Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,47-51):

En aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.»
Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?»
Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.»
Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»
Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.» Y le añadió: «Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

 

 

Está difícil esto de hablar de los ángeles. ¿Seres míticos o seres reales? ¿Andan por ahí, poblando el cielo y jugando con nosotros? Podemos perder el tiempo pensando y reflexionando en la esencia de los ángeles, en sus categorías y clases. No hacemos más que poner en el cielo la idea que tenemos de la corte de un señor de nuestro mundo. Como nuestros presidentes y reyes tienen cortes y gobiernos con muchos secretarios y asesores, también nos imaginamos que Dios, el todopoderoso por excelencia, tiene miríadas de secretarios, asesores y ayudantes de todo tipo.

Y de tanto mirar al cielo, nos puede salir tortícolis. Se nos olvida que el centro de nuestra fe está precisamente en la encarnación. Dios mismo se hizo hombre. Se vino a estar con nosotros. Desde aquel momento la salvación no se juega en las alturas sino en la bajuras de nuestra vida diaria y cotidiana, en la relación con los demás, en el trabajo, en la familia, en el esfuerzo por hacernos libres y responsables como corresponde a lo que somos: hijos e hijas de Dios, amados y queridos por él. En Jesús Dios se nos mostró cercano. Para llegar a él no nos hacen falta intermediarios. No es como aquellos emperadores a los que había que acercarse de rodillas y no se podía levantar la vista para mirarlos. Tampoco es como los presidentes de hoy que tienen tantos filtros entre ellos y el mundo de la calle que se nos hacen inalcanzables. Jesús puso a Dios a nuestro lado, en nuestras calles, en nuestras tiendas, en nuestras salas de televisión. Y vino para quedarse porque es de la familia. Es nuestra auténtica familia.

Por eso los ángeles nos tienen que hablar sobre todo de un Dios que quiere nuestro bien, que se preocupa por nosotros. Si tuviéramos que buscar una figura en nuestro mundo para pensar a Dios, tendríamos que pensar mucho más en el Defensor del Pueblo que en el presidente del Tribunal Supremo. Lo suyo es escuchar, atender, sentir con los dolores y alegrías de nuestros corazones. La Fuerza de Dios (Gabriel), la Medicina de Dios (Rafael) nos hablan de un Dios que está con nosotros y por nosotros, que quiere nuestra vida, nuestra felicidad, nuestro bienestar. ¿Qué Dios hay como éste? O como dijo Miguel: “¿Quién como Dios?”

 

 

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