Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,1-10):

EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor

 

Del lado del hombre, siempre han existido los caminos, pero en nuestros días se han multiplicado hasta el infinito. Dice el refrán castellano que todos llevan a Roma; la realidad revela, sin embargo, que muchas sendas acaban cansando y frustrando al caminante, alejándolo de la meta a la que se supone que lo conducían. Por esta razón, el hombre que busca Dios -y también el que cree no necesitarlo-, aun cuando ensaye múltiples caminos para adherirse a la verdad, alberga la íntima convicción de que solo uno le abrirá las puertas de la vida verdadera. Más allá de lo aparentemente anecdótico de la escena, los reproches lanzados contra Pedro en Hch 11 y la discusión a que dan lugar constituyen un reflejo de esta tensión humana: que todas las vías están ahí, frente a nosotros, prometiéndonos la meta deseada, pero no todas –quizá solo una- nos permitirá llegar «hasta tu monte santo, hasta tu morada» (Sal 41). Una tensión que amenazó con dividir a las comunidades cristianas de los orígenes según la procedencia de su fe –judíos, gentiles-, partiendo la Iglesia primitiva en dos. Una tensión que, de hecho, pone en crisis al mundo y que, en muchos momentos de la existencia, puede quebrarnos por dentro.

Del lado de Dios, que busca al hombre, el trazado es uno solo: Él ofrece a su Hijo como Camino, Verdad y Vida. En Él convergen las muchas sendas posibles que elevan al ser humano, pero, al mismo tiempo, Él es el único Camino firme y fiable: quien no pasa por Él -como se pasa por la puerta del aprisco-, aún no conoce la Verdad plena, la Vida en abundancia. Al lado del Buen Pastor, todos los demás maestros –incluso los que tienen mejor voluntad- acaban mostrando su fragilidad, cuando no su torcido interés. De un modo misterioso, Cristo es «origen, camino y término del universo» (Rm 11,36). Si por Él entramos a la fe, ¿por qué tratar de salir sin Él hacia la Vida?

EVANGELIO DEL DÍA

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio segun san Juan (6,60-69):

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron:
«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».
Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:
«¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen».
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.
Y dijo:
«Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede».
Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce:
«¿También vosotros queréis marcharos?».
Simón Pedro le contestó:
«Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

Palabra del Señor

LA PALABRA SE HIZO CARNE… Y LUEGO SE HIZO PAN… Y AHORA SE HACE IGLESIA

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,52-59):

EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor

 

Dicen los especialistas que San Juan ha reservado el uso de la palabra «carne» para referirse exclusivamente a la encarnación (la Palabra de Dios se hizo carne) y a la Eucaristía. Ambas se iluminan mutuamente. Si la Palabra de Dios se hizo carne, quiere decirse que donde Dios habla ahora es en la persona de Jesús (él es la Palabra de Dios), a él hay que escuchar, porque las antiguas Diez Palabras/mandamientos ahora son una sola: Cristo. Y los mandamientos solo uno: Amaos como yo.

• Y si las Diez Palabras/Mandamientos dieron origen al Pueblo de Dios, esta Palabra que es Cristo es el origen de un Nuevo Pueblo.

 Si la Palabra de Dios se hizo carne/hombre, quiere decirse que a Dios ahora lo encontramos en los hombres, en todo hombre y también en mí. 

 Si la Palabra de Dios se hizo carne, quiere decir que Dios se ha metido de lleno en nuestra historia para hacerla suya, para que le encontremos en los acontecimientos que vivimos, en el cada día.

 Quiere decir también que Dios ha asumido nuestra debilidad para elevarla, ahora es una «carne» divinizada, habitada por el Espíritu, consagrada.

 Si la Palabra de Dios (la que hizo la creación en 7 días, la que hizo la vida) se ha hecho carne, en Cristo comienza una nueva creación, una nueva vida, un nuevo nacimiento: nacemos de lo Alto, de Dios: y por eso somos Hijos y herederos con Cristo… Y más… No pretendo agotarlo en unas pocas líneas.

 

♦ Y «comer su carne» significa aceptar, asumir, formar parte de todas estas cosas que acabamos de apuntar.

♦ Significa también que nos vamos transformando en Cristo, en Cuerpo y Carne suya («ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí»).

♦ Significa que aceptamos ser también nosotros pan que se entrega para que otros se alimenten. Haced «esto» en memoria mía.

♦ Significa que aceptamos la entrega y el sacrificio (=sangre) por amor como estilo de vida.

♦ Significa que estamos «en proceso» de Resurrección por estar unidos a él.

♦ Y significa que, si nosotros somos el Cuerpo de Cristo (y él nuestra cabeza), la Palabra y la carne de Cristo se hacen Iglesia/comunidad fraterna, de modo que también a los hermanos los «comulgamos» cuando recibimos su Cuerpo, quedando unidos (= en comunión) entre nosotros. Y me permito subrayar esto último, porque encuentro a no pocos hermanos que convierten la comunión en un «tú a tú» con Jesús… sin «miembros», sin que importe la comunidad, sin integrarse, sin construirla, sin vivirla.

“No existe la evangelización de oficina”

Durante esta mañana de jueves, el Papa Francisco da un mensaje contundente para el cristiano, donde es el ESPÍRITU SANTO quien empuja a la  evangelización, y ésta se estructura en tres palabras claves: “levántate”, “acércate” y “comienza desde esta situación”.

Todos los cristianos tienen la “obligación” y la “misión” de evangelizar, pidiendo la gracia de ser “oyentes del Espíritu” para “ir en salida”, demostrando “la cercanía a la gente” y partiendo “no de las teorías sino de las situaciones concretas”. De esta manera el Papa reflexiona sobre el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, en donde se lee que “Un ángel del Señor se presentó a Felipe y le dijo: «Dirígete hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza; no pasa nadie en esos momentos.”

La semilla de la Palabra de Dios

Francisco explica que, después del martirio de Esteban, “Este fue el comienzo de una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría”. Y como dijo el Papa fue este “viento” de la persecución la que empujó a los discípulos a ir a otras tierras.

Y así como el viento lleva las semillas de las plantas a otras tierras y se cosechan allí, también con los apóstoles, fueron a otras tierras, con la semilla de la Palabra, y sembraron la Palabra de Dios. Es así dijo el Papa, como digamos, bromeando, nació la “propaganda fide”, a partir de una persecución, de un viento, llevaron la evangelización los discípulos.

Este pasaje que hoy leímos, el de los Hechos de los Apóstoles, continúa el Papa, es de una gran belleza, es un verdadero tratado de evangelización. Así evangeliza el Señor, así anuncia el Señor, y así quiere el Señor que evangelicemos.

Las tres palabras de la evangelización

Francisco subraya también como a través del Espíritu Felipe, y nosotros los cristianos, seamos empujado a la evangelización. Esto evidencia, y se estructura en tres palabras claves: “levántate”, “acércate” y “comienza desde esta situación”.

La evangelización no es un plan bien hecho de proselitismo: “vamos aquí y hacemos tantos prosélitos, y allá otros tantos.. “ No… es el espíritu que te dice como debes ir llevando la Palabra de Dios, para llevar el nombre de Jesús. Y comienza diciendo: “alzate y ve”. Alzate y ve a ese lugar. No existe una evangelización desde una oficina. “álzate y ve”. Siempre en salida. “Ve”. En movimiento. Ve al puesto donde tu debes proclamar la Palabra.

El Santo Padre recuerda a tantos hombres y mujeres que dejaron su patria y familia para ir a tierras lejanas llevando la Palabra de Dios. Y tantas veces, “sin ser preparados físicamente, porque no tenían los anticuerpos para resistir enfermedades de aquellas tierras”, morían jóvenes o “martirizados”: son, dice el Papa recordando palabras que le refirió un cardenal, son “mártires de la evangelización”.

Ninguna teoría para la evangelización

El Pontífice explica que no sirve ningún “vademecum de la evangelización”, sino que es necesaria, “la cercanía”, aproximarse, “para ver que sucede” y comenzar “a partir de esa situación”, y no de la “teoría”. No se puede evangelizar con la teoría, la evangelización es como una lucha cuerpo a cuerpo, y de persona a persona. Se comienza a partir de la situación, y no de la teoría. La evangelización, anuncia a Jesucristo y la valentía del Espíritu lo lleva a bautizarlo.

“Ve más allá, ve, ve, hasta que sientas que ha terminado tu obra. Esta es la evangelización. Estas tres palabras son la clave para todos nosotros cristianos, que debemos evangelizar con nuestra vida, con nuestro ejemplo, y también con nuestra palabra. “Álzate, álzate”; “acércate”: cercanía; es “comenzar de esa situación”, esa concreta situación. Un método sencillo, pero es el método de Jesús. Jesús evangeliza así. Siempre en camino, siempre en su camino, siempre cercano a la gente, y siempre comenzaba de situaciones concretas, partía de la concreción.

Por último, el Papa dijo que para evangelizar se puede solamente con estas tres actitudes, pero bajo la fuerza del Espíritu. Sin el Espíritu, no sirven ni siquiera estas tres actitudes. Es el Espíritu que nos empuja a alzarnos, a acercarnos, y a comenzar a partir de esas situaciones.

Evangelio del día…

Del santo Evangelio según san Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: ¨Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas:Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquél que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida¨.

Palabra del Señor.

 

¿Qué significa creer?¿Qué significa creer en Dios?¿Qué implica decir “yo creo en Dios”?

Jesús se presenta como el pan de vida, es decir, como el pan que sacia en plenitud el hambre de amor, de felicidad, de eternidad.

Se presenta como luz que ilumina el sendero de la vida. Se presenta como la vida verdadera; como una promesa que tiene su cumplimiento en el presente.

Jesús se presenta como un Dios que está vivo. Él sabe que somos hombres y, como hombres que somos, quiere saciar nuestra necesidad. Sabe que necesitamos un Dios concreto, un Dios que podamos ver y tocar pues comprende que no somos sólo espíritu y, por ello, no solamente se da, sino que se entrega en totalidad hoy en la Eucaristía.

Es verdad que sigue velado por el misterio y necesitamos fe pero, Él continúa estando…, ahí, callado, sencillo. Es Dios que hoy sigue repitiendo: “El que crea en mí, ése tendrá vida eterna.”

Por tanto, creer en Dios significa creer en alguien que está vivo, aquí presente, que no simplemente conoce mis necesidades más profundas y más particulares, sino que también quiere dar a ellas una respuesta.

Creer en Dios significa creer que sí existe alguien en quien puedo encontrar lo que mi corazón necesita. Creer en Dios es creer en el amor.

EVANGELIO DEL DÍA

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,35-40):

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor

Evangelio del día…

Del santo Evangelio según san Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, la gente le pregunto a Jesús: “¿Qué signo vas a realizar tú, para que lo veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo“.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

Palabra del Señor.

 

Hoy, el corazón se puede distraer con realidades que pretenden satisfacerlo, alimentarlo. Sin embargo, cada día somos conscientes que muchas de ellas nos dejan insatisfechos, nos prometen la felicidad plena y, por el contrario, nos convierten en esclavos, encerrándonos en un ansia desmedida; realidades que pretenden no terminar pero que son caducas, engañándonos una y otra vez, que nos aprisionan disfrazadas de una máscara de amor “real” que acaba en un momento, que nos utiliza y nos hace perder nuestro valor.

Estas realidades hacen que cada día tengamos un hambre de infinito, de algo más grande. Realidades que no nutren el corazón y lo debilitan hasta producir una anemia espiritual. Los problemas se hacen cada día más grandes y la capacidad de amar se esfuma, al igual que las esperanzas e ilusiones de una vida nueva.

Esta anemia genera grandes insatisfacciones, pero el corazón grita que todo esto no lo satisface absolutamente, pidiendo algo más grande: un Amor sin condiciones, que no se acaba: el Amor que ha tenido Jesucristo por nosotros al entregarse Él mismo para alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre. Cada vez que nos alimentamos de Él en la Eucaristía, el corazón se fortalece y crece en una libertad que nada ni nadie en este mundo nos puede dar, erradicando toda insatisfacción que pueda existir, pues no hay nadie que conozca nuestro corazón mejor que Dios, quien lo ha credo.

“La obra de Dios consiste en que crean en aquél a quien él ha enviado”.

Del santo Evangelio según san Juan 6, 22-29

Después de la multiplicación de los panes, cuando Jesús dio de comer a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el lago. Al día siguiente, la multitud, que estaba en la otra orilla del lago, se dio cuenta de que allí no había más que una sola barca y de que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, sino que éstos habían partido solos. En eso llegaron otras barcas desde Tiberíades al lugar donde la multitud había comido el pan. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaúm para buscar a Jesús.

Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste acá?” Jesús les contestó: “Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse. No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”.

Ellos le dijeron: “¿Qué debemos hacer para llevar a cabo las obras de Dios?” Respondió Jesús: “La obra de Dios consiste en que crean en aquél a quien él ha enviado”.

Palabra del Señor.

 

Meditación del Santo Evangelio.

La palabra que se proclama el día de hoy muestra el encuentro y corrección paternal de Cristo con la muchedumbre que, asombrada, pregunta: “Maestro, ¿cuándo llegaste acá?”

Jesús, conociendo sus corazones, les corrige haciéndoles ver su debilidad interior, aunque externamente se muestren creíbles. “Ustedes no me andan buscando por haber visto signos, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse”. De esta misma forma Jesús deja que te acerques a Él, y sabe que te falta crecer en el deseo de estar a su lado.

Jesús espera tengas el deseo de preguntarle “¿Qué debo hacer para llevar a cabo las obras de Dios?”, y más que la simple pregunta es el hecho que te acerques e interactúes con Él haciéndole partícipe de tu vida, pues en esta medida, junto a Él, irás superándote como persona en todos los ámbitos, tanto personal, afectivo e intelectual.

Que puedas decir: Señor, ¿cuándo llegaste?, con la conciencia de querer saber, sorprenderte y disfrutar de su llegada a tu vida.

¡No teman!

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,16-21):

AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo:
«Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban.

Palabra del Señor

 

Meditación del Santo Evangelio. 

La joven comunidad de discípulos en torno al Resucitado crece y, en consecuencia, se diversifica, y con ello, inevitablemente, surgen los problemas. El que la comunidad viva unida (unánime) no significa que no haya tensiones o diferencias. Cuando la procedencia de los discípulos es variada, y variadas son las mentalidades, las tradiciones culturales, las necesidades económicas, etc., la unidad, además de un don (por la presencia de Cristo en medio de la comunidad), se convierte también en una tarea, que invita a resolver los conflictos con espíritu evangélico. Así es en este caso, una suerte de banco de pruebas para el crecimiento de esta comunidad recién nacida. Los Apóstoles escuchan la queja, reconocen el problema, entablan un diálogo y buscan un discernimiento en busca de soluciones adecuadas. Se da, con motivo de este conflicto, una primera apertura dentro de la misma comunidad. Los apóstoles están dispuestos a distribuir las tareas (la oración, el ministerio de la Palabra, la diaconía…), que hablan ya de un incipiente desarrollo de la comunidad y de la diversidad de los carismas. Pero, además de distribuir, también se muestran dispuestos a compartirlas. Se ve en que los siete elegidos son todos de origen griego, y no son sólo diáconos que sirven las mesas, sino que constituyen una especie de jerarquía para los creyentes de procedentes de la diáspora (que, probablemente, entre otras diferencias, leían la versión griega de la Biblia), y ejercen también el ministerio de la Palabra, como pronto se va a ver en el testimonio martirial de Esteban (Hch 7-8) o en la misión de Felipe (Hch 8, 4-40). El conflicto inicial se resuelve, pues, con espíritu evangélico, que supone el respeto al diferente, la capacidad de acoger otras tradiciones, sin que esto rompa la unidad y sin someter a todos a un mismo patrón cultural. Es un primer ensayo de inculturación que apunta a lo que será después el encuentro en campo abierto con la poderosa cultura helenista.

La fe verdadera nos guía en situaciones de incerteza. Así lo vemos en el Evangelio de hoy. Los discípulos parecen haber perdido al Maestro, que se marchó al monte solo, y parece que ellos mismos andan perdidos: de noche, en medio del lago, con el viento en contra. Sin embargo, también ahí está Jesús, misteriosamente presente, de manera para ellos incomprensible, rompiendo sus esquemas (¡camina sobre las aguas!), asustándolos. ¡Cuántas situaciones hay en la vida personal y en la vida de la Iglesia que no comprendemos, que nos desconciertan y asustan! Pero, si somos creyentes, debemos saber que también en ellas está presente Jesús, acercándose a nosotros, aunque nos cueste reconocerlo, llamándonos, exhortándonos a no temer, a confiar, esto es a creer de verdad y en concreto. Cuando, dejando a un lado el temor y confiando en su Palabra, en las situaciones más oscuras, difíciles, peligrosas, o, simplemente nuevas y desconocidas, lo acogemos así, suele suceder que tocamos tierra inesperadamente, encontramos soluciones allí donde creíamos estar en un callejón sin salida.

Vivimos hoy (como siempre) situaciones nuevas e inéditas para la fe, existen oscuridades, incertezas, vientos contrarios. A veces sentimos la tentación del miedo, el desaliento, el derrotismo. Pero Jesús sigue diciéndonos que no temamos, que afrontemos la novedad con la certeza de que Él está cerca y nos guía con seguridad a nuestra meta.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):

EN aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea, o de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos.
Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:
«¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».
Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer.
Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Jesús dijo:
«Decid a la gente que se siente en el suelo».
Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil.
Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:
«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda».
Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
«Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».
Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor

 

Tras el ciclo del bautismo, por el que nos incorporamos a la comunidad de los discípulos del Resucitado, la Palabra de Dios se adentra en el ciclo de la eucaristía, como lugar privilegiado donde ver al Señor y encontrarse con él. El evangelista Juan, que no recoge en su Evangelio la institución de la Eucaristía, la presenta, en cambio, en el gran discurso del Pan de vida, que se va a prologar durante toda la tercera semana de Pascua.

Una situación de necesidad sirve como introducción a este discurso y sus consiguientes diálogos. Cerca ya de la Pascua (en alusión a la Pasión de Cristo), una multitud de discípulos se encuentran con Jesús en un lugar alejado, lo que plantea un problema logístico. ¿Cómo alimentar a una multitud en descampado? La situación evoca la situación de Israel en el desierto, milagrosamente alimentado por Dios con el maná. Jesús, nuevo Moisés, alimenta a la muchedumbre a partir de los escasos medios de que disponían. Jesús toma, bendice y reparte los panes, con una fórmula eucarística evidente. Jesús es superior a Moisés, porque este fue un mediador entre Dios y el pueblo, mientras que es Jesús mismo quien da de comer a la multitud.

El carácter eucarístico de la situación, que se irá revelando en los diálogos posteriores, no niega sino que se basa en el remedio de una necesidad física, de un hambre de pan. No se pueden separar demasiado radicalmente las necesidades materiales y las espirituales. La atención a las primeras es señal y testimonio de un espíritu nuevo. El que come el pan de la eucaristía no puede no abrir sus ojos con misericordia a las necesidades de los hambrientos (de tantas y diferentes hambres). La sabiduría de la fe pide actuar positivamente a favor de los necesitados. Va más allá de esa otra sabiduría humana, reconocida por Lucas en el fariseo Gamaliel, que con respeto a los insondables planes de Dios, se limita a abstenerse de hacer mal. 

Pero actuar y remediar estas hambres no es suficiente: el pan que Jesús distribuye, el nuevo y definitivo maná, está destinado a saciar también otras hambres más profundas y definitivas: el hambre de bien y de salvación, el hambre de verdad y de justicia, el hambre de Dios. No se puede reducir el mensaje cristiano a un discurso de solidaridad social o económica, aunque ésta sea también una exigencia  de la verdadera fe. Si se produce ese reduccionismo, es fácil caer en la tentación de “usar”, de manipular a Dios, para hacer de Él el talismán de nuestros deseos y nuestros planes, como aquella multitud que, viendo el signo poderoso de Jesús, quiso llevárselo y proclamarlo rey a la fuerza. Cuando hacemos así, en realidad ya estamos abandonado a Cristo, estamos rechazando su mensaje, el significado verdadero de sus signos, y lo forzamos a alejarse de nosotros, a quedarse solo, como se quedó sólo ante los que decidieron matarlo.