Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor.

 

El lunes nos decía la Palabra de Dios. “Sed santos porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev19, 1), y hoy Jesús nos dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).  En las lecturas del lunes la santidad era las obras de misericordia hacia el prójimo. Hoy Jesús nos propone algo más: el amor a los enemigos, a aquellos que nos quieren mal.

En la vida todos tenemos a alguien que no nos cae bien, que se nos hace pesado, casi insoportable. Quizá no lleguemos  al extremo de odiarlo o desearle algún mal, pero sí que preferimos actuar como si no existiera o huir para evitar encontrarnos con él, es decir no queremos tener ningún trato y actuamos con indiferencia ignorando a esa persona.

Jesús nos pide una caridad sin restricciones y una oración que abarque a todos, incluso a los que nos hacen sufrir. Y esto porque el Padre Dios nos quiere hijos semejantes a él en el obrar el bien, es decir así como su amor para con cada uno de nosotros es totalmente gratuito aunque nosotros seamos ingratos y pecadores, así debemos ser nosotros con los demás aunque nos ofendan.  La gratuidad del amor es la regla suprema de las relaciones humanas.

Si oramos por alguien que nos ha herido o que nos molesta le pondremos un rostro y un nombre, es decir que existe para nosotros. Si rogamos por él nos daremos cuenta que nuestra actitud hacia él –“el enemigo”- cambia y lo miraremos con más compasión, comprensión y misericordia. Y nuestro corazón recobrará poco a poco la paz perdida.

Leed esta historia: “¿Quién es el hombre más bueno del mundo?, preguntaba el catequista a su grupo. Mirad: Cuenta la historia que había un sacerdote  muy bueno, rezaba mucho. Y todo el mundo decía que era un ¡SANTO! Él no se lo creía, pero un día le dijo a Dios  -”Señor, ya ves lo que la gente dice de mí, que soy un SANTO. ¿ES CIERTO, SEÑOR? Y el Señor le contestó: – ¿Para qué quieres saberlo, amigo mío? -Si lo soy, para estar seguro. Y si no lo soy para ir junto al hombre que me puede enseñar a ser santo. Dios le dijo: Está bien. Ven, te mostraré al hombre verdaderamente santo, mi mejor amigo.

El Señor tomó al sacerdote de la mano y le fue guiando por la ciudad hasta llegar a la casa del carnicero. -Entra, le dijo Dios. ¿Dónde, Señor? -En la casa del carnicero. -No parece tan santo, Señor. Es un poco pesado este señor…

El cura  se acordó de lo que había pedido a Dios y entró. Estaba el carnicero terminando su tarea de la mañana. – ¡Bienvenido a mi casa! ¡Pase, pase!

El sacerdote  no salía de su asombro, pues no comprendía cómo un hombre tan normal y corriente podía ser modelo de santo. ¿Dónde estaría su santidad? – ¿Se quedará a almorzar con nosotros? El sacerdote  dudaba, pero al fin dijo: – Bueno, está bien. Una vez que vengo….

Y observó cómo el señor preparaba la mesa. Mientras su esposa y sus hijos se sentaban, él entró en un cuarto de al lado. El sacerdote le siguió con la mirada. En el cuarto había un hombre anciano acostado. El carnicero lo limpió, le dio de comer en la boca, le colocó con mucho cariño la ropa de la cama y volvió otra vez a la mesa.

– El abuelo, ¿es su padre?, preguntó el cura    – No, no. Yo soy huérfano de padre desde niño. – ¿Y quién es entonces el abuelo? – Es una historia muy larga, pero ya que me pregunta le voy a contar: Hace años él fue llegando a nuestra carnicería escapando de la justicia. Le perseguía la policía. Había matado a un hombre. Me pidió por misericordia que lo recibiera en casa. Yo le abrí. Después supe que él había matado a mi padre. Quise enseguida vengarme. Lo tenía en mi mano. Además él no sabía quién era yo. Un vecino me dijo que al menos lo denunciara a la policía o que lo hiciera salir de casa pues era un  peligro para toda la familia. Yo le dije a mi señora: He rezado mucho delante del Crucificado y escuché una voz que me decía: “Si perdonas de corazón a tu hermano, tu Padre que ve en lo escondido te recompensará”

Entonces el sacerdote  comprendió con toda claridad por qué el carnicero era un santo. HABÍA SABIDO AMAR A SU ENEMIGO.

San Mateo 7,7-12

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,7-12):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.
Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!
Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor.

 

 

Rezamos hoy en la primera oración de la Misa: “Que vivamos siempre según tu voluntad los que sin ti no podemos ni siquiera existir”.

La reina Ester hace esta confesión “Yo he escuchado en los libros de mis antepasados que tú libras siempre a los que cumplen tu voluntad”. Esta es la fe del Pueblo de Dios de la Antigua Alianza trasmitida de generación en generación. Y Jesús dice hoy a sus discípulos: “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. Un padre cuando un hijo le pide algo siempre lo escucha y Dios “mucho más” a los que le pidan cosas buenas.

Seguramente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida el poder de la oración hecha con confianza, y hemos contemplado las maravillas de Dios. Y podremos exclamar con la reina Ester: “Bendito seas Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob…”, es decir reconocer hoy también que somos grandemente bendecidos, e incluso afirmar que toda nuestra vida es una “bendición”, y repetir con el Salmista: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón porque escuchaste las palabras de mi boca”.

La oración para el cristiano es como el aire que respiramos: sin aire nos morimos, sin la oración estamos vacíos y somos como el cardo en la estepa. Pero atención: antes  de saber cómo hay que orar, importa mucho más saber cómo “no cansarse nun ca”, no desanimarse nunca, ni deponer las armas ante el silencio aparente de Dios. Así lo dice Jesús: “todo lo que pidáis con fe lo obtendréis”.

“Un joven discípulo se acerca a su maestro y le pregunta: -Maestro, yo quiero encontrar a Dios”. El Maestro le contesta: – Vuelve mañana. Cada día el muchacho hacía la misma petición: -”Maestro, yo quiero encontrar a Dios”.

Entonces el Maestro le invitó a ir con él al río. Entraron en el agua. Hacía mucho calor. -“Mete tu cabeza en el agua”, le ordenó el Maestro. El obedeció y cuando estaba sumergido el Maestro le agarró fuertemente y le mantuvo sumergido. Comenzó el joven a agitarse y forcejear desesperado.

-“¿Qué te pasaba cuando estabas debajo del agua? ¿Qué es lo que más necesitabas? -Aire, contestó él. -Querido amigo, cuando desees a Dios de la misma manera, lo encontrarás.

Siguió diciendo el Maestro: -Si no tienes una sed ardiente de Dios, como lo único importante en la vida, de nada te servirán tus libros ni mis enseñanzas”.

Papa FRANCISCO: exhorta a los sacerdotes a no caer en el “pecado del espejo”

«El tiempo litúrgico que viviremos -dijo el purpurado- nos pedirá que seamos ministros de reconciliación, embajadores y diáconos del perdón de Dios para todos nuestros hermanos. En nuestras comunidades diremos en voz alta: “Os imploramos, en nombre de Cristo, que os dejéis reconciliar con Dios”. Invitaremos a todos a pedir perdón, con humildad, a Dios y a los hermanos y hermanas del mal hecho. Es un don muy significativo poder saborear desde hoy, entre nosotros diáconos, sacerdotes y obispos, la dulzura de su amor, para estar más dispuestos a compartirlo con nuestros hermanos».

El poder del perdón de Dios

Posteriormente, los sacerdotes recibieron el sacramento de la reconciliación. Algunos de ellos, se confesaron con el Papa; quien posteriormente dedicó un profundo discurso al clero, pronunciado en gran parte de manera espontánea, en el que resaltó el valor cristiano de la Cuaresma y la enorme riqueza espiritual que brota del corazón, tras recibir la misericordia de Dios.

«Esta Liturgia del perdón de Dios es buena para nosotros, ¡es buena para mí también! – y siento una gran paz en mi corazón, ahora que cada uno ha recibido la misericordia de Dios y al mismo tiempo la ha dado a otros, a sus hermanos. Vivamos este momento como lo que realmente es, como una gracia extraordinaria, un milagro permanente de ternura divina, en el que una vez más la Reconciliación de Dios, hermana del Bautismo, nos conmueve, nos lava con lágrimas, nos regenera, nos restaura a nuestra belleza original», dijo el Obispo de Roma.

No caer en “el pecado del espejo”

Francisco habló sobre el poder del perdón que restaura la comunión en todos los niveles, así como sobre la gracia de la misericordia de Dios, “en la que la Iglesia vive y se alimenta”.

Además puso en guardia sobre el riesgo de que los sacerdotes caigan en la tentación de la autosuficiencia y la autosatisfacción: “como si fuéramos el Pueblo de Dios por iniciativa propia o gracias a nosotros mismos. Esta reflexión nuestra es muy fea y siempre nos hará daño, ya sea la autosuficiencia en el hacer o el pecado del espejo, la autosatisfacción: “Qué bello soy, qué bueno soy….”; añadió.

No tener miedo a la desolación espiritual

Reflexionando sobre el libro del Éxodo, propuesto como paradigma en estos siete años de camino hacia el Jubileo de 2025, el Santo Padre puso su mirada sobre la gran obra del Señor que transforma el “no pueblo” en Pueblo de Dios:

«una paciente obra de reconciliación, como él la llama, una sabia pedagogía en la que amenaza y consuela, nos hace conscientes de las consecuencias del mal hecho y decide olvidar el pecado. Por lo tanto, nos invita a no temer los momentos de desolación espiritual, como el que vivió Israel, sino a vivir esta ausencia temporal de Dios como un don, rechazando al mismo tiempo los caminos alternativos y los ídolos».

No maquillemos el alma

El Sucesor de Pedro también reflexionó sobre la experiencia de la confesión del pecado que a menudo escondemos no sólo a Dios, sino también al sacerdote que nos confiesa e incluso a nosotros mismos:

«La cosmética ha llegado hasta aquí: somos especialistas en arreglar situaciones… “sí, pero no ha sido por mucho tiempo, se puede entender, es comprensible…y así buscamos maquillar todo”. Y un poco de agua para lavarnos de los cosméticos es bueno para todos nosotros, para ver que no somos tan hermosos: somos feos, somos feos incluso en nuestras propias cosas. Pero sin desesperación, ¿no? Porque hay un Dios misericordioso y misericordioso».

El pecado desfigura

Por eso el Papa invitó a los sacerdotes y a los obispos a predicar en este tiempo cuaresmal el amor apasionado y celoso que Dios tiene por su pueblo, pero también a ser conscientes de su papel en la Iglesia: el de realizar un servicio generoso a la obra de reconciliación de Dios. Los exhortó a un diálogo franco con Cristo, como hombres y no como pusilánimes:

“No se consideren administradores del pueblo, sino servidores que no aceptan la corrupción. Unidos con los hermanos, con la comunidad, dispuestos a luchar por el pueblo”, dijo Francisco poniendo en evidencia la actitud de los sacerdotes que hablan mal de su propio pueblo a los obispos y “todos esos males dolorosos que ensucian la imagen de la Iglesia”.

“El pecado nos desfigura, y vivimos con dolor esta experiencia humillante cuando nosotros mismos o uno de nuestros hermanos sacerdotes u obispos cae en el abismo sin fondo del vicio, de la corrupción o, peor aún, del crimen que destruye la vida de los demás”, aseveró.

El escándalo de los abusos

Y al respecto, el Papa se refirió con dolor y angustia, el grave pecado de los abusos cometidos por los miembros del clero:

«Quiero compartir con ustedes el dolor y la culpa insoportable que causa en nosotros y en todo el cuerpo eclesial la oleada de escándalos de los que están ahora llenos los periódicos de todo el mundo. Es evidente que el verdadero sentido de lo que está sucediendo debe buscarse en el espíritu del mal, en el Enemigo, que actúa con la pretensión de ser el dueño del mundo, como dije en la liturgia eucarística al final del Encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia. Sin embargo, ¡no nos desanimemos! El Señor purifica a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a sí mismo. Él nos está haciendo experimentar la prueba porque entendemos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía, de la espiritualidad de las apariencias».

El arrepentimiento, es el principio de la santidad

«Dios – añadió el Santo Padre – sopla su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa, pero el arrepentimiento es fundamental, de hecho es el principio de nuestra santidad». Por ello, pidió a los sacerdotes de Roma que no tengan miedo de poner su vida al servicio de la reconciliación entre Dios y el hombre, aunque la vida de un sacerdote pueda estar marcada “a veces por malentendidos, sufrimientos, persecuciones y pecados”.

«Las laceraciones entre los hermanos de nuestra comunidad, la no aceptación de la Palabra evangélica, el desprecio de los pobres, el resentimiento alimentado por reconciliaciones que nunca han ocurrido, el escándalo causado por el vergonzoso comportamiento de algunos de nuestros hermanos, todo esto puede quitarnos el sueño. Sin embargo, creamos en la guía paciente de Dios, que hace las cosas a su tiempo, agrandemos nuestros corazones y pongámonos al servicio de la Palabra de reconciliación».

Cuaresma de caridad

Francisco finalizó su discurso invitando a los miembros del clero romano a pedir perdón a Dios y a sus hermanos por cada pecado que ha socavado la comunión eclesial y sofocado el dinamismo misionero: “Sean los primeros en pedir perdón”, dijo el Pontífice, al tiempo que relanzó el apoyo a la campaña diocesana de Caritas “en la tierra como en el Cielo”, para vivir la Cuaresma de la caridad y responder a todas las pobrezas acogiendo y apoyando a los necesitados.

Antes de concluir la ceremonia, el Papa les entregó como regalo un subsidio para las segundas lecturas del Oficio de Lectura Cuaresmal.

¿Cómo vivir el miércoles de ceniza?

Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma 2019.

 

La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza este 6 de marzo de 2019 y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

    • “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”
    • “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”
    • “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.

Origen del miércoles de ceniza.

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un “hábito penitencial”. Esto representaba su voluntad de convertirse.

En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión. Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.


Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se “arrepentirían” durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

El ayuno y la abstinencia

El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

La oración 

La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

El sacrificio

Al hacer sacrificios (cuyo significado es “hacer sagradas las cosas”), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar. “Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2019.

La Santa Sede difundió este martes 26 de febrero el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este 2019 titiulado “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”, en el que hace un llamado a la conversión mediante el ayuno, la oración y la limosna.

“Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que ‘será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios’. No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”.

A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:

“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios”

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).

Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.

Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.

Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.

El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).

Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).

La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).

Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.

Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Evangelio de HOY

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,30-37):

EN aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía:
«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».
Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó:
«¿De qué discutíais por el camino?».
Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
«El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

Palabra del Señor

 

 

Durante esta semana, nos acompaña el libro del Eclesiástico en la primera lectura. El autor, Jesús Ben Sirá, del siglo II a. C, nos enseña y expone lo que es la sabiduría como don de Dios; sabiduría que se adquiere por la oración, y que se complementa con la que se adquiere por experiencia, observación y reflexión. Es la sabiduría que no tenían los discípulos cuando no son capaces de entender el anuncio que les hace el Maestro de la necesidad de que Él tenga que pasar por el rechazo, la burla y la cruz. “No entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle”, nos dice el evangelista Marcos. No sólo eso, sino que discuten por el camino quién es el más importante; todo lo contrario de lo que les quería enseñar el Señor. No entendían nada.

“Hijo, si te acercas a servir al Señor, permanece firme en la justicia y en el temor, y prepárate para la prueba”, nos dice el libro del Eclesiástico en el primer versículo que proclamamos hoy como Palabra de Dios. Nos cuesta comprender el misterio de la cruz, especialmente cuando nos toca a nosotros. Nos pasa lo mismo que a los discípulos, nos falta la sabiduría de Dios para leer los acontecimientos desde otra perspectiva. Todavía no acabamos de hacer nuestro que el más importante es el que más sirve y acoge.

En este día vengo a pedirte Señor la sabiduría que me ayuda a ver la vida de otra manera, a comprender más allá. Sabiduría que requiere de la reflexión y observación, pero también de mucha oración y amor. Ayúdame a ver mi vida y la vida de los otros con esta Luz que todo lo clarifica.

San Marcos 9,2-13

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,2-13):

EN aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.
Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
No sabía qué decir, pues estaban asustados.
Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.
Le preguntaron:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Les contestó él:
«Elías vendrá primero y lo renovará todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito acerca de él».

Palabra del Señor

 

 

En el camino del seguimiento de Jesús, hay momentos de confusión y tiempos de ser reconfortado.

Hoy la Palabra nos habla de un momento de luz de los discípulos. A partir de su camino con el Maestro, desde la luz de la Pascua, los más cercanos descubren su verdadera identidad: Jesús es el Profeta que, siguiendo la tradición de Moisés y Elías, viene a traer la Palabra definitiva del Padre. Jesús es el Hijo amado de Dios, en quien el Padre nos la ha dado todo. Él es el Camino que nos lleva a Dios, la Verdad más auténtica sobre la existencia y el mundo, la Vida que nos abre horizontes insospechados, que se prolongan incluso más allá de la muerte. El Agua que sacia toda sed. La Luz que ilumina toda oscuridad. El Pan que alimenta en todo cansancio. La Palabra que da sentido… incluso a la cruz.

Al contemplarle, todo cobra un nuevo sentido. A veces, nos gustaría quedarnos ahí, haciendo tres tiendas… Aunque, como a Pedro, también a nosotros nos invita a bajar de la montaña, al valle donde está la vida de cada día, para vivir desde esa luz y con ese horizonte que hemos recibido de su Persona.

En medio de tus luces y tus sombras, en la mitad del camino de tu vida, también Jesús quiere mostrar su ser Hijo y Hermano para, mostrándote la meta, hacer más fácil el recorrido. Que tú también puedas experimentar, como aquellos primeros discípulos, la fuerza que da saberse amado y enviado.

San Marcos 7,31 37

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31 37):

EN aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los
oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá» (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían:
«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor.

 

 

También hoy el autor del Génesis se sirve de mitos y leyendas ya existentes, que, debidamente depuradas, le sirven para expresar el mensaje cristiano (o ya precristiano) que desea inculcar. El hombre es limitado, proclive a escuchar voces contrarias a la llamada amigable de Dios; desea a veces irrumpir sin respeto en el mundo del misterio, de lo divino, quizá hasta en actitud de desafío; “mas, ay, que contra el cielo/ no tiene el hombre rayo/, y en súbito desmayo/ cayó de ayer a hoy…” (El Mesías, de García Tassara).

Aunque parezca pasado de moda, nos es obligado reflexionar sobre la realidad del pecado. No todos los comportamientos valen igual. Y no todo son meros “desajustes psicológicos”. Siendo criatura tan nobles, podemos usar mal de las cualidades con que el Creador nos ha adornado: la voluntad, la libertad… Podemos olvidar nuestra condición de creados para la vida y tomar un camino de autodestrucción. Así vemos hoy a Adán: autodestruido. En vez de pasear con Yahvé por el jardín a la hora de la brisa, termina avergonzado, escondido, lleno de temores; se da cuenta de que está desnudo. Al alejarse de su Creador, su ser más íntimo se queda en cueros. Menos mal que, como veremos en los próximos días, Dios es fiel y no abandona. Saldrá al paso del hombre herido y le dará nuevas oportunidades; vendrá la Alianza. El rostro de ese Dios compasivo en medio de nuestro mundo es Jesús, que –dirán repetidamente los evangelios– va curando toda enfermedad y dolencia del pueblo, hoy la sordomudez.

Marcos no anda muy ducho en geografía. Si de la zona de Tiro alguien se encamina hacia Sidón, se aleja del Mar de Galilea, al cual tampoco se llega por la Decápolis. Quizá en la fase aramea de la tradición evangélica un originario Betsaida, ciudad vecina al Mar de Galilea, se entendió como beSaidá (=por Sidón), y siguieron desafortunados intentos de arreglo. Pero esto ni al evangelista ni a nosotros nos interesa mucho; nos basta con que Jesús fue realmente humano, situado en el tiempo y en el espacio. Allí hemos de encontrar lo que importa: su acción y su mensaje.

Los evangelistas son cuidadosos en subrayar que en Jesús se realizan las esperanzas seculares de Israel. En Isaías 35,5 leían: “en aquellos días, los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará”; y Jesús afirmará en Nazaret, tras leer un párrafo de este mismo profeta: “hoy se cumple esta Escritura que habéis oído” (Lc 4,21). Esa fue también la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista cuando le preguntaron si era él el que tenía que venir o aún había que esperar a otro: “…los sordos oyen…” (Lc 7,22).

Pero la Iglesia leyó siempre estas acciones de Jesús en profundidad; vio en ellas más que curaciones físicas. En Jeremías 6,10 hay un lamento de que muchos judíos tengan “orejas incircuncisas”, es decir, no oían a Yahvé ni obedecían su palabra porque les faltaba sintonía con él. Y esta es la advertencia y la llamada que hoy se nos dirige a nosotros. A muchos nos hicieron con el bautismo el rito, ahora opcional, del effetá, que incluye esta oración: “que es Señor te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y proclamar la fe”. Que el Señor nos libre de caer en la sordomudez espiritual.

San Lucas (10,1-9)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-9):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa.” Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios.”»

Palabra del Señor.

 

 

Mientras el mundo comercial celebra a San Valentín (sin saber quizá nada de dicho santo; hay varios con ese nombre), nosotros recordamos a dos grandes evangelizadores que sembraron la fe cristiana en la Europa oriental y cuya herencia se encuentra hoy principalmente en las Iglesias ortodoxas, aunque también en las católicas de rito bizantino.

El papa Juan Pablo II declaró a los santos Cirilo y Metodio Patronos de Europa, subrayando así la pluralidad de ritos de nuestro continente, con su célebre expresión de que la Iglesia tiene que respirar con los dos pulmones: el oriental y el occidental. Es una invitación al enriquecimiento de nuestra espiritualidad, a la misión y al ecumenismo. Muchas de las Iglesias herederas de estos santos han sufrido en el silgo XX dura persecución y martirio bajo los regímenes comunistas. Se merecen especial veneración.

Las lecturas litúrgicas son de orientación misionera. El libro de los Hechos nos presenta un gran avance de la fe cristiana, que no estaba destinada solo a los judíos, la etnia de Jesús, sino a todo el mundo. Los paganos, que estaban “sin esperanza y sin Dios en este mundo” (Ef 2,12), se alegran inmensamente de que les llega la luz de la fe. Esto nos hace mirar a nuestro tiempo: la Iglesia crece constantemente, pero casi 5000 millones de seres humanos no han oído todavía hablar de Jesús.

El evangelio nos recuerda que Jesús, ya en su tiempo, deseó realizar la misión contando con colaboradores, aquel grupo de seguidores que son prefiguración de toda la Iglesia que surgirá después. A los enviados les predice persecuciones (“en medio de lobos”); ¡cuánto entienden de esto los pueblos evangelizados por Cirilo y Metodio!

El mensaje no puede ser otro que el de la paz. Si el evangelio no deja paz en los corazones, es señal de que el mensajero se ha equivocado en la exposición. Desgraciadamente abundaron en otra época predicadores de amenaza y amedrentamiento; con cierta admiración, y diferenciándole de otros de su tiempo, decía de la predicación del P. Claret el filósofo Balmes: “nada de terror, suavidad en todo”. “Evangelio” es palabra griega que significa “anuncio agradable”; desnaturalizarlo sería un gran pecado. El mismo pasaje que hemos leído le da como contenido la cercanía del “Reino de Dios”; y, cuando Dios reina, el hombre disfruta de paz, de plenitud, está feliz.

Jesús quiere, además, que el mensajero lleve el evangelio como incorporado a su atuendo, o simbolizado por su vida. Sería contradictorio que el que anuncia al Dios providente anduviese ansioso por llenar sus alforjas y talegas. Otra versión lucana del discurso (Lc 9) prohíbe además al enviado llevar bastón: mensajero de la paz, será más convincentes si viaja indefenso. Y no puede perder el tiempo en los ceremoniosos saludos judíos a los transeúntes (“no saludéis por el camino”), pues retardaría lo que urge transmitir; el mensaje es tan importante que su entrega no admite dilación. Finalmente, el evangelizador debe cultivar la cercanía cordial con el receptor de su anuncio, la cual se manifiesta en comer a una misma mesa. Hermoso programa para evangelizadores de hoy.

Santo Evangelio según san Marcos (6,7-13)

Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.

 

 

Las pocas palabras del Evangelio son un guía misionero del cristiano, es decir, un guía para que los enviados no se olviden de reproducir y reflejar el rostro de quien los envía. Si volvemos al comienzo del Evangelio de Marcos, veremos como se presenta el itinerario de los Doce apóstoles: son llamados por Jesús uno a uno, donde se encontraban, independiente del rol que desarrollaban en su contexto social (Mc 1,1-20; 2,14); después, fueron constituidos comunitariamente para que “convivieran con él» (3,14); ahora son enviados dos en dos (6,7).

Estos son los pasos para vivir la vocación apostólica: de la dispersión al seguimiento; del seguimiento a la comunión de vida con Jesús; de la comunión con Él a la misión. Lo que percibimos en el envío que Jesús hace es que asocia sus discípulos plenamente a su misión, haciendo partícipes de su vida y de lo que Él anuncia. Al mirar el contenido del envío, es interesante que el énfasis está más en lo que los discípulos deben ser que en lo que deben decir. Si la Palabra de Dios tiene su propio dinamismo, el testimonio, por su parte, depende de nosotros. Decía San Ignacio de Antioquía: “Es mejor ser cristiano sin decirlo que proclamarlo sin serlo».

Lamentablemente, muchos encargados de anunciar el Evangelio se han apropiado de él, olvidándose que todos somos ministros de la Palabra, no los dueños de lo que anunciamos. A nosotros nos toca cuidar que esta Palabra no deje de ser anunciada, proclamada y testimoniada, como nos propuso al comienzo de su pontificado el Papa Francisco: «la evangelización está esencialmente conectada con la proclamación del Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aun en países de antigua tradición cristiana. Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (EG 15).