Evangelio san Lucas (17,11-19)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»
Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»
Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

 

Según un texto rabínico, Eliseo habrías resucitado dos muertos, pues además de devolver la vida a un niño, curó la lepra de Nahamán el sirio (2Re 4,34s; 5,14). En la época de Jesús el juicio sobre la lepra (¡y sobre los leprosos!) no podía ser más negativo: a la repugnancia física y peligro de contagio se sumaba una “teología de la exclusión”; el leproso era tenido por un maldito de Dios y se lo trataba como a un muerto; de ahí el dicho del rabino. Por eso los leprosos solían andar por despoblados, y caminaban gritando “impuro, impuro”, para que nadie se les acercase. El evangelio de hoy dice que los diez leprosos se detuvieron a distancia de Jesús y, desde allí, a gritos, le pidieron compasión.

En dos lugares del evangelio dice Jesús él ha venido a buscar y salvar lo que otros dan por perdido e inasalvable: lo dice cuando le acusan por comer con pecadores en casa del recaudador Leví y cuando murmuran de que se aloje en casa del recaudador  Zaqueo (cf. Lc 5,32; 19,10). Jesús busca la compañía de “los malditos”.

Y es que Jesús es crítico con mucha de la teología de su tiempo. Hay que buscar la recuperación del alejado, y no “sacralizar” lo que tiene explicación natural. Los marginados publicanos no están “fuera de la ley” por una fatalidad; y la lepra no tiene ningún origen sobrenatural, sino que es una enfermedad más. Pero lo que Jesús sabe muy bien es que los leprosos son víctimas de una doble desgracia: a su dolor físico se añade el injusto rechazo social y religioso; y ambas cosas quiere Jesús que queden superadas. Por eso su acción no es una mera curación física: los envía al sacerdote para que levante acta de su curación y queden reintegrados en la comunidad cultual de Israel. 

Jesús derriba muros y crea vida en comunión. Según el cuarto evangelio, la misión de Jesús tiene por objeto “que tengamos vida y la tengamos abundante” (cf. Jn 10,10). Por tanto, el auténtico seguidor de Jesús tiene que ser un creador y distribuidor de vida, destructor de barreras y aliviador de dolores, activo inconformista con todo tipo de sufrimiento y de división.

Nuestro evangelista añade todavía un rasgo llamativo: de los diez leprosos curados, sólo el samaritano da gloria a Dios y se postra agradecido ante Jesús. Era el doblemente excluido, por leproso y por heterodoxo o hereje. Jesús enseña a no juzgar ni condenar, y a que nadie considere la bondad como patrimonio suyo y de los de su bando. También en el corazón de “los otros” se aloja frecuentemente una exquisita sensibilidad, incluso a veces superior a la de “los de siempre”.   

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