Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-11):

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo:
«Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron:
«Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo:
«Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía:
«Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo».

Palabra del Señor

Comentario al Evangelio de hoy 

¡Alégrese el cielo, goce la tierra, el Señor ya llega a regir la tierra!. Las palabras del salmo 95 no quitan dramatismo a la visión que hoy nos ofrece Juan pero la enmarcan en un contexto de esperanza.

Juan ve una nube blanca y a uno sentado con aspecto de hombre llevando en la mano una hoz afilada para segar la tierra. Y ve un ángel del templo celeste llevando también una hoz afilada para vendimiar la viña de la tierra y echar las uvas en el gran lagar de la ira de Dios.

Lo realmente importante es la llegada definitiva de Dios a su tierra. La consecuencia, la tarea de despojamiento que supone. Si nos desvivimos por limpiar y poner detalles en nuestra casa ante la llegada de un ser querido, ¡cuánto más ante la llegada inminente de quien nos da la posibilidad de habitar en su casa!. La tierra pertenece al Señor y se alegra por su presencia. Se nos ha dado el encargo de salvaguardar la creación hasta su vuelta, y ésta es inminente. También nosotros nos alegramos por su presencia, porque el Señor toma las riendas de su propiedad y hará inútil la pregunta ¿dónde está tu Dios?. Pero ¿cuál ha de ser nuestro despojo?.

En la imitación de Cristo (1,15,2) se lee: “Mucho hace quien mucho ama”. El amor es el mejor de los maestros. Tanto haremos cuanto en verdad amemos aquello-Aquel por quien nos afanamos. Los últimos días del año litúrgico ponen al descubierto la verdad de nuestro amor. Si es verdad que el amor es el mejor de los maestros, las palabras de Jesús del evangelio de hoy las podemos meditar en esta clave: Lo importante no es la decoración externa sino la calidez de nuestro amor, esa Verdad sostén de nuestra alma y de nuestras convicciones que sobrevive a los cambios de decorado. “Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida… Mirad no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “Yo soy” y “el tiempo está cerca”. No les sigáis… Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo”. ¿Hay mejor señal en el cielo que las provocadas por el amor?.

Es posible que alguna vez hayan llegado a tu vida señales de éstas, de las que dan sed de cielo:

  • Bienaventurados son los que dan, mas cien veces bienaventurados los que dan aquello que aun quieren.
  • Bienaventurados los que predican Amor, mas cien veces bienaventurados los que lo llevan en su pecho y lo hacen con sus manos porque es Cristo quien lo hace a través de ellos.
  • Bienaventurados los que alaban a Dios, mas cien veces bienaventurados son los que sabiendo su “Plan para el Mundo” trabajan en su realización.
  • Bienaventurados los que abren los ojos y contemplan al mundo, mas cien veces bienaventurados los que abriendo más aún los ojos contemplan el Universo del cual el mundo apenas es una mota. Y viendo su pequeñez se hacen grandes.
  • Bienaventurados los que se limpian los oídos de las voces vacías de este mundo, mas cien veces bienaventurados son los que oyendo se hacen sordos para estar con los sordos y entenderlos hasta limpiarlos.

 

Evangelio de hoy

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,1-4):

En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo:
«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor

 

Comentario al Evangelio de hoy 

La celebración de Cristo Rey despierta en mí dos sensaciones. Por una parte, un cosquilleo acelera la prisa con la que hago normalmente las cosas. Y, por otra, deseo tender un puente de domingo a domingo, como si estos días últimos del año litúrgico fueran un puro relleno para preparar el paso siguiente del Adviento, tiempo engullido por la navidad del escaparate.

Mi tentación es dedicar el tiempo libre a desempolvar el tomo uno de la Liturgia de las Horas y a preparar la audición del Mesías de Händel. Pero mira por dónde, obligado a pararme ante la Palabra, me sorprende el testigo Juan. Repetidamente reclama atención: Yo, Juan, vi; yo Juan, oí. Nos invita a ver y oír los días de los últimos tiempos. Y yo enredado en esta historia local y alocada.

Hoy, Juan, ve a ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre de Jesús, el Cordero y el nombre de su Padre. A través de los ojos de Juan, veo los rostros de los adolescentes con quien comparto la búsqueda de su verdad, y entre ellos a los pocos que “llevan con valentía en su frente el nombre de Jesús”.

Juan oye un sonido de arpas y de voces que bajaba del cielo. Era la voz de los salvados. En sus labios no se encontró mentira. A través de los oídos de Juan, oigo las voces adolescentes que hablan de sus cosas y aclaran sus medias verdades.

Vidas adolescentes paralelas a las de los adultos, unidas en el mismo proceso educativo que culmina con la bendición del Señor para quien vive con manos inocentes, corazón puro, y no confía en los ídolos.

También Jesús alza la mirada y ve a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; ve también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas. Unos echan como donativo de lo que les sobraba, y la viuda, en cambio, echa de lo que necesitaba para vivir. Ya lo decían los antiguos: “Nada vale quien nada ama” (Plauto). “Creo que no hay nada difícil para el que ama” Cicerón).

Concédenos, Señor, en esta jornada, descubrir los colores de la vida adolescente, su verdad; sus colores irisados, deslumbradores, centelleantes, como el color de una mirada o el color de una sonrisa o el color de un bonito recuerdo.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,45-48):

EN aquel tiempo, Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles:
«Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».
Todos los días enseñaba en el templo.
Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

Palabra del Señor

 

 

Posiblemente una de las acciones que más llenan el corazón y la vida del creyente es la escucha y la acogida de la Palabra de Dios. Posiblemente, también, la misión más bella y exigente sea el anuncio de la Palabra.

Sin embargo, ocurre con frecuencia que nos hemos acostumbrado a escucharla, parece que hubiéramos domesticado según nuestra forma de ser, nuestra cultura lo que Dios ha querido inspirar en su palabra.

Necesitamos volver a tomar la palabra y sentir su sabor dulce y amargo a la vez. Experimentar de nuevo que Dios no es indiferente a nuestra vida. Más aún que le llega hasta lo más profundo de su corazón, que a Dios hay muchas realidades de nuestro mundo que le duele en sus entrañas y que quien lee su palabra y contempla el mundo sólo puede escuchar una llamada a profetizar en su nombre y protestar a tiempo y destiempo contra lo que impide vivir con dignidad. Sólo puede sacar a la luz los nombres y situaciones que ninguno de nosotros puede permitir. Sólo puede experimentar esa maravillosa osadía que se hace voz y gesto para dar vida y denunciar la muerte, para anunciar al Señor de la vida.

Evangelio San Lucas 19, 11 -28

Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,11-28):

EN aquel tiempo, Jesús dijo una parábola, porque estaba él cerca de Jerusalén y pensaban que el reino de Dios iba a manifestarse enseguida.
Dijo, pues:
«Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después.
Llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, diciéndoles:
“Negociad mientras vuelvo”.
Pero sus conciudadanos lo aborrecían y enviaron tras de él una embajada diciendo:
“No queremos que este llegue a reinar sobre nosotros”.
Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno.
El primero se presentó y dijo:
“Señor, tu mina ha producido diez”.
Él le dijo:
“Muy bien, siervo bueno; ya que has sido fiel en lo pequeño, recibe el gobierno de diez ciudades”.
El segundo llegó y dijo:
“Tu mina, señor, ha rendido cinco”.
A ese le dijo también:
“Pues toma tú el mando de cinco ciudades”.
El otro llegó y dijo:
“Señor, aquí está tu mina; la he tenido guardada en un pañuelo, porque tenía miedo, pues eres un hombre exigente que retiras lo que no has depositado y siegas lo que no has sembrado”.
Él le dijo:
“Por tu boca te juzgo, siervo malo. ¿Conque sabías que soy exigente, que retiro lo que no he depositado y siego lo que no he sembrado? Pues ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses”.
Entonces dijo a los presentes:
“Quitadle a este la mina y dádsela al que tiene diez minas”.
Le dijeron:
“Señor, ya tiene diez minas”.
Os digo: “Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y en cuanto a esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia”».
Dicho esto, caminaba delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Palabra del Señor.

 

 

En el interior de nuestro corazón fluyen muchos deseos. Cada uno de ellos da forma a nuestros ideales. Son el centro por el que se filtran nuestras alegrías y tristezas. En muchas ocasiones son nuestras razones más auténticas para hacer o dejar de hacer, para irnos o quedarnos, para gastar o compartir.

El Evangelio de hoy nos muestra el deseo hondo de Jesús. Por el cual se estremece su corazón al reconocer que se acerca a Jerusalén y que de alguna forma alborea: el Reino.

Por su causa dejó su hogar paterno allá en el cielo, pasó mil calamidades y gozos e invirtió cuanto era y tenía. Allá en el Jordán tuvo la tentación de usar cuanto era en beneficio propio y poder vivir con cierta tranquilidad, confortablemente. Pero decidió dejarlo aún lado. De qué le servía vivir cómodamente si no vivía auténticamente. Por qué reservarse algo de sí o renunciar a la vida tal cual es. Guardarse o reservarse algo era algo así como mojar la sal o esconder la luz que ardía en su interior.

Algunos nos hemos encontrado metidos en este extravagante sueño de Jesús, nos reconocemos sus siervos y hemos recibido una misión invertir cuanto somos y hemos recibido en hacer brotar el Reino a nuestro alrededor.

A veces nos cuesta reconocer los talentos que de él hemos recibido y no en pocas ocasiones sentimos la tentación de esconder lo que nos ha sido dado, de no ponerlo a fructificar y simplemente vivir. Dejar que la vida nos viva.

Evangelio san Lucas 18,35-43

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,35-43):

Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron:
«Pasa Jesús el Nazareno».
Entonces empezó a gritar:
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:
«Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?».
Él dijo:
«Señor, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Recobra la vista, tu fe te ha salvado».
Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

Palabra del Señor.

 

Qué molestos nos resultan los mendigos. Les solemos negar la mirada y en muchas ocasiones hasta cambiamos de cera, si nos es posible. Suscitan en nosotros desconfianza y cierto rechazo.

Nuestra mirada se ha especializado en detenerse en determinadas cosas y desechar otras. Hemos domesticado hasta nuestra forma de percibir. Hemos rutinizado nuestra forma de ver las personas y el mundo que nos rodea.

Cuando algo rompe el cliché que nos hemos fabricado, nos desorienta y tendemos a negarle nuestra atención.

Se necesita cierta dosis de osadía e ingenuidad, de búsqueda de lo nuevo para tener una actitud de permanente apertura a lo que la vida y las personas nos ofrecen diariamente.

Pareciera que hemos puesto a nuestro corazón anestesia, no sea que nos duela o inquiete la realidad o las personas que hemos situado al margen de nuestra vida.

Creo que Jesús y su Evangelio quieren, entre otras cosas, provocar esta actitud de estar atentos a los pequeños signos, huellas, mensajes que la realidad y las personas nos transmiten diariamente.

Sin embargo, ¿no es cierto que hasta la lectura del Evangelio, en ocasiones adquiere tonos de algo sabido, acostumbrado?

Leer el Evangelio desde una perspectiva abierta a la realidad, dejando que se cuele en los entresijos de nuestra vida nos cuesta.

A Jesús sin embargo, lo solemos ver constantemente dejándose interpelar por las personas y los acontecimientos de cada día. Acogiendo con los cinco sentidos cuánto se cruza en su vida y releyéndolo desde su experiencia de Dios.

Se interesa por las historias, los nombres, las vidas de la gente, aunque como en este caso sea un mendigo. Rompe los clichés de su época y se acerca sin ningún rubor a los demás para hacerse su prójimo. Para tratarlo como sabe que a Dios le gustaría que lo tratara: como un ser humano, ni más ni menos. Una persona débil y necesitada pero un hijo de Dios al fin y al cabo.

Jesús, en verdad era un hombre-Dios apasionado por la vida, nadie le era indiferente, nada humano le era indiferente.

Es posible que en nuestro corazón alguna vez también brilló esa pasión honda por Jesús, por el Evangelio, por los demás y tal vez aún ahora siga existiendo ¿o no?

.Dejemos que Jesús se interese por nuestras necesidades y pidámosle que siga vivificando nuestro amor primero. Que transforme nuestra forma de mirar. Que hoy nuestro corazón rece como un susurro: “Dame, Señor; tu mirada”.

Evangelio según san Lucas 17,26-37

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»
Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Palabra del Señor.

 

 

El Evangelio de hoy te invita a estar preparado para el momento del encuentro con el Señor, pues claramente expresa lo acaecido en distintas partes y la falta de preparación de estas personas para tales eventos. Tú al igual, aprende a vivir como si cada día fuese el último, dando lo mejor de ti; amando sin medida; construyendo y edificando tu legado al mundo; saliendo al encuentro de los demás en especial tu familia y círculo de amigos; hay que vivir preparándose al encuentro con el Creador.

Que san José, la Virgen María, santa Margarita de Escocia y santa Gertrudis virgen, te guíen en la preparación al encuentro con Dios.

Evangelio san Lucas 17,20-25

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,20-25):

En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el reino de Dios Jesús les contestó: «El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el reino de Dios está dentro de vosotros.»
Dijo a sus discípulos: «Llegará un tiempo en que desearéis vivir un día con el Hijo del hombre, y no podréis. Si os dicen que está aquí o está allí no os vayáis detrás. Como el fulgor del relámpago brilla de un horizonte a otro, así será el Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser reprobado por esta generación.»

Palabra del Señor.

 

 

Hay relatos que valen más que grandes razonamientos. Hoy vamos a centrar nuestra atención en la primera lectura, la carta de Pablo a Filemón, que no es menos Palabra de Dios que el evangelio, y se merece la misma atención. Comencemos por analizar la historia- trasfondo de este escrito, uno de los más breves de la Biblia. 

Filemón es un cristiano, probablemente vecino de Colosas (Asia Menor), que fue evangelizado por Pablo; debe de ser de nivel acomodado: posee una espaciosa mansión en la que puede reunirse la comunidad cristiana local; su mujer se llama Apia, y su hijo Arquipo. Uno de sus esclavo, de nombre Onésimo, se ha fugado; y probablemente antes de marchar robó a su amo y le estropeó la herramienta, como solía ser la venganza que se tomaba todo esclavo al huir. Naturalmente, no tiene medios de subsistencia y se ve obligado a vivir de la delincuencia, seguramente en Éfeso, pues la gran ciudad ofrece más posibilidades. Por delincuente va a parar a la cárcel, donde cabalmente se encuentra con el evangelizador de su amo, el misionero Pablo, también recluso. Pablo no desperdicia oportunidad: entra en conversación con Onésimo, le evangeliza y le convierte, “le engendra” (v. 10) a nueva vida.

El pobre esclavo prófugo no debe de tener grandes delitos, y pronto queda en libertad. Al despedirse de Pablo, éste le ruega que vuelva a casa de Filemón. No debió de ser fácil convencerle, pues es normal que temiese represalias por parte de su amo perjudicado; pero la capacidad persuasoria de Pablo pudo más: “no temas, no te hará nada, yo te doy una carta de recomendación…”. Y así surgió esta encantadora joya literaria, psicológica y espiritual que hoy nos da materia de reflexión. 

Desde nuestra mentalidad del siglo XXI, lo primero que nos rechina es que un cristiano, Filemón, tenga esclavos, y que Pablo no arremeta en su carta contra tal institución social. Es preciso situarse en el imperio romano a mediados del siglo I y en la Iglesia de aquella época. Dada la insignificancia social del grupo cristiano dentro del imperio, y dada la convicción de que la historia está tocando a su fin, es imposible que Pablo idee promover una “reforma constitucional” de gran alcance. Él mismo dice en otro lugar: “Quien fue llamado por el Señor siendo esclavo, es un liberto del Señor; y quien fue llamado siendo libre, es un siervo de Cristo” (1Cor 7,22). La fe cristiana es portadora de una energía que hace estallar todo convencionalismo sociopolítico.

Y esta cartita de recomendación nos ofrece la aplicación concreta. Entre Pablo, Filemón y Onésimo existe una relación que no contempla legislación estatal alguna. Pablo, como apóstol, tendría autoridad para “mandar” a Filemón que acoja con cariño al esclavo huido; pero entre hermanos sobra el mandato, basta con manifestar el deseo; incluso Pablo añade: “sé que harás mucho más que lo que yo te pido” (v. 21). Tendría también autoridad sobre el neófito Onésimo, pero no le llama “súbdito”, sino “mis entrañas” (v.12). Y Filemón acoge a Onésimo “no ya como esclavo –a lo que le da derecho la legislación romana- sino como hermano muy querido” (v. 16). Los antiguos amo y esclavo celebran ahora juntos la cena del Señor y se dan el abrazo de paz. Esa relación fraterna “alivia las entrañas” de Pablo, y de los demás creyentes (vv. 7 y 20).

El cristianismo ciertamente no ofrece un plan de reforma sociopolítica, pero sí un proyecto de convivencia mucho más profundo y radical que el que pueda prever la legislación más humanitaria que conozcamos.

Evangelio san Lucas (17,11-19)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

 

Según un texto rabínico, Eliseo habrías resucitado dos muertos, pues además de devolver la vida a un niño, curó la lepra de Nahamán el sirio (2Re 4,34s; 5,14). En la época de Jesús el juicio sobre la lepra (¡y sobre los leprosos!) no podía ser más negativo: a la repugnancia física y peligro de contagio se sumaba una “teología de la exclusión”; el leproso era tenido por un maldito de Dios y se lo trataba como a un muerto; de ahí el dicho del rabino. Por eso los leprosos solían andar por despoblados, y caminaban gritando “impuro, impuro”, para que nadie se les acercase. El evangelio de hoy dice que los diez leprosos se detuvieron a distancia de Jesús y, desde allí, a gritos, le pidieron compasión.

En dos lugares del evangelio dice Jesús él ha venido a buscar y salvar lo que otros dan por perdido e inasalvable: lo dice cuando le acusan por comer con pecadores en casa del recaudador Leví y cuando murmuran de que se aloje en casa del recaudador  Zaqueo (cf. Lc 5,32; 19,10). Jesús busca la compañía de “los malditos”.

Y es que Jesús es crítico con mucha de la teología de su tiempo. Hay que buscar la recuperación del alejado, y no “sacralizar” lo que tiene explicación natural. Los marginados publicanos no están “fuera de la ley” por una fatalidad; y la lepra no tiene ningún origen sobrenatural, sino que es una enfermedad más. Pero lo que Jesús sabe muy bien es que los leprosos son víctimas de una doble desgracia: a su dolor físico se añade el injusto rechazo social y religioso; y ambas cosas quiere Jesús que queden superadas. Por eso su acción no es una mera curación física: los envía al sacerdote para que levante acta de su curación y queden reintegrados en la comunidad cultual de Israel. 

Jesús derriba muros y crea vida en comunión. Según el cuarto evangelio, la misión de Jesús tiene por objeto “que tengamos vida y la tengamos abundante” (cf. Jn 10,10). Por tanto, el auténtico seguidor de Jesús tiene que ser un creador y distribuidor de vida, destructor de barreras y aliviador de dolores, activo inconformista con todo tipo de sufrimiento y de división.

Nuestro evangelista añade todavía un rasgo llamativo: de los diez leprosos curados, sólo el samaritano da gloria a Dios y se postra agradecido ante Jesús. Era el doblemente excluido, por leproso y por heterodoxo o hereje. Jesús enseña a no juzgar ni condenar, y a que nadie considere la bondad como patrimonio suyo y de los de su bando. También en el corazón de “los otros” se aloja frecuentemente una exquisita sensibilidad, incluso a veces superior a la de “los de siempre”.   

Catequesis: “Las habladurías matan”, porque la lengua “mata como un cuchillo”.

El Octavo mandamiento prohíbe falsear las relaciones con los demás. La verdad es un modo de vivir, de existir, y se ve en cada acto particular, y esa debe ser la vida del cristiano. Lo dijo el Papa en la catequesis del miércoles 14 de noviembre.

 

“Las habladurías matan”, porque la lengua “mata como un cuchillo”. Y quien las dice “es un terrorista” porque con su lengua tira una bomba “que destruye la fama de los demás” y él – o ella- “se va tranquilo”. “Decir habladurías es matar”. Así Francisco en su catequesis del miércoles 14 de noviembre sobre el Octavo Mandamiento del decálogo que reza “No dirás falso testimonio ni mentirás”, habló de la gravedad de vivir de comunicaciones “no auténticas”:

Es grave vivir de “comunicaciones” no auténticas, porque impide las relaciones recíprocas y el amor al prójimo. La “comunicación” entre las personas no es solo con palabras, sino también con gestos, con actitudes, y hasta con silencios y ausencias; se comunica con todo lo que uno hace y dice.

No falsear la verdad en las relaciones con los demás

“¿Qué significa decir la verdad? ¿Significa ser sinceros? O bien, ¿ser exactos?” Hablando en italiano Francisco planteó estas preguntas para la reflexión de los fieles, asegurando que en realidad, nada de esto es suficiente porque se puede estar “sinceramente” en error, o se puede ser exactos en los detalles pero no “captar” el sentido del todo.

En efecto, el Papa señaló que cuando hablamos de la comunicación entre las personas entendemos que no son sólo las palabras, sino también los gestos, las actitudes, hasta los silencios y las ausencias. Esto porque una persona “habla” con todo lo que es y hace. Nosotros, dijo, “vivimos comunicando” y estamos continuamente al borde “entre la verdad  y la mentira”.

Francisco observó, pues, que a veces nos justificamos diciendo “¡dije lo que escuché!”, o bien “¡he dicho sólo la verdad!” pero en realidad, uno ha “absolutizado” el propio punto de vista o ha revelado hechos personales o reservados:

“Entonces, ¿qué es la verdad?- preguntó en español -. Y explicó: “Esta fue la pregunta que hizo Pilatos a Jesús en el proceso que lo llevaría a morir en la cruz. Jesús había afirmado: «Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad». Con su pasión y su muerte, demuestra que él mismo es la realización plena de la Verdad, pues su vida fue un reflejo de la relación con el Padre. En su manera de vivir y morir, cada acto humano, por pequeño o grande que sea, afirma o niega esta verdad”.

 

En las pequeñas y grandes situaciones “no mentir”

Para reafirmar este concepto, en su catequesis impartida en italiano el Papa señaló la lógica que nos guía sea ante las pequeñas situaciones como en las elecciones más comprometedoras, que es la que “los padres y abuelos nos enseñan cuando nos dicen de no decir mentiras”.

Los cristianos no son hombres y mujeres excepcionales, pero sí son “hijos del Padre celestial”, que “es bueno y no los desilusiona”, y esta verdad, añadió Francisco, “no se dice tanto con los discursos”, sino que “es un modo de existir y se ve en cada acto particular”.

En la conclusión de la Audiencia, al saludar a los fieles de lengua española, los animó a “a vivir como hijos que saben que Dios los ama, y que con esa conciencia puedan construir cada vez más una sociedad fundamentada en la sinceridad y en la verdad”.

Evangelio para HOY:

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,7-10):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

Palabra del Señor.

 

Con esta breve parábola sobre el amo y su esclavo concluye Lucas el pequeño catecismo acerca de las relaciones en la comunidad cristiana (14,25-17,10). La parábola es exclusiva de este evangelio y se sitúa en un escenario muy característico del antiguo oriente. Nos equivocaríamos si la abordásemos con criterios de justicia social, críticas al amo explotador, etc. Jesús parte de una praxis que todos conocen y aceptan, y de momento no entra a aprobarla o descalificarla; simplemente se sirve de ella para extraer una enseñanza. Esa es la función de las fábulas, leyendas, apólogos…

Pero Jesús va a trastocar la parábola misma para vehicular su enseñanza: los oyentes, que al comienzo quedaban comparados con el amo (“uno de vosotros tiene un criado”), al final son los “siervos”, y, para más inri, siervos inútiles. Esa la conclusión, la aplicación de la parábola a la comunidad creyente.

En todo grupo humano aparece la “riqueza” y la “miseria” de sus componentes. Particularmente se suelen hacer presentes las tendencias a medrar, a “ser alguien”. Los discípulos de Jesús discuten repetidamente en el evangelio acerca de quién es el mayor y quién el menor. Somos muy proclives a pasarnos la vida redactando la propia “hoja de servicios”, como se dice en el ejército. En la época de Jesús había mucha afición a contabilizar méritos religiosos, como si la salvación fuese objeto de conquista.

Los fariseos de aquel tiempo, en contra de lo que muchas veces se ha pensado, no eran gente malvada, ni muchos menos; querían ser fieles cumplidores de la ley, en la que veían la voluntad de Dios, pero habían caído en la deformación de “comercializar” sus buenas acciones, de haber establecido con Dios una especie de relación mercantil. Habían olvidado el salmo de la gratuidad: “Dios lo da a sus amigos mientras duermen”.     A todo esto Jesús le da un vuelco con la invitación a “hacerse como niños”. Y aquí los occidentales tenemos que cambiar un poco la cabeza: el niño del mundo semita no era el inocente, el encantador… sino el que para nada vale, el que nada merece porque nada bueno ha hecho… Al niño sus padres le dan todo gratis, por puro cariño. Y Jesús advierte que “el que no reciba el Reino de Dios como lo recibe un niño no entrará en él” (Mc 10,15). El Padre nos lo da por puro cariño.

Además de la presunción de haber hecho mucho por Dios, puede darse también la de “pasar factura a los hermanos”, con el orgullo altanero de haberlos servido mucho, de haber hecho esto y lo de más allá por ellos, traduzcamos “por la parroquia”, “por el grupo”… Y surge la tentación de llamarles ingratos. La invitación de Jesús sería la misma: consideraos unos pobres siervos, no habéis hecho más que lo que os tocaba hacer. El engreimiento nunca es evangélico y el restregar a los demás el bien que se les ha hecho priva a esas buenas acciones de su natural nobleza.

San Juan de la Cruz, muy entendido en evangelio, acuñó aquellas célebres paradojas: para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada; para venir a tenerlo todo, no quieras tener algo en nada; para venir a saberlo todo,…  Y un autor más reciente ha compuesto una oración así de simple, así de evangélica:

“Señor, mis manos son pequeñas y están vacías; 
pero las tuyas son grandes y están llenas”