Evangelio según san Lucas 17,26-37

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»
Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor.

 

 

El Evangelio de hoy te invita a estar preparado para el momento del encuentro con el Señor, pues claramente expresa lo acaecido en distintas partes y la falta de preparación de estas personas para tales eventos. Tú al igual, aprende a vivir como si cada día fuese el último, dando lo mejor de ti; amando sin medida; construyendo y edificando tu legado al mundo; saliendo al encuentro de los demás en especial tu familia y círculo de amigos; hay que vivir preparándose al encuentro con el Creador.

Que san José, la Virgen María, santa Margarita de Escocia y santa Gertrudis virgen, te guíen en la preparación al encuentro con Dios.

Evangelio san Lucas 17,20-25

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,20-25):

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: «El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.»
Dijo a sus discípulos: «Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

Palabra del Señor.

 

 

Hay relatos que valen más que grandes razonamientos. Hoy vamos a centrar nuestra atención en la primera lectura, la carta de Pablo a Filemón, que no es menos Palabra de Dios que el evangelio, y se merece la misma atención. Comencemos por analizar la historia- trasfondo de este escrito, uno de los más breves de la Biblia. 

Filemón es un cristiano, probablemente vecino de Colosas (Asia Menor), que fue evangelizado por Pablo; debe de ser de nivel acomodado: posee una espaciosa mansión en la que puede reunirse la comunidad cristiana local; su mujer se llama Apia, y su hijo Arquipo. Uno de sus esclavo, de nombre Onésimo, se ha fugado; y probablemente antes de marchar robó a su amo y le estropeó la herramienta, como solía ser la venganza que se tomaba todo esclavo al huir. Naturalmente, no tiene medios de subsistencia y se ve obligado a vivir de la delincuencia, seguramente en Éfeso, pues la gran ciudad ofrece más posibilidades. Por delincuente va a parar a la cárcel, donde cabalmente se encuentra con el evangelizador de su amo, el misionero Pablo, también recluso. Pablo no desperdicia oportunidad: entra en conversación con Onésimo, le evangeliza y le convierte, “le engendra” (v. 10) a nueva vida.

El pobre esclavo prófugo no debe de tener grandes delitos, y pronto queda en libertad. Al despedirse de Pablo, éste le ruega que vuelva a casa de Filemón. No debió de ser fácil convencerle, pues es normal que temiese represalias por parte de su amo perjudicado; pero la capacidad persuasoria de Pablo pudo más: “no temas, no te hará nada, yo te doy una carta de recomendación…”. Y así surgió esta encantadora joya literaria, psicológica y espiritual que hoy nos da materia de reflexión. 

Desde nuestra mentalidad del siglo XXI, lo primero que nos rechina es que un cristiano, Filemón, tenga esclavos, y que Pablo no arremeta en su carta contra tal institución social. Es preciso situarse en el imperio romano a mediados del siglo I y en la Iglesia de aquella época. Dada la insignificancia social del grupo cristiano dentro del imperio, y dada la convicción de que la historia está tocando a su fin, es imposible que Pablo idee promover una “reforma constitucional” de gran alcance. Él mismo dice en otro lugar: “Quien fue llamado por el Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor; y quien fue llamado siendo libre, es un siervo de Cristo” (1Cor 7,22). La fe cristiana es portadora de una energía que hace estallar todo convencionalismo sociopolítico.

Y esta cartita de recomendación nos ofrece la aplicación concreta. Entre Pablo, Filemón y Onésimo existe una relación que no contempla legislación estatal alguna. Pablo, como apóstol, tendría autoridad para “mandar” a Filemón que acoja con cariño al esclavo huido; pero entre hermanos sobra el mandato, basta con manifestar el deseo; incluso Pablo añade: “sé que harás mucho más que lo que yo te pido” (v. 21). Tendría también autoridad sobre el neófito Onésimo, pero no le llama “súbdito”, sino “mis entrañas” (v.12). Y Filemón acoge a Onésimo “no ya como esclavo –a lo que le da derecho la legislación romana- sino como hermano muy querido” (v. 16). Los antiguos amo y esclavo celebran ahora juntos la cena del Señor y se dan el abrazo de paz. Esa relación fraterna “alivia las entrañas” de Pablo, y de los demás creyentes (vv. 7 y 20).

El cristianismo ciertamente no ofrece un plan de reforma sociopolítica, pero sí un proyecto de convivencia mucho más profundo y radical que el que pueda prever la legislación más humanitaria que conozcamos.

Evangelio san Lucas (17,11-19)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

 

Según un texto rabínico, Eliseo habrías resucitado dos muertos, pues además de devolver la vida a un niño, curó la lepra de Nahamán el sirio (2Re 4,34s; 5,14). En la época de Jesús el juicio sobre la lepra (¡y sobre los leprosos!) no podía ser más negativo: a la repugnancia física y peligro de contagio se sumaba una “teología de la exclusión”; el leproso era tenido por un maldito de Dios y se lo trataba como a un muerto; de ahí el dicho del rabino. Por eso los leprosos solían andar por despoblados, y caminaban gritando “impuro, impuro”, para que nadie se les acercase. El evangelio de hoy dice que los diez leprosos se detuvieron a distancia de Jesús y, desde allí, a gritos, le pidieron compasión.

En dos lugares del evangelio dice Jesús él ha venido a buscar y salvar lo que otros dan por perdido e inasalvable: lo dice cuando le acusan por comer con pecadores en casa del recaudador Leví y cuando murmuran de que se aloje en casa del recaudador  Zaqueo (cf. Lc 5,32; 19,10). Jesús busca la compañía de “los malditos”.

Y es que Jesús es crítico con mucha de la teología de su tiempo. Hay que buscar la recuperación del alejado, y no “sacralizar” lo que tiene explicación natural. Los marginados publicanos no están “fuera de la ley” por una fatalidad; y la lepra no tiene ningún origen sobrenatural, sino que es una enfermedad más. Pero lo que Jesús sabe muy bien es que los leprosos son víctimas de una doble desgracia: a su dolor físico se añade el injusto rechazo social y religioso; y ambas cosas quiere Jesús que queden superadas. Por eso su acción no es una mera curación física: los envía al sacerdote para que levante acta de su curación y queden reintegrados en la comunidad cultual de Israel. 

Jesús derriba muros y crea vida en comunión. Según el cuarto evangelio, la misión de Jesús tiene por objeto “que tengamos vida y la tengamos abundante” (cf. Jn 10,10). Por tanto, el auténtico seguidor de Jesús tiene que ser un creador y distribuidor de vida, destructor de barreras y aliviador de dolores, activo inconformista con todo tipo de sufrimiento y de división.

Nuestro evangelista añade todavía un rasgo llamativo: de los diez leprosos curados, sólo el samaritano da gloria a Dios y se postra agradecido ante Jesús. Era el doblemente excluido, por leproso y por heterodoxo o hereje. Jesús enseña a no juzgar ni condenar, y a que nadie considere la bondad como patrimonio suyo y de los de su bando. También en el corazón de “los otros” se aloja frecuentemente una exquisita sensibilidad, incluso a veces superior a la de “los de siempre”.   

Catequesis: “Las habladurías matan”, porque la lengua “mata como un cuchillo”.

El Octavo mandamiento prohíbe falsear las relaciones con los demás. La verdad es un modo de vivir, de existir, y se ve en cada acto particular, y esa debe ser la vida del cristiano. Lo dijo el Papa en la catequesis del miércoles 14 de noviembre.

 

“Las habladurías matan”, porque la lengua “mata como un cuchillo”. Y quien las dice “es un terrorista” porque con su lengua tira una bomba “que destruye la fama de los demás” y él – o ella- “se va tranquilo”. “Decir habladurías es matar”. Así Francisco en su catequesis del miércoles 14 de noviembre sobre el Octavo Mandamiento del decálogo que reza “No dirás falso testimonio ni mentirás”, habló de la gravedad de vivir de comunicaciones “no auténticas”:

Es grave vivir de “comunicaciones” no auténticas, porque impide las relaciones recíprocas y el amor al prójimo. La “comunicación” entre las personas no es solo con palabras, sino también con gestos, con actitudes, y hasta con silencios y ausencias; se comunica con todo lo que uno hace y dice.

No falsear la verdad en las relaciones con los demás

“¿Qué significa decir la verdad? ¿Significa ser sinceros? O bien, ¿ser exactos?” Hablando en italiano Francisco planteó estas preguntas para la reflexión de los fieles, asegurando que en realidad, nada de esto es suficiente porque se puede estar “sinceramente” en error, o se puede ser exactos en los detalles pero no “captar” el sentido del todo.

En efecto, el Papa señaló que cuando hablamos de la comunicación entre las personas entendemos que no son sólo las palabras, sino también los gestos, las actitudes, hasta los silencios y las ausencias. Esto porque una persona “habla” con todo lo que es y hace. Nosotros, dijo, “vivimos comunicando” y estamos continuamente al borde “entre la verdad  y la mentira”.

Francisco observó, pues, que a veces nos justificamos diciendo “¡dije lo que escuché!”, o bien “¡he dicho sólo la verdad!” pero en realidad, uno ha “absolutizado” el propio punto de vista o ha revelado hechos personales o reservados:

“Entonces, ¿qué es la verdad?- preguntó en español -. Y explicó: “Esta fue la pregunta que hizo Pilatos a Jesús en el proceso que lo llevaría a morir en la cruz. Jesús había afirmado: «Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad». Con su pasión y su muerte, demuestra que él mismo es la realización plena de la Verdad, pues su vida fue un reflejo de la relación con el Padre. En su manera de vivir y morir, cada acto humano, por pequeño o grande que sea, afirma o niega esta verdad”.

 

En las pequeñas y grandes situaciones “no mentir”

Para reafirmar este concepto, en su catequesis impartida en italiano el Papa señaló la lógica que nos guía sea ante las pequeñas situaciones como en las elecciones más comprometedoras, que es la que “los padres y abuelos nos enseñan cuando nos dicen de no decir mentiras”.

Los cristianos no son hombres y mujeres excepcionales, pero sí son “hijos del Padre celestial”, que “es bueno y no los desilusiona”, y esta verdad, añadió Francisco, “no se dice tanto con los discursos”, sino que “es un modo de existir y se ve en cada acto particular”.

En la conclusión de la Audiencia, al saludar a los fieles de lengua española, los animó a “a vivir como hijos que saben que Dios los ama, y que con esa conciencia puedan construir cada vez más una sociedad fundamentada en la sinceridad y en la verdad”.

Evangelio para HOY:

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,7-10):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Palabra del Señor.

 

Con esta breve parábola sobre el amo y su esclavo concluye Lucas el pequeño catecismo acerca de las relaciones en la comunidad cristiana (14,25-17,10). La parábola es exclusiva de este evangelio y se sitúa en un escenario muy característico del antiguo oriente. Nos equivocaríamos si la abordásemos con criterios de justicia social, críticas al amo explotador, etc. Jesús parte de una praxis que todos conocen y aceptan, y de momento no entra a aprobarla o descalificarla; simplemente se sirve de ella para extraer una enseñanza. Esa es la función de las fábulas, leyendas, apólogos…

Pero Jesús va a trastocar la parábola misma para vehicular su enseñanza: los oyentes, que al comienzo quedaban comparados con el amo (“uno de vosotros tiene un criado”), al final son los “siervos”, y, para más inri, siervos inútiles. Esa la conclusión, la aplicación de la parábola a la comunidad creyente.

En todo grupo humano aparece la “riqueza” y la “miseria” de sus componentes. Particularmente se suelen hacer presentes las tendencias a medrar, a “ser alguien”. Los discípulos de Jesús discuten repetidamente en el evangelio acerca de quién es el mayor y quién el menor. Somos muy proclives a pasarnos la vida redactando la propia “hoja de servicios”, como se dice en el ejército. En la época de Jesús había mucha afición a contabilizar méritos religiosos, como si la salvación fuese objeto de conquista.

Los fariseos de aquel tiempo, en contra de lo que muchas veces se ha pensado, no eran gente malvada, ni muchos menos; querían ser fieles cumplidores de la ley, en la que veían la voluntad de Dios, pero habían caído en la deformación de “comercializar” sus buenas acciones, de haber establecido con Dios una especie de relación mercantil. Habían olvidado el salmo de la gratuidad: “Dios lo da a sus amigos mientras duermen”.     A todo esto Jesús le da un vuelco con la invitación a “hacerse como niños”. Y aquí los occidentales tenemos que cambiar un poco la cabeza: el niño del mundo semita no era el inocente, el encantador… sino el que para nada vale, el que nada merece porque nada bueno ha hecho… Al niño sus padres le dan todo gratis, por puro cariño. Y Jesús advierte que “el que no reciba el Reino de Dios como lo recibe un niño no entrará en él” (Mc 10,15). El Padre nos lo da por puro cariño.

Además de la presunción de haber hecho mucho por Dios, puede darse también la de “pasar factura a los hermanos”, con el orgullo altanero de haberlos servido mucho, de haber hecho esto y lo de más allá por ellos, traduzcamos “por la parroquia”, “por el grupo”… Y surge la tentación de llamarles ingratos. La invitación de Jesús sería la misma: consideraos unos pobres siervos, no habéis hecho más que lo que os tocaba hacer. El engreimiento nunca es evangélico y el restregar a los demás el bien que se les ha hecho priva a esas buenas acciones de su natural nobleza.

San Juan de la Cruz, muy entendido en evangelio, acuñó aquellas célebres paradojas: para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada; para venir a tenerlo todo, no quieras tener algo en nada; para venir a saberlo todo,…  Y un autor más reciente ha compuesto una oración así de simple, así de evangélica:

“Señor, mis manos son pequeñas y están vacías; 
pero las tuyas son grandes y están llenas”

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,25-33):

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, sí quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.” ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Palabra del Señor.

 

 

A Jesús nadie le puede acusar de no hablar claro. Promete la salvación, la vida eterna, la santidad, la alegría, pero a cambio de aceptar la propia cruz. Esa cruz que es tan fácil de dejar, pero tan difícil de asumir. A nuestro alrededor, mucha gente vive como ellos quieren. No desean ni siquiera oír hablar de cruces. Se ve que les falta el encuentro personal con Cristo.

Porque para dejar todo y seguir a Jesús, es necesario primero haber tenido un encuentro personal con Él. Cuando el Maestro nos ha mirado, nos ha tendido la mano y nos ha dicho ven y sígueme, no es tan difícil dejar nuestras seguridades. Después hay que ser fieles, y para eso necesitamos conocer de qué medios disponemos, y hasta dónde podemos llegar con nuestras fuerzas.

El mismo Jesús nos dio ejemplo de cómo se debe vivir, entregándose en cada momento a los otros, viviendo para ellos, muriendo por ellos. Si alguien se guarda todo lo que Dios le ha dado, está viviendo como él quiere y no como Dios quiere. En la Vida Religiosa hay un dicho: en Comunidad, no muestres tu habilidad. Pobre vida, la del que vive así, sin entregarse, sin dar todo lo que puede. Ojalá nosotros no seamos así.

Dicen los exégetas, las personas que estudian la Biblia, que el evangelista Lucas escribe a una comunidad que necesita estar centrada en lo importante, a pesar de las preocupaciones terrenas, y sin poner ninguna excusa a lo que la fe le va pidiendo. Es decir, una comunidad que tiene que hacer una opción fundamental por Cristo y por el Evangelio, para no diluirse en el mundo y mantener su identidad como cristianos. Creo que esto vale también para nosotros, cristianos del siglo XXI. ¿Te alegras de haberte encontrado con Cristo? ¿Has dejado algo por Él? ¿Estas dispuesto a seguirle, sabiendo quién eres tú y Quién es Él? ¿Cargas cada día con tu cruz? ¿Le pides ayuda para llevarla? Preguntas duras, pero útiles, para poder ser un buen cristiano.

Francisco: la vida es tiempo para amar, no para poseer

En la mañana del  7 de noviembre, como todos los miércoles, el Papa Francisco presidió la Audiencia General e impartió su catequesis. Lo hizo en la Plaza de san  Pedro, ante los fieles provenientes de diversas partes del mundo. La catequesis de este día se trató sobre el séptimo mandamiento “no robarás”.

Hoy reflexionamos sobre el séptimo mandamiento del decálogo: «No robarás»-dijo en español-. Lo primero que nos viene a la mente es el tema de la sustracción o retención ilícita de los bienes ajenos, y el debido respeto a la propiedad de los demás. En toda cultura, robar es inaceptable, pues todas defienden el derecho a poseer bienes.

Si bien el concepto es que en todas las culturas robar es inaceptable, el Papa Francisco invitó a abrirse a una lectura más amplia de esta palabra, focalizando el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana. De este modo recordó cuanto afirma el catecismo de la Iglesia católica sobre la destinación universal de los bienes y afirmó:

La sabiduría cristiana nos dice que, por voluntad divina, los frutos de la creación están destinados a todo el género humano. El destino universal de los bienes y su distribución justa es anterior al derecho a la propiedad privada, que debe estar en función de las necesidades primarias del hombre.

El mundo es uno solo y las riquezas están en manos de pocos

Sin embargo, Francisco recordó que la Providencia no ha dispuesto un mundo “en serie” , hay  diferencias y condiciones diversas, y así se puede vivir proveyendo los unos a los otros:

El mundo es rico en recursos para asegurar a todos el acceso a los bienes fundamentales; sin embargo, muchos viven en una situación de pobreza escandalosa. Y los recursos naturales mal usados, se van deteriorando y destruyendo. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre al servicio de las necesidades de los pueblos. No podemos considerarnos dueños absolutos de las cosas.

“El mundo es uno solo”,  afirmó el Papa, “la humanidad es una sola”, y la riqueza del mundo de hoy “está en las manos de las minorías de pocos y la pobreza es el sufrimiento de muchos, de la mayoría”. Si en la tierra hay hambre – prosiguió – no es porque falta el alimento. Es más, debido a las exigencias del mercado se llega a veces a tirarlo. Lo que falta es un “espíritu empresarial libre y previsor, que garantice una producción adecuada, y un enfoque de apoyo, que garantice una distribución justa”.

El Señor nos llama a ser administradores responsables

De ahí que en esta perspectiva aparece el significado positivo y amplio del mandamiento no robarás:

En sentido positivo, – dijo en español – «no robarás» significa que el Señor nos llama a ser administradores responsables de su Providencia, a aprender a multiplicar con creatividad los bienes que poseemos para usarlos con generosidad en favor de nuestro prójimo, y de este modo crecer en la caridad y en la libertad.

El Papa aseguró que si eres rico, es una responsabilidad que tienes: “lo que poseo verdaderamente es lo que sé donar”, dijo. “Esta es la medida para evaluar cómo yo logro tener las riquezas, si logro bien o mal”. “Si yo puedo donar soy rico no sólo en lo que poseo sino también en la generosidad, generosidad como un deber de dar para que todos participen”. Y esto porque, de hecho, si no logro donar algo es porque esa cosa me posee: “soy esclavo, tiene poder sobre mí y  soy esclavo”, reiteró.

En la catequesis en italiano Francisco concluyó iluminando con Jesús: cómo el Maestro, una vez más, nos devela el sentido pleno de las escrituras.

“No robarás significa ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedes. Entonces tu vida se vuelve buena y el poseer se convierte verdaderamente en un don. Porque la vida no es tiempo para poseer, sino para amar”.

En los saludos a los fieles de lengua española Francisco rogó que “el Señor Jesús nos conceda entender que la vida no es un tiempo para poseer sino para amar con nuestros bienes, porque solo tenemos aquello que sabemos donar”. “Que la Virgen María nos ampare e interceda por nosotros”, concluyó.

Papa: Jesús nos invita al banquete del Reino, atención a no rechazarlo

El pasaje del Evangelio del día, está tomado del capítulo 14 de San Lucas. Casi todo gira en torno a un banquete que un jefe de los fariseos ha organizado y al que también ha invitado a Jesús. En aquella ocasión –  relata la página evangélica de ayer, de la que la de hoy es la prosecución –  el Señor había curado a un enfermo y había observado que muchos invitados trataban de ocupar los primeros puestos. Por lo tanto había recomendado al fariseo que invitara a comer más bien a los últimos, a aquellos que no pueden devolver el favor.

El doble rechazo

En un determinado momento, durante el banquete, y aquí comienza el pasaje de Lucas de hoy, uno de los comensales, exclama: “¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!”.

Es el pasaje del doble rechazo, dijo el Papa. Y entonces Jesús relata la historia de un hombre que ofreció una gran cena y convidó a mucha gente. Sus siervos dicen a los invitados: “¡Vengan, ya está preparado! Pero todos comenzaron a excusarse para no ir. Quien porque había comprado un campo, quien cinco yuntas de bueyes, quien porque acababa de casarse. “Y siempre excusas. Se excusan. Excusarse es la palabra educada para no decir: “Rechazo”. Rechazan, pero educadamente”. Entonces el patrón manda a los siervos a la calle a llamar a los pobres, a los enfermos, a los cojos y a los ciegos, y ellos llegan a la fiesta. “Es el pasaje del Evangelio  – afirmó Francisco – y termina con el segundo rechazo, pero esto de la boca de Jesús”. (…). “Quien rechaza a Jesús, Jesús espera, da una segunda oportunidad, quizá una tercera, una cuarta, una quinta… Pero al final rechaza Él”.

“Y esto del rechazo nos debe hacer pensare en nosotros, en las veces en que Jesús nos llama; nos llama a hacer fiesta con Él, a estar cerca de Él, a cambiar de vida. Piensen que busca a sus amigos más íntimos ¡y ellos lo rechazan! Después busca a los enfermos… y van; tal vez alguno lo rechace. Cuántas veces nosotros sentimos la llamada de Jesús para ir con Él, para hacer una obra de caridad, para rezar, para encontrarlo, y nosotros decimos: ‘Pero, disculpa Señor, estoy atareado, no tengo tiempo. Sí, mañana, no puedo…’. Y Jesús permanece allí”.

Cuántas veces nos inventamos excusas con Jesús

El Papa se preguntó cuántas veces también nosotros le pedimos a Jesús que nos disculpe cuando Él “nos llama para encontrarnos, para hablar, para tener una buena charla”. Y también nosotros rechazamos la invitación de Jesús.

“Cada uno de nosotros pensemos: en mi vida, ¿cuántas veces he sentido la inspiración del Espíritu Santo para hacer una obra de caridad, para encontrar a Jesús en esa obra de caridad, para ir a rezar, para cambiar de vida en esto, en esto que no va bien? Y siempre he encontrado un motivo para disculparme, para rechazar”.

Jesús es buen, pero es justo

Francisco afirmó que al final entrará en el Reino de Dios quien no rechaza a Jesús o quien no es rechazado por Él. Y haciéndose intérprete de quien piensa que tanto Jesús es bueno y al final perdona todo, el Papa objetó:

“‘Sí, es bueno, es misericordioso’ – es misericordioso, pero también es justo. Y si tú cierras la puerta de tu corazón por dentro, Él no puede abrirla, porque es muy respetuoso de nuestro corazón. Rechazar a Jesús es cerrar la puerta por dentro y Él no puede entrar”.

Jesús ha pagado el banquete con su muerte

Pero hay otro elemento sobre el que se dirige la atención del Papa, y precisamente ¿quién paga el banquete? ¡Es Jesús! El Apóstol Pablo en la primera Lectura, “nos hace ver la factura de esta fiesta” hablando de Jesús que ‘se despojó de sí mismo, tomando una condición de siervo y humillándose a sí mismo hasta morir en la cruz. “Con su vida – dijo Francisco – Jesús ha pagado la fiesta. Y yo digo: ‘No puedo’ (…). Que el Señor – concluyó diciendo –  nos dé la gracia de comprender este misterio de dureza del corazón, de obstinación, de rechazo y la gracia de llorar”.

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,15-24):

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!»
Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado.” Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.” El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.” El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.” Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.” Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»

Palabra del Señor.

 

 

Buena voluntad no le faltaba a la persona que le dijo a Jesús esa frase de dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios. Estaba con Jesús, le escuchaba, cenaba con Él, en fin, un buen tipo. También a nosotros nos sobra la buena voluntad. Estamos hartos de decirle a Cristo que queremos vivir siempre con Él.

En Rusia hay un dicho que suena así: Lo queríamos lo mejor posible y salió como siempre. Cuántas veces hemos hecho buenos propósitos a comienzo de año, al empezar el Adviento o la Cuaresma, al cumplir años, al terminar un retiro o unos ejercicios… Y al final, nada – o muy poco – cambia. Siempre hay algo que se pone en contra nuestra, o mejor dicho, nos dejamos estorbar por muchas cosas, que en realidad no son tan necesarias. Y aparcamos a Cristo a un lado, y vivimos preocupados y ocupados en muchas cosas.

No sabemos cómo acabaría la vida del anónimo seguidor de Jesús que habló en esa comida. Escuchó esa advertencia y quizá pensó que la cosa no iba con él: Yo nunca dejaré al Maestro por nada. O puede ser que estuviera con Él hasta el final, en su camino hasta Jerusalén. Sólo sé que en mi vida hay muchas excusas para no entregarme del todo a Cristo. A mi alrededor, hay mucha gente sencilla que vive con mucha entrega su fe. A pesar del tiempo frío, de la nieve, del hielo, de la oscuridad… Su ejemplo me anima a seguir hacia adelante, con esperanza. Porque yo también, como el anónimo protagonista del relato, quiero estar en el banquete del Reino. Y para eso, hay que esforzarse cada día, como si fuera el primero, y como si fuera el último de nuestra vida. Como si fuera el único. Dios nos ayuda siempre. ¿Lo sientes?

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,12-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a uno de los principales fariseos que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Palabra del Señor.

 

Comenzamos la semana con una más de las muchas cosas de Jesús que, a veces, nos cuesta entender. A todos nos gusta que nos reconozcan, que nos agradezcan las atenciones y, quien más, quien menos, espero que le devuelvan algo de lo que da. Y viene Nuestro Señor a decirnos que no busquemos ser pagados en esta vida.

Corren tiempos recios para la beneficencia. La crisis está afectando a todo y a todos. Mucha gente sufre en sus carnes lo que significa no poder vivir con dignidad. Quizá en esta clave podemos leer también el texto evangélico de hoy. La Doctrina Social de la Iglesia, de la que no siempre conocemos mucho, nos da algunas pistas. El número 172 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice: 

El principio del destino universal de los bienes de la tierra está en la base del derecho universal al uso de los bienes. Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bienes, es el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» y «principio peculiar de la doctrina social cristiana». Por esta razón la Iglesia considera un deber precisar su naturaleza y sus características. Se trata ante todo de un derecho natural, inscrito en la naturaleza del hombre, y no sólo de un derecho positivo, ligado a la contingencia histórica; además este derecho es «originario». […]  «Todos los demás derechos, sean los que sean, comprendidos en ellos los de propiedad y comercio libre, a ello [destino universal de los bienes] están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario, facilitar su realización, y es un deber social grave y urgente hacerlos volver a su finalidad primera».

Los números siguientes desarrollan esta idea, pero las palabras de Jesús tienen su acogida en lo que la Iglesia enseña. Todo lo que tenemos y hemos ganado con nuestro esfuerzo es nuestro, por supuesto. Pero somos deudores de nuestros hermanos, algunos menos afortunados que nosotros. Y todo lo que tenemos, lo hemos recibido de Dios. Así que se lo podemos devolver a Él, compartiendo con los demás. Hace unos años, se puso de moda el movimiento del 0,7 %. Se le pedía al Estado y a los organismos de la Administración que donaran el 0,7 % de su presupuesto a obras benéficas. Quizá sea hoy un buen día para palparnos la cartera, y ver qué tal está nuestra generosidad. Que todos tenemos relación con todos. Y una fe sin obras, es una fe muerta. ¿Llegan nuestros donativos al 0,7 % de lo que tenemos? ¿Quieres hacer algo por los demás? No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.