida al cuerpo comunitario. Era necesario que su misión pasara a otro. Pedro indicó el requisito indispensable: haber sido discípulo de Jesús desde el principio hasta el fin, desde el bautismo en el Jordán hasta la Ascensión».

He aquí que la comunidad ora de la siguiente manera – siguió diciendo Francisco: «Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra cuál de estos dos has elegido para ocupar el lugar que Judas ha abandonado». Y el Señor indica a Matías:

«De los dos candidatos propuestos, el escogido fue Matías, que es asociado a los once, reconstituyendo el colegio apostólico, signo de que la comunión es el primer testimonio de una comunidad viva y que sigue el estilo del Señor».

 

De esta manera – prosiguió el Santo Padre – se reconstituye el cuerpo de los Doce, signo de comunión, y esa comunión supera las divisiones, el aislamiento, la mentalidad que absolutiza el espacio privado, signo de que la comunión es el primer testimonio que ofrecen los Apóstoles.

 

Redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado

El Romano Pontífice señaló entonces también nuestranecesidad de “redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado”, “dejando atrás las actitudes autorreferenciales, renunciando a retener los dones de Dios y no cediendo a la mediocridad”. Puesto que la reconstitución del colegio apostólico “muestra cómo en el ADN de la comunidad cristiana hay unidad y libertad de sí mismo, que nos permite no temer la diversidad, no apegarnos a las cosas y a los dones y ser mártires, es decir, testigos luminosos del Dios vivo y operante en la historia”.

Pedir el don de vivir bajo la Señoría de Cristo

Al saludar a los fieles, el Santo Padre Francisco dirigió un mensaje especial, como suele hacerlo, a los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados. Haciendo presente la memoria litúrgica en el día de mañana de San Antonio de Padua, patrono de los pobres y los sufrientes, oró para que su intercesión los ayude a experimentar el auxilio de la misericordia divina. A los fieles peregrinos de lengua española, animó a pedir al Señor «el don de vivir bajo la señoría de Cristo, en unidad y libertad, como testigos de su Resurrección, para manifestar al mundo el amor y la misericordia de Dios que está presente y actúa en la historia de la humanidad», y les impartió su bendición.

Francisco: Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor.

El Papa: Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor

Discurso del Santo Padre a los participantes en el Congreso Internacional de los líderes de la Renovación Carismática Católica – CHARIS.

“El Bautismo en el Espíritu Santo, la unidad del Cuerpo de Cristo y el servicio a los pobres son el testimonio necesario para la evangelización del mundo, a la que todos estamos llamados por nuestro bautismo”, aliento del Papa Francisco a los líderes de la Renovación Carismática Católica (Catholic Chariasmatic Renewal International Service – Charis), a quienes recibió en audiencia la mañana de este sábado, 8 de junio, en el Aula Pablo VI del Vaticano.

Renovación Carismática, una oportunidad para la Iglesia

En su discurso, el Papa Francisco señaló que, en esta solemnidad de Pentecostés comienza una nueva etapa en el camino iniciado por la Renovación Carismática hace 52 años. “Renovación Carismática – precisó el Pontífice citando el Discurso de Pablo VI a los participantes en el III Congreso Internacional de la Renovación Carismática Católica, 19 mayo 1975 – que se ha desarrollado en la Iglesia por voluntad de Dios y que es una oportunidad para la Iglesia”.

Gracias a ICCRS y a la Fraternidad Católica

Asimismo, el Santo Padre en nombre de la Iglesia, agradeció a la ICCRS y a la Fraternidad Católica la misión realizada en estos casi 30 años. “Vosotros habéis marcado el camino y habéis permitido, con vuestra fidelidad – precisó el Papa – que CHARIS sea hoy una realidad. ¡Gracias!”. Gracias también al equipo de cuatro personas a quienes encargué la concretización de este nuevo y único servicio, agregó el Pontífice; y al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en la persona del Cardenal Farrell, que los ha acompañado.

Una nueva etapa en este camino

Hoy, dijo el Papa Francisco, comienza una nueva etapa en este camino. Una etapa señalada por la comunión entre todos los miembros de la familia carismática, donde se manifiesta la presencia poderosa del Espíritu Santo para bien de toda la Iglesia. Esta Presencia hace que todos sean iguales, porque todos y cada uno ha nacido del mismo Espíritu; grandes y pequeños, con muchos años o recién nacidos, comprometidos a nivel universal o local, forman el todo, que es superior a la parte.

Nuevo y único servicio de comunión

El Santo Padre señaló que este servicio es Nuevo. “Existe al comienzo una sensación de inseguridad ante los cambios que lo nuevo puede traer. Es humano tener un cierto temor a lo nuevo. No es el caso en personas del Espíritu: «Yo hago nuevas todas las cosas», dice el Señor en el libro del Apocalipsis (21,5). Las novedades de Dios son siempre de bendición, porque proceden de su corazón amoroso”. Existe siempre la tentación de decir: “Estamos bien como estamos, lo estamos haciendo bien, ¿por qué cambiar? Dejémoslo como está; nosotros sabemos cómo se hace”. Este pensamiento no viene del Espíritu, al menos no del Espíritu Santo, tal vez del espíritu del mundo… No caigan en ese error. «Yo hago nuevas todas las cosas», dice el Señor.

 

Servicio. No gobierno. A veces, sucede en las asociaciones humanas, sean seculares o religiosas, existe la tentación de ir siempre en busca de beneficios personales. Y la ambición de ser visto, de dirigir, de dinero; siempre así: la corrupción entra así, ¿eh? No: servicio, siempre servicio. Servicio no significa obstrucción: el diablo entra por los bolsillos. Servicio significa dar: dar, dar, darse, darse.

Comunión. Todos con un mismo corazón vuelto al Padre para dar testimonio de la unidad en la diversidad. Diversidad de carismas que el Espíritu ha suscitado en estos 52 años. “Alargar las cuerdas de la tienda”, como dice Isaías 54 (cf. v. 2), para que quepan todos los miembros de una misma familia. Una familia donde hay un solo Dios Padre, un solo Señor Jesucristo y un solo Espíritu vivificante. Una familia en la que un miembro no es más importante que otro, ni por edad, ni por inteligencia, ni por sus capacidades, porque todos son hijos amados del mismo Padre. El ejemplo del cuerpo que nos da san Pablo es muy ilustrativo en este sentido (cf. 1 Co 12,12-26).

Tres elementos de Charis

Estos tres elementos: el Bautismo en el Espíritu Santo, la unidad del Cuerpo de Cristo y el servicio a los pobres son el testimonio necesario para la evangelización del mundo, a la que todos estamos llamados por nuestro bautismo. Evangelización que no es proselitismo sino, principalmente, testimonio. Testimonio de amor: “mirad cómo se aman”; eso es lo que llamaba la atención de los que encontraban a los primeros cristianos. “Mirad cómo se aman”. Evangelizar es amar. Compartir el amor de Dios por todos. Se pueden crear organismos para evangelizar, se pueden hacer planes pensados y estudiados cuidadosamente: ¡Si no hay amor no sirven para nada! “Mirad cómo se aman”.

Fuente: Vatican News

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan (16,23b-28):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.
Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor.

 

 

Jesús nos enseña hoy en el evangelio cómo debemos orar para que nuestras palabras alcancen el corazón del Padre del cielo. Es verdad que cuando rezamos, solemos sufrir muchas distracciones, ¡llevamos tantas cosas en la cabeza! Y a veces llegamos a pensar que no vale la pena rezar así, porque nuestra mente no se centra en las palabras que decimos. Pero la verdad es que la oración que hacemos en el nombre de Jesús, siempre llega al corazón del Padre y obtiene su fruto, tal vez no exactamente lo que nosotros querríamos. Pero nadie sale con las manos vacías de la presencia de Dios nuestro Padre.

Jesús quiere además que experimentemos alegría en la oración y nos dice: “pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa”. Es la alegría que brota del corazón que se ha abierto con toda confianza ante la bondad infinita del Señor.  Y aunque a veces la tristeza o la angustia o la enfermedad llene nuestra alma,  estando frente al sol siempre experimentaremos calor, es calorcito íntimo que nos da la seguridad de que alguien nos escucha y está a nuestro lado.

He aquí una historia sorprendente que demuestra que también en la enfermedad incurable se puede vivir, no sólo con resignación, sino con alegría.

La sierva de Dios María Florencia Domínguez Netto (por sobrenombre Piché) nació en Asunción, Paraguay,  el 27 de octubre de 1917. Desde los primeros años de su infancia vivió en Encarnación donde sus padres pusieron su domicilio.

A los cinco años de edad comenzó su enfermedad de parálisis, que ya no la dejaría en toda su vida. La parálisis fue inmovilizando los miembros de su cuerpo y a los nueve años se vio obligada a vivir postrada en cama, de la que ya no salió hasta su muerte, acaecida el 17 de noviembre de 1982. Total 56 años postrada en la cama.

Ella, bajo la luz del Espíritu Santo, penetró en el misterio de la cruz y aprendió a ver en el dolor un favor del Señor y una muestra de su predilección, por eso, cuando más arreciaba el dolor, que según los médicos que la atendieron, tenía que ser muy fuerte, ella solía repetir:

– “Son caricias de mi buen Jesús”.

Adquirió el difícil arte de hacer de la renuncia y el dolor, una fuente de amor y un camino de santidad. Era su medio de apostolado, acercaba a Dios a cuantos la visitaban.

Al cumplir los cincuenta años hizo imprimir un recordatorio: “En recuerdo y eterna gratitud al Señor porque me ha elegido para servirle durante 50 años  desde esta cama a través de la enfermedad”. Y ponía la fecha: 6 diciembre 1925 a 1975 y debajo la frase: “Sea mil veces bendito el sufrimiento que me ha acercado a Dios”.

Es admirable el gesto heroico de Maria Florencia  aceptando la enfermedad,  y admirable también el amor de los familiares que la cuidaron a lo largo de tantos años.