San Antonio de Padua

Nació en Lisboa, en 1195. Santo franciscano de origen portugués, sacerdote y doctor de la Iglesia. Su nombre de nacimiento era Fernando Martins; era hijo primogénito de Martín de Alfonso, caballero portugués descendiente de nobles franceses (los Bouillon), y de María Taveira.

Estudió en la escuela catedralicia, donde un tío suyo era maestrescuela; más tarde, en torno a 1210, ingresó en el monasterio de canónigos regulares de San Agustín de San Vicente de Fora, cerca de Lisboa. Allí tuvo como maestros al propio prior, Pedro, y a un hombre de amplios conocimientos como Petrus Petri. Pero su familia y amigos no aceptaron su vocación y trataron de hacerle abandonar.

Para evitar estas presiones renunció a la herencia familiar y se trasladó en 1212 al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, importante centro de enseñanza religiosa que contaba con una gran biblioteca. En este otro lugar recibió la influencia de la escuela teológica de San Víctor (París) a través de profesores que habían estudiado allí. Tampoco en Coimbra encontró tranquilidad, pues el monasterio se vio afectado por el enfrentamiento entre el rey Alfonso II de Portugal y el papa Inocencio III: su propio prior, Juan, fue excomulgado por apoyar al primero.

Hacia 1219, fecha en que probablemente era ya sacerdote, conoció a la pequeña comunidad franciscana de Coimbra, establecida poco antes en el eremitorio de Olivais, y se sintió atraído por su modo de vida fraterno, evangélico y en pobreza. Cuando poco después llegaron a su monasterio restos de los primeros mártires franciscanos, muertos en Marrakech, decidió ingresar en la nueva orden, que a causa de su reciente creación aún estaba poco extendida y carecía del prestigio que alcanzaría más adelante. Fray Juan Parenti, provincial de España, presidió la sencilla ceremonia de toma de hábito franciscano (verano de 1220), en la que cambió el nombre de Fernando por el de Antonio (el eremitorio de Olivais estaba dedicado a San Antonio Abad), símbolo de su cambio de vida.

Tras un breve noviciado, e impulsado por el ejemplo de los mártires franciscanos, parece que en otoño de ese mismo año embarcó hacia Marruecos junto con otro hermano de orden, fray Felipe de Castilla, para alcanzar él mismo el martirio. Sin embargo, al poco de desembarcar contrajo la malaria, enfermedad que le dejaría secuelas para toda la vida; convaleciente todo el invierno, se vio obligado a abandonar el país.

Su intención era ahora llegar a las costas españolas y desde ellas volver por tierra a Portugal, pero una tempestad llevó el barco en que viajaba hasta Sicilia. Permaneció algún tiempo en Milazzo (costa noreste de la isla), donde había una comunidad franciscana, para completar su recuperación. En junio de 1221 asistió al capítulo de su orden en Asís (“capítulo de las Esteras”, que convocó a 3.000 franciscanos); allí conoció a San Francisco de Asís y decidió no regresar a Coimbra para ponerse al servicio de fray Gracián, provincial de la Romaña (circunscripción franciscana que abarcaba todo el norte de Italia).

Éste lo envió durante un año al eremitorio de Montepaolo (cerca de Forli) para que se fortaleciese antes de encomendarle alguna misión de apostolado. A mediados de 1222, ya con buena salud, predicó en la catedral de Forli (sin haber preparado previamente sus palabras, pero con gran profundidad) con ocasión de unas ordenaciones de franciscanos y dominicos.

Su provincial le nombró predicador y le encargó ejercer su ministerio por todo el norte de Italia, donde se extendía por muchos lugares el catarismo. Recorrió así, enseñando, numerosos lugares. Su labor catequética en Rímini en 1223, por ejemplo, fue difícil, pero sus exhortaciones y discusiones públicas acabaron teniendo éxito, logrando convertir entre otros a Bononillo, obispo cátaro. A finales de este año o principios de 1224 estuvo también en Bolonia, enseñando teología a otros frailes franciscanos en el convento de Santa María de la Pugliola; fue el primer maestro de la orden, recibiendo para ello el permiso de San Francisco, que le escribió una carta llamándole “mi obispo”.

Hacia 1224 o 1225, sus superiores lo trasladaron al sur de Francia, donde los albigenses tenían más fuerza que en Italia. Su método para combatir la herejía consistió en llevar una vida ejemplar, en charlas con los no creyentes y en catequesis para fortalecer la fe de los cristianos. Prosiguió su enseñanza teológica en Montpellier (donde se formaban los franciscanos y dominicos que iban a predicar en la región) y Tolosa (ciudad con fuerte presencia albigense), además de ser guardián del convento de Le Puy-en-Velay (al oeste de Valence y Lyon) y, desde el capítulo de Arlés de 1225, custodio de Limoges. Como tal estableció la residencia de los franciscanos de la ciudad en una antigua ermita benedictina y fundó un convento cerca de Brieve.

A finales de 1225 participó en el sínodo de Bourges, que examinó la situación de la región. San Antonio de Padua señaló a los prelados la necesidad de vivir sencillamente para dar ejemplo; el obispo de Bourges, Simón de Sully, respondió a sus palabras y aplicó en lo sucesivo la reforma de costumbres, ayudándose de franciscanos y dominicos para la evangelización de su diócesis.

La muerte de San Francisco el 3 de octubre de 1226 le obligó a viajar a Asís, como custodio de Limoges, para asistir al capítulo general que debía elegir nuevo ministro general; éste tuvo lugar el 30 de mayo de 1227, siendo elegido fray Juan Parenti. Buen conocedor de la valía de Antonio, le nombró provincial de Romaña. Muy querido por sus frailes, recorrió los lugares de su provincia donde había conventos franciscanos; uno de ellos fue Vercelli, donde predicó en la catedral con gran impacto y conoció al teólogo y canónigo regular Tomás Galo.

También por entonces debió estar durante estancias largas en Padua, donde fundó una escuela de franciscanos y comenzó a escribir una serie de sermones. Fruto de su labor fue el aumento de las misiones de predicación y la fundación de numerosos conventos. En el capítulo general de 1230, reunido con ocasión del traslado de los restos de San Francisco a su basílica de Asís, pidió a Parenti que le retirase el cargo, a causa de su mala salud.

El general aceptó su renuncia a cambio de formar parte de una comisión que debía presentar al papa Gregorio IX varias cuestiones sobre la regla franciscana que el pontífice debía estudiar y aprobar. Ante él y la curia romana predicó por entonces Antonio, siendo escuchado con entusiasmo: el papa lo llamó “Arca del Testamento”. Es posible que colaborase en la redacción de la bula Quo elongati, respuesta a los problemas planteados por la orden al pontífice.

Después marchó al que sería su último destino, Padua, en la que se entregó con tal ardor que en lo sucesivo a su nombre quedaría asociado el de la ciudad: Antonio de Padua. Se instaló primero en la capilla de la Arcella, junto al convento de clarisas, pero solía predicar en el convento franciscano de Santa María, extramuros de la ciudad.

Escribió, por petición del cardenal Reinaldo dei Segni (el futuro Alejandro IV), una serie de sermones según las fiestas del año litúrgico y predicó hasta el agotamiento la Cuaresma de 1231; a sus sermones diarios asistió gran parte de la ciudad y consiguió del Consejo Mayor de la ciudad la liberación de los deudores presos por no tener medios con qué pagar sus deudas (origen del “Estatuto de San Antonio”). Poco después, el podestá Esteban Badoer le rogó que solicitase al poderoso Ezzelino IV da Romano la liberación de varios nobles paduanos que tenía prisioneros; de este modo, viajó a Verona y se entrevistó con Ezzelino, aparentemente sin éxito, si bien unos meses después de la muerte de Antonio acabaría por ceder.

En mayo, habiendo empeorado su salud por el viaje, se retiró al cercano lugar de Camposampiero para descansar y terminar de escribir los Sermones. Pero la gente tuvo conocimiento del lugar en que estaba y acudió en masa a oírle y pedirle consejo. El viernes 13 de junio sufrió un colapso y, ante el próximo fin, pidió que le trasladasen a Padua. Así se hizo, aunque para evitar las multitudes se detuvieron en la Arcella, donde murió Antonio esa misma tarde tras recibir la extremaunción y recitar los salmos penitenciales. No tenía aún cuarenta años, y había ejercido su intensa predicación poco más de diez.

Orador sagrado, fundador de hermandades y de cofradías, teólogo y hombre de gobierno, dejó varios tratados de mística y de ascética y se publicaron todos sus sermones. Un año después de su muerte fue beatificado. Su culto, muy popular, se generalizó a partir del siglo XV. Su representación más valiosa se debe a Goya, quien lo plasmó en San Antonio de la Florida. Fue proclamado doctor de la Iglesia en el año 1946. Su fiesta se celebra el 13 de junio.

Papa Francisco: La comunión supera las divisiones

En una plaza de san Pedro acariciada por el sol primaveral, el Papa Francisco continuó con su nuevo ciclo de catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, interrumpido la semana pasada  por su catequesis sobre su reciente viaje apostólico en Rumanía. El pasaje evangélico del cual tomó el punto de partida de su reflexión fue el capítulo 1 de los Hechos, versículos 21-22.26.

Aferrados a María

«Hemos comenzado un nuevo ciclo de catequesis que seguirá el «viaje» del Evangelio que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Todo tiene origen en la Resurrección de Cristo, que es la fuente de vida nueva. Por eso los discípulos permanecen unidos y perseverantes en la oración, junto a María, la Madre de Jesús y de la nueva comunidad, en espera de recibir el Espíritu Santo».

Uno de los dolorosos acontecimientos de la Pasión que muestra este libro, dijo el Papa, es que los Apóstoles del Señor ya no son los doce elegidos por Él, sino once. Esto sucede porque Judas se quitó la vida aplastado por el remordimiento:

«Esa primera comunidad estaba formada por ciento veinte hermanos y hermanas, un número que contiene el doce, emblemático para Israel, por las doce tribus, y también para la Iglesia, por los doce Apóstoles elegidos por Jesús, que después de los acontecimientos dolorosos de la pasión, con la traición de Judas, se redujeron a once».

El virus del orgullo infectó el corazón del Apóstol

Judas, explicó Francisco, “había empezado a separarse de la comunión con el Señor y con los demás, a hacer a solas, a aislarse, a apegarse al dinero hasta explotar a los pobres, a perder de vista el horizonte de la gratuidad y de la entrega, hasta que permitió que el virus del orgullo infectara su mente y su corazón”:

«Judas, que había recibido la gracia de formar parte del grupo inseparable de Jesús, perdió de vista el horizonte de la gratuidad del don recibido y dejó entrar en su corazón el virus del orgullo; y de amigo se volvió enemigo de Jesús, traicionándolo».

Así, Judas, que había recibido esta gracia «prefirió la muerte a la vida, un camino de oscuridad y ruina. Los otros once, en cambio, escogieron la vida y la bendición, convirtiéndose en responsables de trasmitirlas de generación en generación, del Pueblo de Israel a la Iglesia».

Se inaugura el discernimiento comunitario

Se hizo necesario entonces “reconstituir el grupo de los doce”, y así “se inaugura la práctica del discernimiento comunitario”, que consiste en ver la realidad a través de los ojos de Dios, desde el punto de vista de la unidad y la comunión:

«El evangelista Lucas nos dice cómo el abandono de Judas causó una herida al cuerpo comunitario. Era necesario que su misión pasara a otro. Pedro indicó el requisito indispensable: haber sido discípulo de Jesús desde el principio hasta el fin, desde el bautismo en el Jordán hasta la Ascensión».

He aquí que la comunidad ora de la siguiente manera – siguió diciendo Francisco: «Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra cuál de estos dos has elegido para ocupar el lugar que Judas ha abandonado». Y el Señor indica a Matías:

«De los dos candidatos propuestos, el escogido fue Matías, que es asociado a los once, reconstituyendo el colegio apostólico, signo de que la comunión es el primer testimonio de una comunidad viva y que sigue el estilo del Señor».

 

De esta manera – prosiguió el Santo Padre – se reconstituye el cuerpo de los Doce, signo de comunión, y esa comunión supera las divisiones, el aislamiento, la mentalidad que absolutiza el espacio privado, signo de que la comunión es el primer testimonio que ofrecen los Apóstoles.

 

Redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado

El Romano Pontífice señaló entonces también nuestranecesidad de “redescubrir la belleza de dar testimonio del Resucitado”, “dejando atrás las actitudes autorreferenciales, renunciando a retener los dones de Dios y no cediendo a la mediocridad”. Puesto que la reconstitución del colegio apostólico “muestra cómo en el ADN de la comunidad cristiana hay unidad y libertad de sí mismo, que nos permite no temer la diversidad, no apegarnos a las cosas y a los dones y ser mártires, es decir, testigos luminosos del Dios vivo y operante en la historia”.

Pedir el don de vivir bajo la Señoría de Cristo

Al saludar a los fieles, el Santo Padre Francisco dirigió un mensaje especial, como suele hacerlo, a los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados. Haciendo presente la memoria litúrgica en el día de mañana de San Antonio de Padua, patrono de los pobres y los sufrientes, oró para que su intercesión los ayude a experimentar el auxilio de la misericordia divina. A los fieles peregrinos de lengua española, animó a pedir al Señor «el don de vivir bajo la señoría de Cristo, en unidad y libertad, como testigos de su Resurrección, para manifestar al mundo el amor y la misericordia de Dios que está presente y actúa en la historia de la humanidad», y les impartió su bendición.

Francisco: Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor.

El Papa: Renovación Carismática, corriente de gracia, sean testigos de ese amor

Discurso del Santo Padre a los participantes en el Congreso Internacional de los líderes de la Renovación Carismática Católica – CHARIS.

“El Bautismo en el Espíritu Santo, la unidad del Cuerpo de Cristo y el servicio a los pobres son el testimonio necesario para la evangelización del mundo, a la que todos estamos llamados por nuestro bautismo”, aliento del Papa Francisco a los líderes de la Renovación Carismática Católica (Catholic Chariasmatic Renewal International Service – Charis), a quienes recibió en audiencia la mañana de este sábado, 8 de junio, en el Aula Pablo VI del Vaticano.

Renovación Carismática, una oportunidad para la Iglesia

En su discurso, el Papa Francisco señaló que, en esta solemnidad de Pentecostés comienza una nueva etapa en el camino iniciado por la Renovación Carismática hace 52 años. “Renovación Carismática – precisó el Pontífice citando el Discurso de Pablo VI a los participantes en el III Congreso Internacional de la Renovación Carismática Católica, 19 mayo 1975 – que se ha desarrollado en la Iglesia por voluntad de Dios y que es una oportunidad para la Iglesia”.

Gracias a ICCRS y a la Fraternidad Católica

Asimismo, el Santo Padre en nombre de la Iglesia, agradeció a la ICCRS y a la Fraternidad Católica la misión realizada en estos casi 30 años. “Vosotros habéis marcado el camino y habéis permitido, con vuestra fidelidad – precisó el Papa – que CHARIS sea hoy una realidad. ¡Gracias!”. Gracias también al equipo de cuatro personas a quienes encargué la concretización de este nuevo y único servicio, agregó el Pontífice; y al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en la persona del Cardenal Farrell, que los ha acompañado.

Una nueva etapa en este camino

Hoy, dijo el Papa Francisco, comienza una nueva etapa en este camino. Una etapa señalada por la comunión entre todos los miembros de la familia carismática, donde se manifiesta la presencia poderosa del Espíritu Santo para bien de toda la Iglesia. Esta Presencia hace que todos sean iguales, porque todos y cada uno ha nacido del mismo Espíritu; grandes y pequeños, con muchos años o recién nacidos, comprometidos a nivel universal o local, forman el todo, que es superior a la parte.

Nuevo y único servicio de comunión

El Santo Padre señaló que este servicio es Nuevo. “Existe al comienzo una sensación de inseguridad ante los cambios que lo nuevo puede traer. Es humano tener un cierto temor a lo nuevo. No es el caso en personas del Espíritu: «Yo hago nuevas todas las cosas», dice el Señor en el libro del Apocalipsis (21,5). Las novedades de Dios son siempre de bendición, porque proceden de su corazón amoroso”. Existe siempre la tentación de decir: “Estamos bien como estamos, lo estamos haciendo bien, ¿por qué cambiar? Dejémoslo como está; nosotros sabemos cómo se hace”. Este pensamiento no viene del Espíritu, al menos no del Espíritu Santo, tal vez del espíritu del mundo… No caigan en ese error. «Yo hago nuevas todas las cosas», dice el Señor.

 

Servicio. No gobierno. A veces, sucede en las asociaciones humanas, sean seculares o religiosas, existe la tentación de ir siempre en busca de beneficios personales. Y la ambición de ser visto, de dirigir, de dinero; siempre así: la corrupción entra así, ¿eh? No: servicio, siempre servicio. Servicio no significa obstrucción: el diablo entra por los bolsillos. Servicio significa dar: dar, dar, darse, darse.

Comunión. Todos con un mismo corazón vuelto al Padre para dar testimonio de la unidad en la diversidad. Diversidad de carismas que el Espíritu ha suscitado en estos 52 años. “Alargar las cuerdas de la tienda”, como dice Isaías 54 (cf. v. 2), para que quepan todos los miembros de una misma familia. Una familia donde hay un solo Dios Padre, un solo Señor Jesucristo y un solo Espíritu vivificante. Una familia en la que un miembro no es más importante que otro, ni por edad, ni por inteligencia, ni por sus capacidades, porque todos son hijos amados del mismo Padre. El ejemplo del cuerpo que nos da san Pablo es muy ilustrativo en este sentido (cf. 1 Co 12,12-26).

Tres elementos de Charis

Estos tres elementos: el Bautismo en el Espíritu Santo, la unidad del Cuerpo de Cristo y el servicio a los pobres son el testimonio necesario para la evangelización del mundo, a la que todos estamos llamados por nuestro bautismo. Evangelización que no es proselitismo sino, principalmente, testimonio. Testimonio de amor: “mirad cómo se aman”; eso es lo que llamaba la atención de los que encontraban a los primeros cristianos. “Mirad cómo se aman”. Evangelizar es amar. Compartir el amor de Dios por todos. Se pueden crear organismos para evangelizar, se pueden hacer planes pensados y estudiados cuidadosamente: ¡Si no hay amor no sirven para nada! “Mirad cómo se aman”.

Fuente: Vatican News

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan (16,23b-28):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.
Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente.
Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor.

 

 

Jesús nos enseña hoy en el evangelio cómo debemos orar para que nuestras palabras alcancen el corazón del Padre del cielo. Es verdad que cuando rezamos, solemos sufrir muchas distracciones, ¡llevamos tantas cosas en la cabeza! Y a veces llegamos a pensar que no vale la pena rezar así, porque nuestra mente no se centra en las palabras que decimos. Pero la verdad es que la oración que hacemos en el nombre de Jesús, siempre llega al corazón del Padre y obtiene su fruto, tal vez no exactamente lo que nosotros querríamos. Pero nadie sale con las manos vacías de la presencia de Dios nuestro Padre.

Jesús quiere además que experimentemos alegría en la oración y nos dice: “pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa”. Es la alegría que brota del corazón que se ha abierto con toda confianza ante la bondad infinita del Señor.  Y aunque a veces la tristeza o la angustia o la enfermedad llene nuestra alma,  estando frente al sol siempre experimentaremos calor, es calorcito íntimo que nos da la seguridad de que alguien nos escucha y está a nuestro lado.

He aquí una historia sorprendente que demuestra que también en la enfermedad incurable se puede vivir, no sólo con resignación, sino con alegría.

La sierva de Dios María Florencia Domínguez Netto (por sobrenombre Piché) nació en Asunción, Paraguay,  el 27 de octubre de 1917. Desde los primeros años de su infancia vivió en Encarnación donde sus padres pusieron su domicilio.

A los cinco años de edad comenzó su enfermedad de parálisis, que ya no la dejaría en toda su vida. La parálisis fue inmovilizando los miembros de su cuerpo y a los nueve años se vio obligada a vivir postrada en cama, de la que ya no salió hasta su muerte, acaecida el 17 de noviembre de 1982. Total 56 años postrada en la cama.

Ella, bajo la luz del Espíritu Santo, penetró en el misterio de la cruz y aprendió a ver en el dolor un favor del Señor y una muestra de su predilección, por eso, cuando más arreciaba el dolor, que según los médicos que la atendieron, tenía que ser muy fuerte, ella solía repetir:

– “Son caricias de mi buen Jesús”.

Adquirió el difícil arte de hacer de la renuncia y el dolor, una fuente de amor y un camino de santidad. Era su medio de apostolado, acercaba a Dios a cuantos la visitaban.

Al cumplir los cincuenta años hizo imprimir un recordatorio: “En recuerdo y eterna gratitud al Señor porque me ha elegido para servirle durante 50 años  desde esta cama a través de la enfermedad”. Y ponía la fecha: 6 diciembre 1925 a 1975 y debajo la frase: “Sea mil veces bendito el sufrimiento que me ha acercado a Dios”.

Es admirable el gesto heroico de Maria Florencia  aceptando la enfermedad,  y admirable también el amor de los familiares que la cuidaron a lo largo de tantos años.

Catequesis del Papa Francisco

El Papa: “La Palabra de Dios es dinámica. El Espíritu Santo derriba muros”

El Papa en la Audiencia general de hoy ha iniciado una serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro, dijo Francisco, fue escrito por el evangelista san Lucas, y narra la difusión del Evangelio, el viaje del Evangelio en el mundo a través de dos protagonistas: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo

 

La Palabra de Dios afirmó el Santo Padre, es dinámica y eficaz; y a través del Espíritu Santo purifica la palabra humana, haciéndola portadora de vida, capaz de inflamar los corazones, derribar muros y abrir nuevas vías de entendimiento y de fraternidad.

“Dios “envía su mensaje a la tierra” y “su palabra corre rápido”, dice el Salmo (147.4). La Palabra de Dios corre, es dinámica, riega todo el terreno en el que cae. ¿Y cuál es su fuerza?, se pregunta Francisco, San Lucas nos dice que la palabra humana se hace efectiva no gracias a la retórica, que es el arte del hermoso discurso, sino gracias al Espíritu Santo, que es el dýnamis de Dios, su fuerza, que tiene el poder de purificar la palabra, para que sea portadora de la vida. Cuando el Espíritu visita la palabra humana, se vuelve dinámico, como “dinamita”, que es capaz de encender corazones y hacer estallar patrones, resistencias y muros de división, abriendo nuevos caminos y expandiendo los límites del pueblo de Dios.

 

El Espíritu Santo enciende corazones

Aquel que da sonoridad vibrante e incisividad a nuestra frágil palabra humana, incluso capaz de mentir y escapar de sus responsabilidades, es solo el Espíritu Santo, a través del cual se generó el Hijo de Dios; el Espíritu que lo ungió y lo sostuvo en la misión; El Espíritu, dijo, gracias al cual escogió a sus apóstoles y quien les garantizó su proclamación de perseverancia y fecundidad, como también hoy los garantiza a los nuestros.

“El Evangelio se concluye con la resurrección y ascensión de Jesús, y a partir de ahí el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra la sobreabundancia de la vida del Resucitado en la Iglesia. El bautismo en el Espíritu Santo permite que entremos en una comunión personal con Dios y que participemos en su voluntad salvífica universal, adquiriendo la capacidad de pronunciar una palabra que sea limpia, libre, eficaz, llena de amor a Dios y a los demás”. El bautismo en el Espíritu Santo, de hecho, afirmó el Santo Padre, es la experiencia que nos permite entrar en una comunión personal con Dios y participar en su voluntad salvífica universal, adquiriendo el don de la parresia, es decir, la capacidad de pronunciar una palabra “como hijos de Dios”.

Con el bautismo entramos en comunión personal con Dios

Por lo tanto, señaló el Papa, no hay luchar para ganar o merecer el don de Dios. Todo se da gratis y a su debido tiempo. Frente a la ansiedad de saber de antemano el momento en que sucederán los eventos que anunció, Jesús responderá a los suyos: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad.  Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra».

“El Resucitado hace que vivamos el tiempo presente sin temor ante lo que acontecerá, porque Dios se manifiesta en el hoy de la historia y nos invita a reconocerle allí. Nos enseña a no fabricarnos una misión particular a nuestra medida, sino a pedir mediante la oración perseverante que el Padre nos dé la fuerza misionera para llegar a todo el mundo y vivir en comunión con los hermanos”.

En esta expectativa, los apóstoles viven juntos, como la familia del Señor, en la sala superior o cenáculo, cuyos muros aún son testigos del regalo con el que Jesús se entregó a sí mismo en la Eucaristía. ¿Y cómo aguardan la fortaleza, los dýnamis de Dios? Orando con perseverancia, como si no hubiera tantos sino uno. De hecho, es a través de la oración que uno supera la soledad, la tentación, la sospecha y abre su corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esta experiencia: primero aprendieron del Maestro a dar testimonio de la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que supera todo temor.

Vivir el presente sin ansiedad

El Resucitado invita a sus seguidores a no vivir el presente con ansiedad, sino a hacer una alianza con el tiempo, a saber cómo esperar el desenlace de una historia sagrada que no se ha interrumpido sino que avanza, a saber cómo esperar los “pasos” de Dios, Señor del tiempo y del espacio.  Le pedimos al Señor paciencia para esperar sus pasos, para no “fabricarnos” su obra y permanecer dóciles orando, invocando al Espíritu y cultivando el arte de la comunión eclesial.

En sus saludos en italiano el Papa saludó entre otros, a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias ya los Directores del “Boletín Salesiano”, y a los participantes en la “copa Clericus”.

 

Fuente: Vatican News

Evangelio del día…

Del santo Evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”.

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Palabra del Señor.

 

 

La dinamicidad de la vida muchas veces inquieta nuestro interior. Cada día nos encontramos ante circunstancias de gran variedad, algunas son positivas, pero otras, también, son negativas que tocan nuestra vida personal, familiar o profesional. Experimentamos diversidad de sentimientos y emociones ante estas circunstancias que afectan o perturban nuestra integridad y mueven lo más profundo de nuestro ser, causando inestabilidad o estabilidad.

Esto fue lo que sucedió a los discípulos que escuchaban a Jesús. Las palabras del Señor nos eran suaves, sino duras. Sus palabras resonaban fuertemente en el interior de cada discípulo y, en algunos, producían inquietud, en otros, asombro o aflicción. Pero, por otra parte, también causaban atracción, conmovían, animaban. ¿Qué impresión causan en mí las palabras del Señor? ¿Qué fuerza y qué significado tienen para mi vida? Vemos que para Pedro y los apóstoles tenían una fuerza única, un significado esencial y profundo. Eran la respuesta a sus interrogantes e inquietudes más profundas de su vida. En ellas descubrieron el amor del Padre, la Verdad y el Camino de sus vidas, más aún, descubrieron la Vida. Las palabras del Señor dieron sentido y transcendieron sus vidas. Iluminaron su realidad, su vida concreta, dando un horizonte lleno de esperanza.

Descubramos la fuerza y riqueza que tienen las palabras del Señor para nuestra vida. Dejemos que sus palabras toquen nuestro corazón, nuestra vida. Que sus palabras sean el sostén, pero, sobre todo, el amor inagotable de nuestro Señor.

Papa Francisco: el cristiano debe tener este carisma de lo pequeño y de lo grande.

En su homilía de la Misa matutina Francisco se inspiró en la lectura del día que relata la conversión de Pablo en el camino de Damasco para comprender el valor de la docilidad y de la apertura de nuestros corazones a la voz de Dios. Así fue para él que, de perseguir a los cristianos, se convirtió en el Apóstol de los gentiles: testarudo, pero no en su alma

 

La conversión y Pablo de Tarso en el camino de Damasco, llamado por la voz del Señor, es un “cambio de página en la historia de la Salvación”, “marca la apertura a los paganos, a los gentiles, y a los que no eran israelitas”. En una palabra es “la puerta abierta a la universalidad de la Iglesia” y está permitida por el Señor porque es “algo importante”. Así es como el Papa Francisco, esta mañana en su homilía de la Misa celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta, presentó a los fieles el conocido pasaje de los Hechos de los Apóstoles que surge de la elección de Jesús de cambiar la vida de un hombre que hasta entonces había sido un perseguidor de los cristianos.

El Papa centró su reflexión en la figura del Apóstol de los gentiles que, ciego, permaneció en Damasco durante tres días sin comida ni agua, hasta que Ananías, enviado por el Señor, fue a devolverle la vista, dándole la posibilidad así de iniciar el camino de la conversión y de la predicación “lleno del Espíritu Santo”. Además, Francisco destacó dos rasgos de su modo de ser, dirigiéndose en particular a un grupo de religiosas del Cottolengo que asistieron a esta Misa con ocasión del cincuentenario de su vida religiosa y a algunos sacerdotes eritreos que desarrollan su servicio en Italia.

Coherencia y celo

Pablo era “un hombre fuerte” y “enamorado de la pureza de la ley de Dios”, pero era “honesto” y aunque de mal humor era “coherente”:

En primer lugar, era coherente porque era un hombre abierto a Dios. Si perseguía a los cristianos era porque estaba convencido de que Dios lo quería. ¿Pero por qué? Y por qué, nada: estaba convencido de ello. Era el celo que tenía por la pureza de la casa de Dios, por la gloria de Dios. Un corazón abierto a la voz del Señor. Y se arriesgaba, se arriesgaba, y seguía adelante. Y otra característica de su temperamento es que era un hombre dócil, que tenía docilidad y que no era testarudo.

Docilidad y apertura a la voz de Dios

Su temperamento era obstinado – explicó el Papa – pero no su alma. Pablo estaba “abierto a las sugerencias de Dios”. Con el “fuego dentro” encarcelaba y mataba a los cristianos, pero “una vez que escuchó la voz del Señor, se hizo como un niño y se dejó llevar”:

Todas esas convicciones que tenía se quedan en silencio, esperando la voz del Señor: “¿Qué debo hacer, Señor? Y él va, y va al encuentro en Damasco, al encuentro de ese otro hombre dócil y se deja catequizar como un niño, se deja bautizar como un niño. Y luego recupera sus fuerzas y ¿qué hace? Se queda callado. Va a Arabia a rezar, cuánto tiempo no sabemos, quizá años, no sabemos. La docilidad. Apertura a la voz de Dios y docilidad. Es un ejemplo para nuestra vida y a mí me gusta hablar de esto hoy ante estas religiosas que celebran el 50º aniversario de vida religiosa. Gracias por escuchar la voz de Dios y gracias por su docilidad.

La “docilidad de las mujeres del Cottolengo” llevó con el recuerdo a Francisco a su primera visita, en los años 70, a una de las estructuras que, en el espíritu de San José Benedicto Cottolengo, acogen en el mundo a los discapacitados mentales y físicos. Y relató de su pasar de sala en sala guiado precisamente por una religiosa, como las que hoy lo escucharon en Santa Marta, que pasan su vida “allí, entre los descartados”. Sin su perseverancia y docilidad – fue la reflexión del Pontífice – no podrían hacer lo que hacen, ni podrían haber hecho lo que han hecho.

El carisma cristiano

Perseverar. Y ésta es una señal de la Iglesia. Quisiera agradecer hoy en ustedes a tantos hombres y mujeres valientes que arriesgan su vida, que van adelante, también a quienes buscan nuevos caminos en la vida de la Iglesia. ¡Buscan nuevos caminos! “Pero, Padre, ¿no es eso un pecado? ¡No, no es pecado! Busquemos nuevos caminos, ¡esto nos hará bien a todos! Siempre y cuando sean los caminos del Señor. Pero ir adelante: adelante en la profundidad de la oración, en la profundidad de la docilidad, del corazón abierto a la voz de Dios. Y así se hacen los verdaderos cambios en la Iglesia, con personas que saben luchar en lo pequeño y en lo grande.

El cristiano – fue la conclusión de Francisco – debe tener “este carisma de lo pequeño y de lo grande” y la oración dirigida a San Pablo al final de su homilía fue, precisamente, la petición de “la gracia de la docilidad a la voz del Señor y del corazón abierto al Señor”; la gracia de que no tengamos miedo de hacer grandes cosas, de seguir adelante, siempre que tengamos la delicadeza de cuidar las pequeñas cosas”.

Santo evangelio según san Juan 6,30-35

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,30-35):

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Palabra del Señor.

 

 

Nos acercamos a las lecturas de este día con el hondo anhelo de escuchar la voz del Señor. Su palabra tiene la capacidad de iluminar y animar nuestra vida. La primera lectura de hoy nos presenta el relato del martirio de Esteban, el primer mártir cristiano. Su testimonio se vuelve paradigmático y en nuestros días cobra mucha actualidad. No dejamos de tener presente a los cristianos que fueron asesinados el domingo de Pascua en Sri Lanka y en tantos otros lugares donde son perseguidos a causa de su fe.

Las palabras de Esteban nos cuestionan: «ustedes siempre resisten al Espíritu Santo». Nos cuesta abrir nuestra mente y corazón a la novedad del Señor Resucitado, preferimos mantenernos encerrados en nuestro yo. Por eso, en todo tiempo la voz de los profetas se vuelve incómoda, porque denuncia y llama a la conversión. Esta verdad, como en el caso de Jesús, Esteban y tantos mártires es rechazada y perseguida hasta la muerte. 

El testimonio que encontramos en Esteban nos muestra que la actitud cristiana ante el rechazo y la incomprensión es poner la confianza en el Señor, como lo expresa la invocación que repetía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Igual que Jesús, Esteban muere perdonando, es un perdón que se convierte en fuente de reconciliación. Nosotros también podemos experimentar el rechazo y la incomprensión, incluso la persecución o el martirio. La actitud cristiana fundamental es siempre la del amor y del perdón a los enemigos.

En el Evangelio continuamos con la lectura del discurso del «Pan de vida» en el capítulo seis de Juan. Jesús se revela como pan de vida, como alimento que sacia nuestra hambre. Su palabra nos dice que el único pan que nos hace vivir es el amor. No es extraño, por ello, que los relatos de resurrección se den siempre entorno al pan, a las comidas, a la mesa compartida. En este gesto-símbolo no solo descubrimos la presencia del Resucitado en medio de la comunidad, es también una invitación a ser pan vivo para saciar el hambre de tantos hermanos nuestros. Hagamos nuestra la petición de los discípulos: «Señor, danos siempre de este pan».