Catequesis del Papa Francisco

El Papa: “La Palabra de Dios es dinámica. El Espíritu Santo derriba muros”

El Papa en la Audiencia general de hoy ha iniciado una serie de catequesis sobre el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Este libro, dijo Francisco, fue escrito por el evangelista san Lucas, y narra la difusión del Evangelio, el viaje del Evangelio en el mundo a través de dos protagonistas: la Palabra de Dios y el Espíritu Santo

 

La Palabra de Dios afirmó el Santo Padre, es dinámica y eficaz; y a través del Espíritu Santo purifica la palabra humana, haciéndola portadora de vida, capaz de inflamar los corazones, derribar muros y abrir nuevas vías de entendimiento y de fraternidad.

“Dios “envía su mensaje a la tierra” y “su palabra corre rápido”, dice el Salmo (147.4). La Palabra de Dios corre, es dinámica, riega todo el terreno en el que cae. ¿Y cuál es su fuerza?, se pregunta Francisco, San Lucas nos dice que la palabra humana se hace efectiva no gracias a la retórica, que es el arte del hermoso discurso, sino gracias al Espíritu Santo, que es el dýnamis de Dios, su fuerza, que tiene el poder de purificar la palabra, para que sea portadora de la vida. Cuando el Espíritu visita la palabra humana, se vuelve dinámico, como “dinamita”, que es capaz de encender corazones y hacer estallar patrones, resistencias y muros de división, abriendo nuevos caminos y expandiendo los límites del pueblo de Dios.

 

El Espíritu Santo enciende corazones

Aquel que da sonoridad vibrante e incisividad a nuestra frágil palabra humana, incluso capaz de mentir y escapar de sus responsabilidades, es solo el Espíritu Santo, a través del cual se generó el Hijo de Dios; el Espíritu que lo ungió y lo sostuvo en la misión; El Espíritu, dijo, gracias al cual escogió a sus apóstoles y quien les garantizó su proclamación de perseverancia y fecundidad, como también hoy los garantiza a los nuestros.

“El Evangelio se concluye con la resurrección y ascensión de Jesús, y a partir de ahí el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra la sobreabundancia de la vida del Resucitado en la Iglesia. El bautismo en el Espíritu Santo permite que entremos en una comunión personal con Dios y que participemos en su voluntad salvífica universal, adquiriendo la capacidad de pronunciar una palabra que sea limpia, libre, eficaz, llena de amor a Dios y a los demás”. El bautismo en el Espíritu Santo, de hecho, afirmó el Santo Padre, es la experiencia que nos permite entrar en una comunión personal con Dios y participar en su voluntad salvífica universal, adquiriendo el don de la parresia, es decir, la capacidad de pronunciar una palabra “como hijos de Dios”.

Con el bautismo entramos en comunión personal con Dios

Por lo tanto, señaló el Papa, no hay luchar para ganar o merecer el don de Dios. Todo se da gratis y a su debido tiempo. Frente a la ansiedad de saber de antemano el momento en que sucederán los eventos que anunció, Jesús responderá a los suyos: «No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad.  Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra».

“El Resucitado hace que vivamos el tiempo presente sin temor ante lo que acontecerá, porque Dios se manifiesta en el hoy de la historia y nos invita a reconocerle allí. Nos enseña a no fabricarnos una misión particular a nuestra medida, sino a pedir mediante la oración perseverante que el Padre nos dé la fuerza misionera para llegar a todo el mundo y vivir en comunión con los hermanos”.

En esta expectativa, los apóstoles viven juntos, como la familia del Señor, en la sala superior o cenáculo, cuyos muros aún son testigos del regalo con el que Jesús se entregó a sí mismo en la Eucaristía. ¿Y cómo aguardan la fortaleza, los dýnamis de Dios? Orando con perseverancia, como si no hubiera tantos sino uno. De hecho, es a través de la oración que uno supera la soledad, la tentación, la sospecha y abre su corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esta experiencia: primero aprendieron del Maestro a dar testimonio de la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que supera todo temor.

Vivir el presente sin ansiedad

El Resucitado invita a sus seguidores a no vivir el presente con ansiedad, sino a hacer una alianza con el tiempo, a saber cómo esperar el desenlace de una historia sagrada que no se ha interrumpido sino que avanza, a saber cómo esperar los “pasos” de Dios, Señor del tiempo y del espacio.  Le pedimos al Señor paciencia para esperar sus pasos, para no “fabricarnos” su obra y permanecer dóciles orando, invocando al Espíritu y cultivando el arte de la comunión eclesial.

En sus saludos en italiano el Papa saludó entre otros, a los participantes en la Asamblea General de las Obras Misionales Pontificias ya los Directores del “Boletín Salesiano”, y a los participantes en la “copa Clericus”.

 

Fuente: Vatican News

Evangelio del día…

Del santo Evangelio según san Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”.

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Palabra del Señor.

 

 

La dinamicidad de la vida muchas veces inquieta nuestro interior. Cada día nos encontramos ante circunstancias de gran variedad, algunas son positivas, pero otras, también, son negativas que tocan nuestra vida personal, familiar o profesional. Experimentamos diversidad de sentimientos y emociones ante estas circunstancias que afectan o perturban nuestra integridad y mueven lo más profundo de nuestro ser, causando inestabilidad o estabilidad.

Esto fue lo que sucedió a los discípulos que escuchaban a Jesús. Las palabras del Señor nos eran suaves, sino duras. Sus palabras resonaban fuertemente en el interior de cada discípulo y, en algunos, producían inquietud, en otros, asombro o aflicción. Pero, por otra parte, también causaban atracción, conmovían, animaban. ¿Qué impresión causan en mí las palabras del Señor? ¿Qué fuerza y qué significado tienen para mi vida? Vemos que para Pedro y los apóstoles tenían una fuerza única, un significado esencial y profundo. Eran la respuesta a sus interrogantes e inquietudes más profundas de su vida. En ellas descubrieron el amor del Padre, la Verdad y el Camino de sus vidas, más aún, descubrieron la Vida. Las palabras del Señor dieron sentido y transcendieron sus vidas. Iluminaron su realidad, su vida concreta, dando un horizonte lleno de esperanza.

Descubramos la fuerza y riqueza que tienen las palabras del Señor para nuestra vida. Dejemos que sus palabras toquen nuestro corazón, nuestra vida. Que sus palabras sean el sostén, pero, sobre todo, el amor inagotable de nuestro Señor.

Papa Francisco: el cristiano debe tener este carisma de lo pequeño y de lo grande.

En su homilía de la Misa matutina Francisco se inspiró en la lectura del día que relata la conversión de Pablo en el camino de Damasco para comprender el valor de la docilidad y de la apertura de nuestros corazones a la voz de Dios. Así fue para él que, de perseguir a los cristianos, se convirtió en el Apóstol de los gentiles: testarudo, pero no en su alma

 

La conversión y Pablo de Tarso en el camino de Damasco, llamado por la voz del Señor, es un “cambio de página en la historia de la Salvación”, “marca la apertura a los paganos, a los gentiles, y a los que no eran israelitas”. En una palabra es “la puerta abierta a la universalidad de la Iglesia” y está permitida por el Señor porque es “algo importante”. Así es como el Papa Francisco, esta mañana en su homilía de la Misa celebrada en la capilla de la Casa Santa Marta, presentó a los fieles el conocido pasaje de los Hechos de los Apóstoles que surge de la elección de Jesús de cambiar la vida de un hombre que hasta entonces había sido un perseguidor de los cristianos.

El Papa centró su reflexión en la figura del Apóstol de los gentiles que, ciego, permaneció en Damasco durante tres días sin comida ni agua, hasta que Ananías, enviado por el Señor, fue a devolverle la vista, dándole la posibilidad así de iniciar el camino de la conversión y de la predicación “lleno del Espíritu Santo”. Además, Francisco destacó dos rasgos de su modo de ser, dirigiéndose en particular a un grupo de religiosas del Cottolengo que asistieron a esta Misa con ocasión del cincuentenario de su vida religiosa y a algunos sacerdotes eritreos que desarrollan su servicio en Italia.

Coherencia y celo

Pablo era “un hombre fuerte” y “enamorado de la pureza de la ley de Dios”, pero era “honesto” y aunque de mal humor era “coherente”:

En primer lugar, era coherente porque era un hombre abierto a Dios. Si perseguía a los cristianos era porque estaba convencido de que Dios lo quería. ¿Pero por qué? Y por qué, nada: estaba convencido de ello. Era el celo que tenía por la pureza de la casa de Dios, por la gloria de Dios. Un corazón abierto a la voz del Señor. Y se arriesgaba, se arriesgaba, y seguía adelante. Y otra característica de su temperamento es que era un hombre dócil, que tenía docilidad y que no era testarudo.

Docilidad y apertura a la voz de Dios

Su temperamento era obstinado – explicó el Papa – pero no su alma. Pablo estaba “abierto a las sugerencias de Dios”. Con el “fuego dentro” encarcelaba y mataba a los cristianos, pero “una vez que escuchó la voz del Señor, se hizo como un niño y se dejó llevar”:

Todas esas convicciones que tenía se quedan en silencio, esperando la voz del Señor: “¿Qué debo hacer, Señor? Y él va, y va al encuentro en Damasco, al encuentro de ese otro hombre dócil y se deja catequizar como un niño, se deja bautizar como un niño. Y luego recupera sus fuerzas y ¿qué hace? Se queda callado. Va a Arabia a rezar, cuánto tiempo no sabemos, quizá años, no sabemos. La docilidad. Apertura a la voz de Dios y docilidad. Es un ejemplo para nuestra vida y a mí me gusta hablar de esto hoy ante estas religiosas que celebran el 50º aniversario de vida religiosa. Gracias por escuchar la voz de Dios y gracias por su docilidad.

La “docilidad de las mujeres del Cottolengo” llevó con el recuerdo a Francisco a su primera visita, en los años 70, a una de las estructuras que, en el espíritu de San José Benedicto Cottolengo, acogen en el mundo a los discapacitados mentales y físicos. Y relató de su pasar de sala en sala guiado precisamente por una religiosa, como las que hoy lo escucharon en Santa Marta, que pasan su vida “allí, entre los descartados”. Sin su perseverancia y docilidad – fue la reflexión del Pontífice – no podrían hacer lo que hacen, ni podrían haber hecho lo que han hecho.

El carisma cristiano

Perseverar. Y ésta es una señal de la Iglesia. Quisiera agradecer hoy en ustedes a tantos hombres y mujeres valientes que arriesgan su vida, que van adelante, también a quienes buscan nuevos caminos en la vida de la Iglesia. ¡Buscan nuevos caminos! “Pero, Padre, ¿no es eso un pecado? ¡No, no es pecado! Busquemos nuevos caminos, ¡esto nos hará bien a todos! Siempre y cuando sean los caminos del Señor. Pero ir adelante: adelante en la profundidad de la oración, en la profundidad de la docilidad, del corazón abierto a la voz de Dios. Y así se hacen los verdaderos cambios en la Iglesia, con personas que saben luchar en lo pequeño y en lo grande.

El cristiano – fue la conclusión de Francisco – debe tener “este carisma de lo pequeño y de lo grande” y la oración dirigida a San Pablo al final de su homilía fue, precisamente, la petición de “la gracia de la docilidad a la voz del Señor y del corazón abierto al Señor”; la gracia de que no tengamos miedo de hacer grandes cosas, de seguir adelante, siempre que tengamos la delicadeza de cuidar las pequeñas cosas”.

Santo evangelio según san Juan 6,30-35

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,30-35):

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Palabra del Señor.

 

 

Nos acercamos a las lecturas de este día con el hondo anhelo de escuchar la voz del Señor. Su palabra tiene la capacidad de iluminar y animar nuestra vida. La primera lectura de hoy nos presenta el relato del martirio de Esteban, el primer mártir cristiano. Su testimonio se vuelve paradigmático y en nuestros días cobra mucha actualidad. No dejamos de tener presente a los cristianos que fueron asesinados el domingo de Pascua en Sri Lanka y en tantos otros lugares donde son perseguidos a causa de su fe.

Las palabras de Esteban nos cuestionan: «ustedes siempre resisten al Espíritu Santo». Nos cuesta abrir nuestra mente y corazón a la novedad del Señor Resucitado, preferimos mantenernos encerrados en nuestro yo. Por eso, en todo tiempo la voz de los profetas se vuelve incómoda, porque denuncia y llama a la conversión. Esta verdad, como en el caso de Jesús, Esteban y tantos mártires es rechazada y perseguida hasta la muerte. 

El testimonio que encontramos en Esteban nos muestra que la actitud cristiana ante el rechazo y la incomprensión es poner la confianza en el Señor, como lo expresa la invocación que repetía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Igual que Jesús, Esteban muere perdonando, es un perdón que se convierte en fuente de reconciliación. Nosotros también podemos experimentar el rechazo y la incomprensión, incluso la persecución o el martirio. La actitud cristiana fundamental es siempre la del amor y del perdón a los enemigos.

En el Evangelio continuamos con la lectura del discurso del «Pan de vida» en el capítulo seis de Juan. Jesús se revela como pan de vida, como alimento que sacia nuestra hambre. Su palabra nos dice que el único pan que nos hace vivir es el amor. No es extraño, por ello, que los relatos de resurrección se den siempre entorno al pan, a las comidas, a la mesa compartida. En este gesto-símbolo no solo descubrimos la presencia del Resucitado en medio de la comunidad, es también una invitación a ser pan vivo para saciar el hambre de tantos hermanos nuestros. Hagamos nuestra la petición de los discípulos: «Señor, danos siempre de este pan».

 

Santo evangelio según san Juan 6,16-21

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,16-21):

AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo:
«Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban.

Palabra del Señor.

 

La comunidad del resucitado movida por el Espíritu se encuentra en constante actividad evangelizadora pero necesitan discernir y priorizar. La labor hacia los empobrecidos demanda la creación de nuevos ministerios y servicios que no admiten demora.

Así nos ha tenido el papa Francisco, en constante discernimiento, buscando orientar el papel de la Iglesia en el mundo de hoy: mayor protagonismo de los laicos; el cuidado de la creación; la misión de la familia; la alegría de ser cristiano; vocaciones y juventud; y otros temas, que le han pedido sean abordados, como el delicado tema del abuso a menores o el polémico tema del diaconado femenino. No es posible que la Iglesia permanezca inerte, sin revisarse a sí misma. Durante muchos años la ha acompañado una especie de orgullo e hipocresía institucional que le ha hecho perder la capacidad de transmitir la alegría del Evangelio.

Necesitamos, con buenas dosis de humildad, reconocer los errores cometidos y poder así enmendarlos. Toca dedicar tiempo y recursos (ante todo, recurso humano) para dar respuesta a los grandes desafíos de una Iglesia llamada a «ser luz y fermento».

Jesús dice a los discípulos que bregaban en el lago encrespado: «no tengan miedo», llamándoles a esa fe que les permita avanzar y no retroceder. Con esta convicción necesitamos seguir abriendo las puertas y ventanas de esta nuestra «Iglesia Misionera» para, posibilitar sin temor, la renovación de sus estructuras.

Discípulos y discípulas del Reino, proclamado por Jesús, avanzamos venciendo las tentaciones del conformismo y del acomodamiento, luchando contra «la mundanidad espiritual» que no permite vivir con mayor radicalidad evangélica: «Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio! (EG 97).  

Pide en tu oración personal por la Iglesia y su constante renovación.       

Evangelio de HOY

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,6-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»
Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras, Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.»

Palabra del Señor.

 

 

En el día de los apóstoles Felipe y Santiago estamos llamados a reforzar nuestra identidad cristiana. Ahondar en nuestras raíces nos dará la garantía de que vamos por buen camino o bien nos ayudará a evaluarnos. Seguimos a Jesús el campesino de Nazaret («pobre entre los pobres»), que se apuntó para ser un profeta itinerante anunciando buenas nuevas a los marginados y empobrecidos. Aquel que, en un espacio comunitario pequeño, estableció relaciones igualitarias (de dignificación) para derribar las estructuras sociales de poder imperante (incluído el patriarcado).

Somos discípulos y discípulas de aquel que, a precio de su vida, buscó la transformación y liberación de su pueblo. Convencidos de que tenemos el espíritu del crucificado-resucitado, hemos de continuar multiplicando los espacios donde seamos capaces de defender y dignificar la vida en todas sus formas (incluida la vida de la Madre Tierra).

El riesgo que corremos como Iglesia es el de olvidar a qué Jesús seguimos o relativizar su causa. En el evangelio Jesús se presenta ante sus discípulos como «el camino, la verdad y la vida», es decir, la ruta para conocer al Dios encarnado en nuestra historia.

Todavía hoy, nos asalta la duda como a Tomás o la incertidumbre como a Felipe pero, con mayor claridad, debemos orientar nuestra brújula hacia un estilo de vida sencillo y solidario. Sepamos con certeza que toda experiencia de liberación y dignificación será como la «hoja de ruta» que nos hará continuadores del reino inaugurado por Jesús.   

Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor.

 

Hoy hacemos memoria de Catalina de Siena y la liturgia nos invita a hacer un alto en la lectura continuada de hechos de los apóstoles y del evangelio de Juan, propios de este tiempo de pascua. La primera carta de Juan reflexiona en aquello que acontece cuando en nuestra vida se contraponen realidades. Sabemos por el bautismo que estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas. Ser testigos de «la luz resucitada», tiene fuertes implicaciones para nuestra vida: los creyentes estamos llamados a dejarnos siempre iluminar por Jesús, en un mundo que parece caminar con demasiada ingenuidad.

En el texto se confronta fuertemente a aquellos que, «creyendo ser luz» se engañan a sí mismos y a los demás. Basta ser críticos frente a lo que nos ofrece la industria alimentaria y farmacéutica, a quienes no les interesa la nutrición o la salud integral de las personas. Notamos que lo que verdaderamente importante, en la sociedad de consumo, es el incremento del gran capital que sostiene al actual sistema.

En el Evangelio, los aparentemente sabios, contrapuestos a los sencillos, nos dan la clave para comprender el plan redentor de Dios. Los sabios, aferrados a sus principios y muy seguros de sí, desconfían de toda propuesta liberadora. Recibimos por parte de Jesús la invitación a optar, por un estilo de vida más sencillo (saludable), en armonía con todo lo creado. Optar por el «buen vivir» (el «sumak kawsay» de los pueblos andinos), como un plan de vida que nos haga más respetuosos para con la «madre tierra». Y como parece ser difícil el camino (porque se ha nadar a contracorriente del sistema-mundo), Jesús ora diciendo: «vengan a mí», ofreciendo todo su respaldo para los cansados y agobiados. Estamos invitados también a orar por nuestras comunidades para que no se cansen de seguir los pasos transformadores de Jesús. 

Hace 5 años Juan Pablo II y Juan XXIII eran canonizados

Dos nuevos santos, dos Papas amados que hicieron un Iglesia cada vez más cercana a Cristo. Hace cinco años, era el 27 de abril del 2014, en el Domingo de la Misericordia, el Papa Francisco canonizó a Juan Pablo II y a Juan XXIII, en presencia del Papa emérito Benedicto XVII, un momento histórico. El día de los cuatro papas.

Todavía está vestida la Plaza de San Pedro con los colores de las decoraciones y flores puestas el domingo de la Resurrección, en el ambiente hay perfume de las flores,  pero sobre todo de santidad. Es el 27 de abril del 2014, el centro de la cristiandad ofrece al mundo el testimonio de “dos hombres valerosos, llenos de parresía del Espíritu Santo”, el rostro dela bondad y de la misericordia de Dios. El Papa Francisco dibuja así a Juan XXIII y a Juan Pablo II en su homilía de la misa celebrada ante más de 500 mil personas, venidas de todas partes del mundo.

Santos el domingo de la Divina Misericordia

Es el domingo de la Misericordia, instituido por Juan Pablo II en 1992. Una decisión llevada a cabo después que las visiones que tuvo la hermana Faustina Kowalska, la religiosa polaca que vivió a principios del siglo 19 y que fue canonizada por Juan Pablo II en el 2000.

En la misa estaba presente también el papa Benedicto XVI, escogido en 1981 por Juan Pablo II para guiar la Congregación para la Doctrina de la fe. Una unión de amistad en la fe. Juan Pablo II es santo porque se le reconoció la sanación de una grave lesión cerebral a una mujer de Costa Rica, Floribet Mora, ocurrida el primero de mayo del 2011, día de la beatificación de San Juan Pablo II. En cambio, a Juan XXIII es una canonización “Pro gratia”, sin un milagro atribuido.

En cada sufriente vemos a Jesús

Francisco define a los dos papas como aquellos que “tuvieron el coraje, el valor de ver las heridas de Jesús, tocar sus manos heridas y su costado perforado. No se han avergonzado de la carne de Cristo, no han sido escandalizados por Él, por su Cruz; no se avergonzaban de la carne de su hermano, porque en cada persona sufriente veían a Jesús “. Ellos miraron y amaron. Dos hombres contemplativos, llenos de “esperanza viva” y de “alegría indecible y gloriosa”, capaces de devolver al mundo ya la Iglesia los dones recibidos de Dios.

Pastores del pueblo de dios

Santos capaces de continuar y hacer crecer la Iglesia: Francisco explica que describe a Juan XXIII como el Papa de la docilidad al Espíritu Santo porque, al convocar al Concilio Vaticano II en 1959, “se dejó guiar y fue pastor de la Iglesia. Una guía guiada, guiada por el Espíritu”. “El Papa de la familia” es la definición que se une a Juan Pablo II; Una luz para el viaje hacia el Sínodo anunciado por Francisco en octubre de 2013. El Papa los llama “pastores del pueblo de Dios” a quienes recomienda enseñarnos “a no escandalizarse por las heridas de Cristo, a entrar en el misterio de la misericordia divina”. Quien siempre espera, siempre perdona, porque siempre ama “.

Fuente: Vatican News

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan (21,1-14):

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque rio distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

 

 

La nueva forma de presencia del Mesías requiere una pedagogía. El resucitado es el mismo Jesús pero no es lo mismo. Jesús se presenta en la orilla del lago, pero nos discípulos no saben que es Jesús. Están en medio de la faena cotidiana de la pesca. La nueva forma de presencia no es invasora: invita a echar de nuevo las redes, prepara la comida de pan y pescado, les invita a almorzar. Jesús reparte el pan y el pescado. Su presencia se hace certeza en los discípulos, la sienten, la notan; el discípulo amado confiesa “es el Señor”. No cabe duda el Resucitado está con ellos.

Como comunidad nacida de la Pascua seguimos anunciado y proclamando la gran noticia: este es el día en que actúo el Señor; nos llena de gozo y de alegría. Su amor es eterno, su misericordia es eterna. Resucitó a Jesús de entre los muertos; su acción es la antítesis de las acciones de los jefes del pueblo. Ellos son los arquitectos que desecharon a la piedra angular. Dios lo ha constituido en ángulo y fundamento del edificio entero. Ha sido un milagro patente. Sólo el Dios resucitador puede hacerlo. Y la Iglesia se siente con el encargo de anunciar esto. Y con la valentía para hacerlo incluso frente a los adversarios. Se siente legitimada y capacitada para continuar la misión de Jesús: sigue curando a los enfermos que lo hacía Jesús en su historia. Y en su nombre.