Evangelio del día.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (19,3-12):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a uno despedir a su mujer por cualquier motivo?»
Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de repudio y divorciarse?»
Él les contestó: «Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Ahora os digo yo que, si uno se divorcia de su mujer –no hablo de impureza– y se casa con otra, comete adulterio.»
Los discípulos le replicaron: «Si ésa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.»
Pero él les dijo: «No todos pueden con eso, sólo los que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda con esto, que lo haga.»

Palabra del Señor.

 

 

Ezequiel desde su profetismo, denuncia las abominaciones cometidas por las instituciones nacidas para fomentar la vida y generadoras de muerte; que se arrogan la verdad y se identifican con la figura de Jerusalén, amada por Dios, pero que “siguen viviendo como brotes campestres”, seguras de su belleza y amparadas en su fama, pero incapaces de alimentar la esperanza en el pueblo.

Ezequiel abandona la causa de los opresores y traslada a Babilonia lo que era válido en Jerusalén. Destruye el falso profeta que lleva dentro, el que se puede vender, y elabora una profecía en comunidad, en confrontación de pareceres. El profeta despierta la responsabilidad individual en el mal camino comunitario y propone que cada uno lea su responsabilidad a la hora de generar sufrimiento a los demás.

En la profecía de Ezequiel, el Espíritu aparece como la única posibilidad para dar vida a tanta muerte esparcida por las ambiciones humanas. El profeta hace una opción clara por la vida reconstruyendo al ser humano desde lo más terreno: nervios, carne, piel. La misión del profeta no es destruir la carnalidad del hombre sino elevarla, transformarla, vivificarla, hacerla Adán vivo (37,1-14).

El Espíritu y el ser humano logran lo imposible: Vivir creando y recreando la tierra prometida y las estructuras en la que se sustentó el pueblo: las tribus, la monarquía, el templo, Jerusalén, las leyes, el sacerdocio, las ciudades. Ezequiel supo cuál era la utopía, pero no encontró los medios.

Es Dios quien renueva su alianza para ser reconocido como el Señor. Su misericordia no abandonará al hombre.

Quien se hace eunuco por el Reino de los Cielos está dando un paso para poner un nuevo espíritu a los huesos y a la carne del mundo. “El que pueda con esto que lo haga”.

Publicado en Noticias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

14 + 10 =