Evangelio de HOY

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,16-22):

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»
Él le preguntó: «¿Cuáles?»
Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.»
El muchacho le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?»
Jesús le contestó: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.»
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico.

Palabra del Señor.

 

Nunca imaginó que iba a hacerse tan famoso. Solemos llamarle “el joven rico”. Con esas palabras ha pasado a la historia de la literatura, del arte, de la reflexión sobre la fe. Generación tras generación miles de cristianos nos hemos confrontado con su experiencia. Algunos han dado respuestas magistrales; todos estamos en deuda con ellos.

El relato de Mateo constata que él, que había ido expresamente a encontrarse con Jesús, “se fue triste” y asocia esa tristeza a una razón: “porque era muy rico”. Pero es probable que esa no fuera la única (y tampoco la principal) causa de su entristecerse sino el hecho de que Jesús le invite tan claramente a compartir: “anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”.

Cabe también -permitan que especule- que le entristeciera la impresión de que Jesús le proponía algo imposible. ¿Se quedó a escucharle un poco más o se marchó? ¡Ojalá se hubiera quedado! Al momento -lo escucharemos en la celebración de mañana- Jesús recordó que para Dios nada hay imposible (Mt 19, 26; Lc 1, 37). Con demasiada frecuencia nos empeñamos en poner difícil al Señor que haga las cosas a su manera. No acabamos de creer que su Espíritu es capaz de actuar y que nada se le resiste. Lo que Jesús proponía al joven rico es duro, pero no imposible. Nunca han faltado (hoy tampoco) discípulos y discípulas del Señor que lo demuestran.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,13-15):

En aquel tiempo, le acercaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos, pero los discípulos los regañaban.
Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.»
Les impuso las manos y se marchó de allí.

Palabra del Señor.

 

“Todas las vidas son del Señor. Quien es bueno vivirá”. Quizá el mejor lugar para comprender esto sean los muros de un monasterio, donde lo esencial se hace visible a los ojos en el arte de la espera.

Fray María Rafael, en “Saber esperar”, escribe dentro los muros del monasterio: “Sigue esperando …, sigue esperando con esa dulce serenidad que da la esperanza cierta …, sigue quieto, clavado, prisionero de tu Dios a los pies de su Sagrario. Escucha el lejano alboroto que hacen los hombres al gozar breves días de libertad por el mundo; escucha de lejos sus voces, sus risas, sus llantos, sus guerras … Escucha y medita un momento; medita en un Dios infinito …, en el Dios que hizo la tierra y los hombres, el dueño absoluto de cielos y tierras, ríos y mares; el que en un instante, con sólo quererlo, con sólo pensarlo, creó la nada y todo cuanto existe”. (Pensamiento 519)

Saber esperar, tomar el ritmo de Dios, hacer menos y con más profundidad, tener experiencia del amor primero, sentirse habitado por el Espíritu. Saberse piedra sobre la que edifique Jesús su iglesia cuando no se busca alabanza-grandeza-poder. Estar en el camino, quizá un camino secundario, a las afueras, pero es tu camino. Reconocerse llamado para ser algo pequeño porque da miedo lo alto, lo de primera fila. Abrazar el propio camino y sus árboles con el frescor del viento del Espíritu, camino fácil cuesta abajo. Adorar al dueño del camino, Dios, disfrutarlo y hacerlo disfrutar.

“Apartaos del mal, haceos un corazón y un espíritu nuevo. Convertíos y vivid”.

“Qué dulce es esperar haciendo el bien …, qué dulce esperar con una sonrisa a nuestros hermanos y a nuestros enemigos” (Pensamiento 422). La conversión y la vida se dan de la mano en quienes han encontrado la perla preciosa y lo han vendido todo por disfrutar de su encanto.

“De los que son como los niños es el Reino de los Cielos”. La vida escondida en Dios y el corazón habitado por el mundo entero. Un niño vive rodeado de la presencia humana. El corazón del monje se agranda tanto cuanto se extiende la presencia de Dios en el corazón del mundo.

“¡Qué bueno y qué grande es Dios, que nos ofrece el corazón de María, como si fuese el suyo! ¡Qué bien conoce Dios el corazón del hombre, pequeño y asustadizo! ¡Qué bien conoce nuestra miseria que nos pone ese puente …, que es María!” (Pensamiento 345).

“A mí me parece que cuanto más amor se la tiene a la Virgen, más amor tenemos a Dios, es decir, que nuestro amor a Dios aumenta a medida que aumentamos el cariño a la Santísima Virgen …; y es natural, ¿cómo vamos a querer a la Madre y no querer al Hijo?, imposible …, y qué no conseguiremos de Dios si se lo pedimos por intercesión de María …, nada”. (Pensamiento 337)

Evangelio del día.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»
Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»
Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio.»
Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»
Pero él les dijo: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.»

Palabra del Señor.

 

 

Ezequiel desde su profetismo, denuncia las abominaciones cometidas por las instituciones nacidas para fomentar la vida y generadoras de muerte; que se arrogan la verdad y se identifican con la figura de Jerusalén, amada por Dios, pero que “siguen viviendo como brotes campestres”, seguras de su belleza y amparadas en su fama, pero incapaces de alimentar la esperanza en el pueblo.

Ezequiel abandona la causa de los opresores y traslada a Babilonia lo que era válido en Jerusalén. Destruye el falso profeta que lleva dentro, el que se puede vender, y elabora una profecía en comunidad, en confrontación de pareceres. El profeta despierta la responsabilidad individual en el mal camino comunitario y propone que cada uno lea su responsabilidad a la hora de generar sufrimiento a los demás.

En la profecía de Ezequiel, el Espíritu aparece como la única posibilidad para dar vida a tanta muerte esparcida por las ambiciones humanas. El profeta hace una opción clara por la vida reconstruyendo al ser humano desde lo más terreno: nervios, carne, piel. La misión del profeta no es destruir la carnalidad del hombre sino elevarla, transformarla, vivificarla, hacerla Adán vivo (37,1-14).

El Espíritu y el ser humano logran lo imposible: Vivir creando y recreando la tierra prometida y las estructuras en la que se sustentó el pueblo: las tribus, la monarquía, el templo, Jerusalén, las leyes, el sacerdocio, las ciudades. Ezequiel supo cuál era la utopía, pero no encontró los medios.

Es Dios quien renueva su alianza para ser reconocido como el Señor. Su misericordia no abandonará al hombre.

Quien se hace eunuco por el Reino de los Cielos está dando un paso para poner un nuevo espíritu a los huesos y a la carne del mundo. “El que pueda con esto que lo haga”.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21–19,1):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Cuando acabó Jesús estas palabras, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

 

 

Todos estamos dispuestos a perdonar, seguro. Basta que la ofensa no haya sido de esas que duelen, de esas “imperdonables”. Por cierto ¿con qué frecuencia y en qué sentido utilizamos los cristianos el calificativo de “imperdonable”? Muchas veces en un sentido figurado, pero otras…

Decíamos que todos sabemos perdonar, y perdonamos, las faltas leves, o aquellas cometidas por alguien a quien de verdad queremos, y al que justificamos casi todo. Pero lo difícil es perdonar las otras faltas, las de otros que también nos ofenden y a los que no tenemos tanto aprecio.

Jesús enseña a sus discípulos que hay que perdonar. Y habla de perdonar al hermano, no de perdonar una falta u otra. El perdón se dirige al ofensor. Por eso no depende del tipo de falta, ni existe una graduación según la gravedad. No se puede perdonar más o menos. O sí, o no.

Y, puesto que hablamos de personas, el fundamento, la razón para perdonar está en ellos y ellas, en que son hijos e hijas de Dios. Y esa es la clave. Dios nos quiere a todos por igual y es capaz de perdonar por amor. Por eso nuestra tarea, el mandamiento principal, no es perdonar porque Dios perdona. Nuestra tarea es querer como Dios quiere. Y el perdón vendrá con ello.

No es cuestión de perdonar porque esté mandado. Ni para conseguir que luego me perdonen… Es cuestión de perdonar por amor. Y, como siempre, llegar a ello es tarea de toda la vida. Pero “de toda la vida” no significa que haya que conformarse con lo que somos ahora porque “ya iremos mejorando”; no es cuestión de vivir tranquilos pensando que “ya llegará el momento”. De toda la vida significa también desde el comienzo de la vida; es decir, que el mandato es que perdonemos ya desde ahora, desde hoy mismo, a todos y para siempre. Por supuesto, sólo lo conseguiremos contando con la ayuda de Dios.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,1-5.10.12-14):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Palabra del Señor.

 

Muy estimada alma:

Te he dicho que un pastor, si pierde una de sus ovejas, deja el resto para salir en su búsqueda. En un primer momento , esto te puede parecer fuera de moda, pues las ovejas no son los animales más comunes en las grandes selvas asfaltadas a las que llamas ciudades, ni ser pastor es el sueño de los niños y parece que la sociedad te invitaa hacer justo lo contrario de lo que haría el pastor: quedarte con la seguridad del momento, evitar los riesgos y luchar a como de lugar por nuestra comodidad… pero eso es justamente lo que quiero que evites.

En ese mundo altamente competitivo que tiende a convertir a las personas en números o en dinero, quiero dicirte que eres mucho más que una cifra. Eres mi hijo muy amado, y tu valor no se mide en pesos ni en dólares, sino en cada gota de sangre que derramé por ti en la cruz.

Te amo. Yo te llamé por tu nombre, y eres mío. No importa que tan lejos tenga que ir. Créeme, nada impedirá que te encuentre y esté contigo. Yo soy tu Salvador.Te amo y eres precioso a mis ojos. Haré cualquier cosa para tenerte a mi lado. Eres de gran valor para mí y te amo. Si tú lo quieres, nada ni nadie nos podrá separar. Confía en mí.No tengas miedo, no hay lugar tan lejano al que no pueda llegar.

Nunca olvides que te amo y estoy dispuesto a todo con tal de estar contigo.

Evangelio del día.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,22-27):

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día.» Ellos se pusieron muy tristes.
Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?»
Contestó: «Sí.»
Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?»
Contestó: «A los extraños.»
Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.»

Palabra del Señor.

 

Esta semana nos acompaña en la primera lectura la profecía de Ezequiel, sacerdote del Templo y primer profeta del destierro en Babilonia, a partir del año 592 a. C., en Tel Abib, junto al río Kebar. La gloria del Señor se hace visible en su profecía en un momento en el cual no es posible el culto. La ausencia de culto y templo lo sustituye Ezequiel por una pastoral en su casa. Es un sacerdote que quiere vivir en la fidelidad a la Palabra de quien ha experimentado el gozo de ser amo y la tristeza del desarraigo en su condición de esclavo en los trabajos del campo, de la artesanía, etc., en la periferia de la urbe.

La sorpresa de Ezequiel es que Dios le llama en la tierra de la opresión; allí, Dios sigue siendo el Dios del éxodo. Le llama a examinar la historia de su pueblo y llega a corregir las promesa anteriores hechas a la monarquía porque lo anunciado no se ha cumplido (34,23-24). Jamás Dios se casa con la injusticia. Dios está con la causa de los pobres, acompaña al oprimido, sigue el mismo camino de los desterrados. Su imagen de Dios es transcendente, por encima de la naturaleza, y a la vez, es el Dios cercano, de la vida, del perdón, que pacta de nuevo con el pueblo.

“Llenos están el cielo y la tierra de la Gloria del Señor” (Sal 148) , y quizá es más fácil percibir su brillo cuando la vida se sumerge en la penumbra de un futuro de dolor. El Hijo del Hombre sigue entregado a las manos de los hombres. Quien le recibe sabe de su dolor, de su poder de liberación personal en la debilidad.

La semana nos trae el testimonio martirial de algunos creyentes que, como Ezequiel, también supieron interpretar su momento y respondieron a la llamada, de modo que fueron transfigurados por la gloria de Dios. Si la gloria de Dios es la vida del hombre, en la entrega de la misma la encontraron para siempre. La obediencia a la Palabra de Jesús les llevó a recorrer el camino Pascual que hoy se propone a Pedro y a todo ser humano capaz de vivir esa libertad en medio del sufrimiento.

Nos llegan hoy los ecos de la Iglesia del siglo XX en la juventud del Seminario Claretiano mártir en Barbastro (Huesca). Los 51 misioneros mártires se alimentaron de la Palabra de Dios y murieron llevando en su recuerdo a sus hermanos claretianos “hasta las regiones de dolor y de muerte”; murieron contentos, con amor fiel, generoso y perpetuo, rogando a Dios que su sangre fuera sangre de perdón y de renovación de los misioneros.

Si te acercas a la palabra de la vida de los 51 mártires sentirás en mayor o menor medida estremecimiento. No se puede estar indiferente ante ella. Es la palabra de quienes forman parte de “los más importantes” en el Reino de los Cielos porque tuvieron corazón para arriesgarse y encontrar a quien estaba perdido, y acoger a quien, en su experiencia de perseguidor, estaba necesitado de ser acogido.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,14-20):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: «Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.»
Jesús contestó: «¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.»
Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?»
Les contestó: «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.»

Palabra del Señor.

 

 

Reaparece el grano de mostaza, esta vez como patrón para medir el tamaño de nuestra fe y de su eficacia. En el combate contra el mal, en el diario afán por expulsar demonios que sojuzgan o merman la vida de las personas o la propia vida, ¿qué confianza tenemos en Dios, cómo nos apoyamos en Él?

Los discípulos habían recibido el poder de arrojar demonios, como también el de curar a los enfermos. Podían sentirse perfectamente legitimados para la tarea de exorcistas, no los podía acusar Jesús, ni nadie, de que pretendían grandezas que superaran su capacidad. De hecho, fueron enviados en misión con ese poder y ese objetivo. Pero en esta ocasión fracasan. ¿Por qué? Jesús no les había retirado la confianza ni los había destituido de su función. Pero fallan, lo que significa que una vez más van a comprobar el estado de su fe, estado que con tanta frecuencia denuncia el evangelista: era pequeña, raquítica; se dejaba afectar por la duda; necesitaba madurar, crecer, consolidarse.

En nuestro camino de discípulos, ¿en qué momentos flaquea la fe? ¿Ponemos la confianza en Dios? ¿Nos trabaja más bien o acaso nos habita secretamente el sentimiento de que nada puede cambiar, de que todo va a seguir igual, de que no vale la pena creer, amar y servir, de que no tiene sentido vivir y transmitir el evangelio, de que “la cultura dominante” es la verdadera fuerza de la historia que es sensato acoger y acatar?

En el relato que ofrece Marcos de este mismo episodio, el padre suplica a Jesús: «¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!». Esta misma puede ser nuestra oración, en particular si se da en nosotros cierta tendencia a ese fatalismo que no deja resquicio a Dios ni acepta la acción de su Espíritu en los hombres.

Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Juan (12,24-26):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.»

Palabra del Señor.

 

 

La fiesta del diácono y mártir san Lorenzo nos muestra una historia de servicio y de entrega de la vida. La imagen de la fecundidad del grano de trigo sepultado en la tierra nos revela la fecundidad de su vida y de su muerte.

Se atribuye a Francisco de Asís una conocida oración («Haz de mí, oh Señor, instrumento de tu paz»), aunque parece no haber testimonios de esa plegaria anteriores al s. XX. En todo caso, la oración refleja el espíritu del Poverello y nos revela la sabiduría del evangelio. En ella decimos: «Porque es dando como recibimos, olvidándonos como nos encontramos, perdonando como somos perdonados, muriendo como resucitamos a la vida eterna». Lorenzo se recibió dando y dándose, se encontró olvidándose de sí, fue perdonado por medio de su perdón, resucitó a la vida eterna muriendo mártir.

Nos han enseñado que la Iglesia, asentada en la piedra angular que es Cristo y descansando en las columnas o cimientos que son los profetas y apóstoles, se apoya en estos cuatro pilares: el anuncio y testimonio, la liturgia, el servicio, la comunión. Lorenzo vivió el anuncio-testimonio en su forma suprema: el martirio; su vida y muerte fueron liturgia espiritual; sirvió a los pobres desde su ministerio de diácono; la caridad y la fuerza del Espíritu que lo alentaban lo hacían vivir en la comunión y generar comunión. Podemos celebrar su fecundidad eclesial.

San Agustín enseña en la lectura del Oficio divino de este día: «Lo han imitado [a Cristo] los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no solo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber pasado ellos. Tenedlo presente, hermanos».

Evangelio del día…

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo (25, 1-13)

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.
Pero a medianoche se oyó un grito: ‘Ya viene el esposo, salgan a su encuentro’.
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.
Las necias dijeron a las prudentes: ‘¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?’.
Pero estas les respondieron: ‘No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado’.
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’,12 pero él respondió: ‘Les aseguro que no las conozco’.
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor.

 

 

El día 6 de este mes era fecha para rememorar la II Guerra Mundial. Ese día, el año 1945, se lanzaron las bombas atómicas contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.  Pero también tal día como hoy, 9 de agosto, trae idéntico recuerdo, pues en él se produjeron nuevos bombardeos atómicos. Por su parte, la liturgia propone otra memoria relacionada con aquel conflicto: en este día, en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz, murió Edith Stein, filósofa judía convertida a la fe católica y bautizada en enero de 1922.

Ya en 1933, al comenzar la persecución y el hostigamiento a los judíos, había declarado: «Solamente la pasión de Cristo nos puede ayudar, no la actividad humana. Mi deseo es participar en ella». El 14 de abril de 1934 toma el hábito carmelitano y a partir de ese momento llevará el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, nombre que deja bien explícita la referencia a la pasión de Cristo. El 9 de junio de 1939 redactará su testamento, que contiene estas palabras: «Ya desde ahora acepto con alegría, en completa sumisión y según su santísima voluntad, la muerte que Dios me ha destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y mi muerte… de modo que el Señor sea reconocido por los suyos y que su Reino venga con toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la salvación del mundo».

En aquella historia tan dramática, percibió su vocación y le fue enteramente fiel. Dios llevó a término la obra que había comenzado en ella, Dios la configuró con su Hijo crucificado. Dejemos que resuenen para ella los versos: «Si con él [Cristo] morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él».

Evangelio del día…

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

 

Aquella mujer lo tenía todo en contra: era extranjera y, por añadidura, su pueblo no se llevaba bien con los galileos; era rica (esto lo sabemos por Marcos, quien informa que la madre, al regresar, encontró a la niña echada en la cama), y Jesús pertenecía a un pueblo pobre y explotado; era pagana, mientras que el profeta y taumaturgo Jesús pertenecía al pueblo que Dios se había escogido como heredad.

Aquella mujer lo tenía todo en contra: Jesús, de entrada, no le hace ningún caso; en segunda instancia, tampoco atiende la sugerencia de los discípulos, a los que da una explicación convincente y sin réplica posible; cuando ella se le cruza en el camino y le corta el paso, él responde con un argumento terminante.

Aquella mujer lo tenía todo en contra; pero no se rinde y vuelve del revés la respuesta de Jesús: le da toda la razón y a la vez se la apropia refiriéndola a su caso. Es él quien acaba rindiéndose y se siente desarmado ante la fe de esta cananea que cree a pesar de los desaires recibidos. Esa fe tenaz nos lleva a preguntarnos: ¿te rindes ante la primera dificultad?, ¿te retiras al primer tropiezo en tu camino personal, en tu misión, en tus relaciones con los “otros” (extraños o cercanos), en tu oración? ¿Te creces, como se creció esta cananea?

El pan de que habla Jesús es, en último término, su misma persona. Él está destinado también a los paganos. La comunidad judeocristiana de Mateo ha de acogerlos, tras escuchar el elogio de la grandeza de la fe de aquella pagana. ¿A quién acoges?