Evangelio de hoy…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (14,15-24):

En aquel tiempo, uno de los comensales dijo a Jesús: «¡Dichoso el que coma en el banquete del reino de Dios!»
Jesús le contestó: «Un hombre daba un gran banquete y convidó a mucha gente; a la hora del banquete mandó un criado a avisar a los convidados: “Venid, que ya está preparado.” Pero ellos se excusaron uno tras otro. El primero le dijo: “He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Dispénsame, por favor.” Otro dijo: “Me acabo de casar y, naturalmente, no puedo ir.” El criado volvió a contárselo al amo. Entonces el dueño de casa, indignado, le dijo al criado: “Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos.” El criado dijo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.” Entonces el amo le dijo: “Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa.” Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete.»

Palabra del Señor.

 

 

Buena voluntad no le faltaba a la persona que le dijo a Jesús esa frase de dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios. Estaba con Jesús, le escuchaba, cenaba con Él, en fin, un buen tipo. También a nosotros nos sobra la buena voluntad. Estamos hartos de decirle a Cristo que queremos vivir siempre con Él.

En Rusia hay un dicho que suena así: Lo queríamos lo mejor posible y salió como siempre. Cuántas veces hemos hecho buenos propósitos a comienzo de año, al empezar el Adviento o la Cuaresma, al cumplir años, al terminar un retiro o unos ejercicios… Y al final, nada – o muy poco – cambia. Siempre hay algo que se pone en contra nuestra, o mejor dicho, nos dejamos estorbar por muchas cosas, que en realidad no son tan necesarias. Y aparcamos a Cristo a un lado, y vivimos preocupados y ocupados en muchas cosas.

No sabemos cómo acabaría la vida del anónimo seguidor de Jesús que habló en esa comida. Escuchó esa advertencia y quizá pensó que la cosa no iba con él: Yo nunca dejaré al Maestro por nada. O puede ser que estuviera con Él hasta el final, en su camino hasta Jerusalén. Sólo sé que en mi vida hay muchas excusas para no entregarme del todo a Cristo. A mi alrededor, hay mucha gente sencilla que vive con mucha entrega su fe. A pesar del tiempo frío, de la nieve, del hielo, de la oscuridad… Su ejemplo me anima a seguir hacia adelante, con esperanza. Porque yo también, como el anónimo protagonista del relato, quiero estar en el banquete del Reino. Y para eso, hay que esforzarse cada día, como si fuera el primero, y como si fuera el último de nuestra vida. Como si fuera el único. Dios nos ayuda siempre. ¿Lo sientes?

Publicado en Noticias.

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