Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,27-32):

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros encalados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crímenes. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis sepulcros a los profetas y ornamentáis los mausoleos de los justos, diciendo: “Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos sido cómplices suyos en el asesinato de los profetas”! Con esto atestiguáis en contra vuestra, que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!»

Palabra del Señor.

 

 

El tiempo ordinario tiene estas cosas. La liturgia no nos da reposo, no deja que nos relajemos, y entre santo y santa, un martirio. La muerte de aquél que señaló al mundo la venida del Salvador.

Como cada día, hoy se nos da otra pista sobre lo que tenemos que hacer para alcanzar el Reino de los Cielos. Estar atento a lo que pasa a nuestro alrededor. Eso permitió a Juan ver a Jesús y distinguirlo entre la gente, y eso le llevó también a denunciar la situación de pecado en la que vivía Herodes. (Inciso. Hace poco he releído La guerra de los mundos de Herbert George Wells. Uno de los personajes, un vicario, algo afectado por la invasión marciana de la tierra, se lamenta de todo lo que ha visto de injusto en su mundo y no ha denunciado. Pero para él era ya tarde. ¿Y para nosotros? Cierro el inciso).

Seguramente, Juan sabía a lo que se enfrentaba. No hace falta ser muy listo para saber que, si te enfrentas al poderoso, te puede costar caro. Muy caro. A veces, en nuestro tiempo también, la vida. Todo se puede dar, incluso la vida, si se ha tenido un encuentro con Cristo. Lo demuestran muchos testimonios a lo largo de la historia de la Iglesia.

Para eso, por supuesto, hace falta entrenamiento. Eso exige, por ejemplo, la atención a los pequeños detalles, que es lo que nos permite poder ser fiel en las cosas grandes. Es una de las enseñanzas de, por ejemplo, los Beatos Mártires de Barbastro. Tuve la suerte de conocer al padre Zubiri, C.M.F., hace algunos años. Este padre fue compañero de estudios de los Beatos. Y nos contó cómo su disciplina, su fidelidad a la oración, su frecuencia en la confesión, sus horarios espartanos, les fueron preparando para el martirio. Incluso rezando para poder dar su sangre por Cristo, por la Virgen, por la Iglesia y por la Congregación claretiana.

¿Cómo está tu fidelidad en las pequeñas cosas? El plan que hiciste a principios de año, o al final de los ejercicios, o en aquel día de retiro, ¿lo revisas de vez en cuando o está cubierto de polvo en la estantería? ¿Hay cada día sitio en tu vida, aunque sea unos minutillos, para Él? Sin eso, sin las pequeñas cosas, no se pueden conseguir las grandes. Tú mismo.

Publicado en Noticias.

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