EVANGELIO DE HOY

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-6):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»
Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.»

Palabra del Señor

 

Comentario al Evangelio de hoy 

Se repite con frecuencia (y es verdad) que muchas personas (que incluso muchos creyentes) confundimos las celebraciones del 1 y el 2 de noviembre. Es posible. Pero quizá una de las causas está en que no se distinguen tanto como a veces se piensa.

Está claro que en la solemnidad de ayer evocamos existencias bienaventuradas, felices, ejemplares, dignas de elogio e imitación. Y también que no todos nuestros difuntos fueron así. Ahí están la realidad del pecado, del odio, del rechazo a las propuestas de Dios, del Mal. Pero también están la Gracia y la misericordia de Dios.

En los últimos años de los 80 y primeros de los 90 tuve la gracia (porque fue toda una gracia) de compartir ratos y experiencias con uno de los mejores teólogos que España y Europa dieron en esas décadas: el sacerdote asturiano Juan Luis Ruiz de la Peña. Aún recuerdo su desasosiego ante uno de los borradores de lo que al final no fue el Catecismo: “¡pero si habla más del infierno que del cielo!”.

Aquel planteamiento no pasó al texto final. Y Juan Luis -que amaba entrañablemente a la Iglesia- respiró. Claro que tenemos que hablar del pecado, de la seriedad de la vida, de la posibilidad de condenarse, del sentido de lo que durante siglos hemos llamado purgatorio. Pero sin olvidar nunca que Jesús el Cristo habló en la sinagoga de Nazaret “del año de gracia del Señor” pero no “del día de la venganza de nuestro Dios” (cf. Lc 4, 19). Dice un proverbio oriental que cuando el sabio señala la luna con el dedo los necios se quedan mirando al dedo. Tengo la sensación de que algo de esto nos ha pasado: miremos la luna, que a ningún difunto le falte nuestra oración y a ningún vivo nuestra caridad (¡qué no es cosa de amar sólo a la gente cuando se ha muerto!…).

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor.

 

 

Hay sentimientos que es difícil controlar. Y tampoco está muy claro que haya que hacerlo. A muchos seres humanos nos embargan sentimientos especiales en ciertas fechas del año.  En ellas el recuerdo de aquellos a quienes hemos querido y ya han dejado este mundo cobra una intensidad especial y retornan cierta tristeza y el deseo de haber compartido más con ellos. Se dice que el paso del tiempo cura determinadas penas; pero estas sensaciones vuelven y vuelven, incluso a quienes nos tenemos por discípulos del Resucitado. A veces se cuestiona que los que tenemos fe podamos compartir esas tristezas, pero es algo bien comprensible: hay sentimientos que no son sino la muestra del amor que hubo, ha habido y hay (y pocas cosas son más ‘cristianas’ que estas).

En muchos países una de esas fechas son los primeros días de noviembre. El recuerdo a los difuntos y la visita a los cementerios avivan la densidad de una ausencia o -mejor dicho- de otros modos de presencia. Por eso son tan hermosos la Fiesta de Todos los Santos y el hecho de que la Iglesia haya querido reconocer y recordar a todos aquellos hombres y mujeres que sin haber sido canonizados pasaron su vida -como el Señor- haciendo el bien.

Nada tiene desperdicio en la liturgia de hoy: ni la primera lectura, ni el salmo, ni el evangelio, ni el prefacio de la solemnidad: hacia esa Jerusalén celeste nos encaminamos, aunque peregrinos en país extraño, alegres, “gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia”. No tengan miedo de emocionarse; también se puede llorar de alegría. Demos gracias al Padre por habernos rodeado de tanta gente bienaventurada que sin llamar la atención -o precisamente por eso- era tan especial.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,22-30):

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?»
Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.” Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.” Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

Palabra del Señor.

 

 

Los sacerdotes rezamos, hacemos sacrificios (algunos, menos de los debidos), tratamos de servir al pueblo y de atender a la gente, nos enfadamos, nos alegramos… y de vez en cuando pasamos vergüenza. La Gracia tiene sus recovecos: ¡cuántos penitentes no nos han sacado los colores e invitado con su finura cristiana a ser más exigentes en nuestra vida de fe!, ¡cuántos laicos no nos dan mil vueltas en oración, pobreza, caridad, valentía!… He experimentado vergüenza varias veces. Hay personas -cada vez menos, pero las hay- que se lanzan a besarte la mano. Pienso en algunas religiosas, religiosos no ordenados, personas mayores… No puedes evitar la sensación inmediata de que eres tú quien debería inclinarse a besar las suyas. Suelen ser manos gastadas, que han cavado muchas huertas, limpiado muchos suelos, pelado muchas patatas, rezado muchos rosarios, pero vienen a besar las tuyas.

¿Quiénes son los últimos?, ¿quiénes los primeros? Jesús nos vuelve a meter (con el cariño que le distingue) el dedo en el ojo. ¿Qué será de los que echamos horas y horas en presumir de que Él ha comido en nuestras plazas y predicado en nuestras calles?, ¿de los que nos pasamos la vida señalando a los que ‘no son de los nuestros’? Seguimos empeñados en entrar por la puerta principal, por la ancha, por la de primera división.

No puedo evitar recordarle. D. Mauro Rubio Repullés sirvió a la Iglesia de Salamanca (España) como Obispo durante casi treinta años. En los últimos no se perdía encuentro de Caritas, llegaba enfundado en su gabardina, con su boina y su paraguas, sorteando los coches con chófer de alcaldes, diputados, catedráticos y presidentes de diputación. Recibió solemnemente a su sucesor con un discurso precioso en el que recordó las raíces apostólicas de la Diócesis, los santos y mártires que la habían embellecido, pero al mismo tiempo le informó -sin prisa y con la misma seriedad- del número de viviendas sin agua corriente, de personas sin trabajo, de ancianos sin compañía.

No dudo de que el Señor mismo salió el primero a abrirle la puerta del Reino.

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,18-21):

En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.»

Palabra del Señor.

 

Solemos saber poco de ellos. Sus enemigos tienen fuerza y dominan los medios de comunicación y los canales de información, pero ellos son como la termita que acaba obligando a tirar el edificio que presumía de sus vigas de madera. Hablo de los miles de hombres y mujeres sin nombre que se empeñan en perdonar, en denunciar la violencia y combatirla pacíficamente, en romper barreras, en tender puentes, en poner amor donde hay odio e indulgencia donde se pide venganza. (¡Qué ocasión tan bonita este Año de la Fe para releer los Mensajes del Concilio a la Humanidad!… Hoy, de otro modo, millones de seres humanos siguen preguntando: ¿No tenéis una palabra que decirnos?)

Me refiero a las madres de familia valientes que no toleran que se margine a unos niños por ser gitanos o extranjeros; al chico y la chica del instituto que reclaman su derecho a recibir clase de religión; al universitario que invita sin rubor a sus compañeros a hacer algo en el Año de la Fe; al sindicalista jubilado que espabila las conciencias de quienes las hemos perdido entre comilonas y nuevos aparatos informáticos; al sacerdote que abre y abre y abre la iglesia y pasa horas y horas y horas en ella por si alguien le necesita…

En los dibujos animados se muestra de vez en cuando al elefante y al león (grandes, fuertes y poderosos) que se suben aterrados a una banqueta ante la presencia de un ratón. La fe, la vida, la gracia, el amor, el perdón tienen un poder invencible, aunque al principio parezcan insignificantes. La bendición de Dios, que los fecunda y empuja discreta y silenciosamente, lleva la historia (la grande y las pequeñas) hacia el Reino. Jesús lo dice mucho mejor: releamos el texto, el grano de mostaza, la levadura…

Todos ponemos echar una mano. Los tiempos de excusarse ya pasaron. Dios sigue eligiendo lo débil para confundir a (lo que parece) fuerte.

Carta de los Padres sinodales a los jóvenes del mundo

En la escucha del “Cristo eternamente joven”, los Padres sinodales escriben a los jóvenes de todo el mundo una carta que fue leída al finalizar la misa de clausura del Sínodo de los Obispos: “Que nuestras debilidades no os desanimen, y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia y el mundo necesitan urgentemente vuestro entusiasmo”.

Ciudad del Vaticano

Antes de finalizar la misa de clausura de la XV Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, el Card. Lorenzo Baldisseri, leyó en nombre de los Padres sinodales, una carta dedicada a los jóvenes de todo el mundo, animándoles a seguir perseverando en el camino de la fe, a pesar de los obstáculos que surjan a lo largo de la vida:

“Que nuestras debilidades no os desanimen, y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia y el mundo necesitan urgentemente vuestro entusiasmo. Sois el presente, sed el futuro más luminoso”, escriben.

A continuación, compartimos la traducción del texto integral en español:

Nos dirigimos a vosotros, jóvenes del mundo, nosotros como padres sinodales, con una palabra de esperanza, de confianza, de consuelo. En estos días hemos estado reunidos para escuchar la voz de Jesús, “el Cristo eternamente joven” y reconocer en Él vuestras muchas voces, vuestros gritos de alegría, los lamentos, los silencios.

 

Conocemos vuestras búsquedas interiores, vuestras alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que os inquietan. Deseamos que ahora podáis escuchar una palabra nuestra: queremos ayudaros en vuestras alegrías para que vuestras esperanzas se transformen en ideales. Estamos seguro que estáis dispuestos a entregaros con vuestras ganas de vivir para que vuestros sueños se hagan realidad en vuestra existencia y en la historia humana.

 

Que nuestras debilidades no os desanimen, que la fragilidad y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia es vuestra madre, no os abandona y está dispuesta a acompañaros por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con leyómás fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.

Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se fija en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, vosotros debéis ayudarle a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad, la justicia.

Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de vosotros y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos misioneros.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo. Hacéos compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida.
Sois el presente, sed el futuro más luminoso.

Fuente: Vatican News

Evangelio de HOY

Lectura del santo evangelio según san Lucas (13,10-17):

Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacia dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad.»
Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: «Seis días tenéis para trabajar; venid esos días a que os curen, y no los sábados.»
Pero el Señor, dirigiéndose a él, dijo: «Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea sábado? Y a ésta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no había que soltarla en sábado?»
A estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía.

Palabra del Señor.

 

El Evangelio de hoy es una invitación a que te dejes tocar por la misericordia de Dios, para que alcances la plenitud de tu libertad; san Lucas narra la situación lamentable que vivía una mujer, hasta el momento de encontrarse con Jesús; ella era víctima de un espíritu que manifestaba su influencia con una enfermedad física y visible.

Tú que lees estas líneas, seguro no padeces ninguna influencia de espíritu caído alguno, pero si puedes estar dentro de una vorágine de decisiones que normalmente tomas y que te llevan aser reo de tus propios temores e inseguridades, reo de tus propios vicios y pecados, etc.; en fin, no importa las profundidades en las que te encuentres y que pienses que no hay remedio o salvación para ti; Jesús hasta ahí ha llegado y continuará llegando para que tu mirada se una a la suya, y le pidas que te libere para poder escuchar “quedas libre de lo que te aqueja, confía que siempre estoy a tu lado.” 

 

Pensemos en el buen pastor, pensemos en Jesús que ve, llama, habla, toca y sana; pensemos en el Padre que se hace carne en su Hijo, por compasión. Este es el camino del buen pastor, el pastor que hoy vemos aquí, en este pasaje del Evangelio: es una gracia para el Pueblo de Dios tener buenos pastores, pastores como Jesús, que no se avergüenzan de tocar la carne herida, que saben que sobre esto -no solo ellos, sino todos nosotros- seremos juzgados: estaba hambriento, estaba en la cárcel, estaba enfermo…Los criterios del protocolo final son los criterios de la cercanía, los criterios de esta cercanía total para tocar, compartir la situación del Pueblo de Dios. Y no olvidemos esto: el buen pastor está siempre cerca de la gente, siempre, como Dios nuestro Padre se acercó a nosotros, en Jesucristo hecho carne.
(Homilía de S.S. Francisco, 30 de octubre de 2017, en santa Marta)

Francisco en Santa Marta: Consolidar la unidad en el mundo de hoy

En la misa de la mañana en Santa Marta, la invitación del Papa fue a “hacer” y a “consolidar” la unidad del mundo de hoy, en el cual también las instituciones internacionales “se sienten incapaces” de encontrar un acuerdo para la paz.

 

Pasa por la humildad, la dulzura y la magnanimidad el camino para encontrar la paz en el mundo, en nuestras sociedades pero también en nuestras familias. Lo subrayó el Papa en la misa matutina en Santa Marta. Reflexionando sobre la primera lectura del día, de la Carta de San Pablo a los Efesios, Francisco recordó cómo Pablo, desde la soledad de la prisión, dirigió a los cristianos un verdadero “himno a la unidad”.

Hay dificultad a encontrar acuerdos de paz

Es una soledad que acompañará al apóstol hasta la muerte “en Tre Fontane”, notó el Papa,  “porque los cristianos – observó- estaban demasiado ocupados en sus luchas internas”. “El mismo Jesús antes de morir, en la Última Cena, -recordó- pidió al Padre la gracia de la unidad para todos nosotros”. Y sin embargo, constató Francisco, estamos “acostumbrados a respirar el aire de los conflictos”. Cada día, en la televisión y en los diarios se habla de conflictos, “uno detrás de otro”, de guerra, “sin paz y sin unidad”. Y aunque “se hacen pactos” para detener un cualquier conflicto, éstos luego son desatendidos. De modo tal que “la carrera de las armas, la preparación a las guerras, la destrucción, van adelante”.

Incluso las instituciones mundiales -hoy lo vemos- creadas con la mejor voluntad para ayudar a la unidad de la humanidad, la paz, se sienten incapaces de encontrar un acuerdo: que hay un veto aquí, un interés allá… Y se les hace difícil encontrar acuerdos de paz. Y mientras tanto los niños no tienen comida, no van a la escuela, no tienen educación, no hay hospitales porque la guerra lo destruye todo. Hay, por parte nuestra, una tendencia a la destrucción, a la guerra y a la desunión. Es la tendencia que siembra en nuestro corazón el enemigo, el destructor de la humanidad: el diablo. Pablo, en este pasaje, nos enseña el camino hacia la unidad. Él dice: “la unidad está cubierta, está blindada -se puede decir- con el vínculo de la paz”. La paz lleva a la unidad.

Abrir el corazón

He aquí entonces el apelo a un comportamiento digno de la llamada recibida, “con toda humildad, dulzura y magnanimidad”:

Para hacer la paz, la unidad entre nosotros: humildad, dulzura. Nosotros que estamos acostumbrados a insultarnos, a gritarnos… dulzura y magnanimidad. ¡Deja estar! Abre el corazón. ¿Se puede hacer la paz en el mundo con estas tres pequeñas cosas? Sí, es el camino. ¿Se puede llegar a la unidad? Sí, por ese camino: ‘humildad, dulzura y magnanimidad’. Pablo es práctico, y da un consejo muy práctico: ‘soportarse los unos a los otros en el amor’. Soportarse los unos a los otros. No es fácil, siempre sale el juicio, la condena, que lleva a la separación, a la distancia….

Comprensión desde el principio

Esto sucede, notó también el Papa, cuando se crea una distancia entre los miembros de una misma familia. El diablo “es feliz” con eso: es “el inicio de la guerra”. El consejo es, pues, “soportar”, porque “todos damos motivo de fastidio, de impaciencia, porque todos -recordó el Papa- somos pecadores, todos tenemos nuestros defectos”. San Pablo recomienda “preservar la unidad del Espíritu a través del vínculo de la paz”, “seguramente bajo la inspiración de las palabras de Jesús en la Última Cena: ‘Un solo cuerpo y un solo Espíritu’”. Luego “va hacia adelante y nos hace ver el horizonte de la paz, con Dios; como Jesús nos mostró el horizonte de la paz en la oración: ‘Padre, que sean uno, como tú y yo’. La unidad”.

El Santo Padre recordó luego que en el Evangelio de Lucas proclamado hoy, Jesús aconseja encontrar un “acuerdo” con nuestro adversario “a lo largo del camino”. Es un “buen consejo”, comentó, porque “no es difícil encontrar un acuerdo al principio del conflicto”.

El consejo de Jesús: ponte de acuerdo al principio, haz la paz en el principio: esto es humildad, esto es dulzura, esto es magnanimidad. La paz se puede construir en todo el mundo con estas pequeñas cosas, porque estas actitudes son la actitud de Jesús: humilde, manso, lo perdona todo. El mundo de hoy necesita paz, nosotros necesitamos paz, nuestras familias necesitan paz, nuestra sociedad necesita paz. Comencemos por casa a practicar estas cosas sencillas: magnanimidad, dulzura, humildad. Vamos adelante por este camino: hacer siempre la unidad, consolidar la unidad. Que el Señor nos ayude en este camino.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,54-59):

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: “Chaparrón tenemos”, y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: “Va a hacer bochorno”, y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer? Cuando te diriges al tribunal con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él, mientras vais de camino; no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y el guardia te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último céntimo.»

Palabra del Señor.

 

 

Jesús se queja de que sus contemporáneos saben interpretar muy bien el tiempo atmosférico, pero no son capaces de descubrir los signos del Reino en medio del tiempo histórico que viven: tienen al Mesías que les comunica la buena nueva y realiza signos, pero están cerrados y siguen esperándolo como si no estuviese ya entre ellos.

No son capaces de acoger el tiempo de gracia y de reconciliación que les ofrece mientras van de camino. Nos puede pasar la mismo a nosotros; es verdad que, por vivir en la ciudad, puede que ya no seamos tan expertos en escudriñar las señales atmosféricas, pero sí sabemos informarnos de ellas muy bien a través de los medios modernos. Somos expertos en muchas otras cosas, como en las tablas de resultados deportivos, en las novedades literarias y musicales y, sobre todo, en el avance de las nuevas tecnologías, pero quizá sólo estamos acumulando información o esclavizándonos de las técnicas. A lo mejor tampoco nosotros estamos leyendo con profundidad de fe el sentido del momento histórico que vivimos.

La creciente falta de trabajo, la pérdida de viviendas, la disminución del poder adquisitivo, los reajustes sociales… ¿Son signos de qué? ¿Cómo leemos este duro y convulsionado momento social que nos toca vivir? ¿Bastará con decir que se trata de una crisis mundial que ya pasará, como han pasado otras? ¿No será una llamada a pensar a fondo en las causas que nos han traído hasta este punto: un estilo de vida social inconsciente y despilfarrador, que no era sostenible, y un modelo de sistema económico que cada vez deja a más personas al margen? Para un cristiano no basta con pensar que este fuerte chaparrón ya pasará y que mientras tanto sólo debe protegerse de la mejor manera posible, necesita leer este “kayros” histórico en clave de fe: escuchar al Señor que nos vuelve a recordar las bienaventuranzas y nos enseña a vivir de otro modo: una vida pobre que renuncia a los excesos y sabe de austeridad, esfuerzo, solidaridad, respeto, transparencia y creatividad. Llama la atención el papel que Cáritas está teniendo en este momento social; los cristianos no podemos quedarnos quietos ante el sufrimiento de tantos hermanos, es un signo que nos invita a descubrir las llamadas actuales de Jesús. En realidad, la historia social y nuestras propias historias están cargadas de muchos signos claros de la presencia del Reino, que nos invitan a despertar y a comprometernos.

Francisco: Conocer el amor de Jesucristo, para no ser “cristianos de palabras”.

Esta mañana el Obispo de Roma,  planteó una interrogante en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta. Si alguien nos pregunta: “¿Quién es Jesucristo?”, nosotros responderemos lo que hemos aprendido: Es el Salvador del mundo, el Hijo del Padre, lo que “rezamos en el Credo”, pero  un poco más difícil – afirmó el Papa – es responder a la pregunta acerca de quién es Jesucristo “para mí”. Es una pregunta que “nos cohíbe un poco”, porque para responder “debo llegar a mi corazón”, es decir, partir de la experiencia.

 

Como San Pablo partir de la propia experiencia

En efecto, San Pablo tiene precisamente la inquietud de transmitir que él ha conocido a Jesucristo a través de su experiencia, cuando se cayó del caballo, cuando el Señor le habló en su corazón. No ha conocido a Cristo “a partir de los estudios teológicos”, si bien después “fue a ver cómo Jesús era anunciado en la Escritura.

“Lo que Pablo ha sentido, quiere  que nosotros, los cristianos, lo sintamos. A la pregunta que nosotros podemos hacer a Pablo: “Pablo, ¿quién es Cristo para ti?”, él hablará de su propia experiencia, sencillo: ‘Me amó y se entregó por mí’. Pero él está implicado con Cristo que ha pagado por él. Pablo quiere que los cristianos – en este caso los cristianos de Éfeso – tengan esta experiencia, entren en esta experiencia hasta el punto de que cada uno pueda decir: ‘Me amó y se entregó por mí’, pero decirlo con la experiencia propia”.

La Primera Lectura de la Liturgia de hoy está tomada de la Carta de Pablo a los Efesios (Ef 3,14-21), en la que el Apóstol dice: “Sean capaces de comprender enraizados y fundados en la caridad”, “cuál es la amplitud, el largo, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que supera todo conocimiento, porque están henchidos de toda la plenitud de Dios”.

Elegido por amor, pero pecador

Y para llegar a la experiencia que tuvo San Pablo con Jesús, el Papa Francisco subrayó que rezar muchas veces el Credo ayuda, pero el camino mejor pasa por el hecho de reconocerse pecadores, puesto que es el primer paso. En efecto, cuando Pablo dice que Jesús se ha entregado por él, quiere decir que ha pagado por él y lo relata en sus Cartas. La primera definición que da de sí mismo es, por lo tanto, la de “ser un pecador”, contando que ha perseguido a los cristianos, y parte precisamente del ser “elegido por amor, pero siendo pecador”. “El primer paso para el conocimiento de Cristo, para entrar en este misterio – reafirmó el Papa – es el conocimiento del propio pecado, de los propios pecados”.

Después Francisco puso de manifiesto que en el Sacramento de la Reconciliación “nosotros decimos nuestros pecados” pero “una cosa es decir los pecados”, y otra cosa es reconocerse pecadores por naturaleza, “capaces de hacer cualquier cosa”, “reconocerse una inmundicia”. San Pablo – reafirmó el Pontífice – ha hecho esta experiencia de su propia miseria, sabe “que tiene necesidad de ser redimido”, de alguien que “pague el derecho de decirse ‘Hijo de Dios’”: “Todos lo somos, pero hay que decirlo, sentirlo, y había necesidad del sacrificio de Cristo”. Por lo tanto, hay que reconocerse pecadores concretamente, avergonzándose de sí mismos.

Conocer a Jesús, no cristianos de palabras

Hay un segundo paso para conocer a Jesús: el de la contemplación, de la oración para pedir conocer a Jesús. “Hay una bella oración de un Santo que dice: “Señor, que te conozca y que me conozca”. “Conocerse a sí mismos y conocer a Jesús”, recordó nuevamente Francisco. Aquí se da esta relación de salvación, dijo el Papa y exhortó también a “no contentarse con decir tres, cuatro palabras justas sobre Jesús” porque, en cambio, “conocer a Jesús es una aventura, pero una aventura en serio, no una aventura de chicos”, porque el amor de Jesús es ilimitado.

“El mismo Pablo lo dice: ‘Él tiene todo el poder de hacer mucho más de lo que podemos preguntar o pensar. Tiene el poder para hacerlo. Pero debemos pedirle: ‘Señor, que yo te conozca; que cuando yo hable de ti, no diga palabras de papagayo, sino que diga palabras nacidas de mi experiencia. Y que pueda decir como Pablo: ‘Me amó y se entregó por mí’, y decirlo con convicción’. Ésta es nuestra fuerza, éste es nuestro testimonio. Cristianos de palabras, tenemos tantos; también nosotros, muchas veces, lo somos. Ésta no es la santidad; santidad es ser cristianos que obran en la vida lo que Jesús ha enseñado y lo que Jesús ha sembrado en el corazón”.

Rezar para conocer al Señor y a nosotros mismos

En conclusión, el Papa Bergoglio reafirmó los dos pasos para conocer a Jesucristo:

“Primer paso, conocerse a sí mismos: pecadores; pecadores. Sin este conocimiento y también sin esta confesión interior, que soy un pecador, no podemos ir adelante. Segundo paso, la oración al Señor, que con su poder nos haga conocer este misterio de Jesús que es el fuego que Él ha traído a la Tierra. Será un buen hábito si todos los días, en algún momento, pudiéramos decir: ‘Señor, que te conozca y me conozca’. Y así ir adelante”.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor.

 

Qué diferente el Jesús del Evangelio de hoy con tantas predicaciones que insisten en presentar la imagen de un Jesús tan dulce y tan suave, que “no mata ni una mosca”. El Jesús del Evangelio es un hombre apasionado por el Reino de su Padre y un hombre que no ha venido a traer un mensaje adormecedor a sus seguidores, sino a despertarlos a la fuerza irrefrenable y transformadora del amor. Por supuesto que Jesús no quiere la división de las familias ni de la sociedad, pero sabe que, cuando una persona se encuentra de verdad con Él, no queda indiferente: su vida se transforma y sus valores le llevan a luchar por lo que considera valioso, al punto de cuestionar incluso tradiciones y lazos que perecían tan sagrados e incuestionables como son los familiares. El Evangelio es una luz que todo lo ilumina; su claridad trae nuevos criterios de vida y, si los tomamos en serio, se convierten en un fuego que nos purifica de lo que no sirve y enciende en nosotros procesos de vida abundante al servicio del Reino de Dios

¿Has sentido ese fuego dentro de tu vida? No se puede ser cristianos de verdad sin estar poseídos por este fuego, y no me refiero a un carácter apasionado o a un temperamento impulsivo que muchas veces arrasa con la vida de las personas provocando daño y división sin más. Me refiero al fuego del amor que tiene su origen en el perdón que recibimos, en la alegría de saber que Dios nos busca cuando nos creíamos perdidos, en la confianza de saber que Él nunca nos ha abandonado y en la fortaleza de contar con el amor de Aquel que se entregó hasta el extremo por nosotros. Cuando este fuego enciende su llama en nuestro interior se convierte en luz para nuestros pasos y deja al descubierto todo aquello que se opone al Reino de Dios para denunciarlo y transformarlo. No se trata de un fuego violento y vengativo, sino de un fuego que ofrece calor, luz y aliento de vida a toda costa.

¿Quieres vivir encendido en ese fuego? No olvides la frase de los discípulos de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32). Deja que la escucha de su Palabra encienda ese fuego en tu corazón.