¡No más violencia!

Compartimos el mensaje de nuestro Obispo, Mons. Javier Román Arias, sobre los últimos acontecimientos, los cuales se han visto empañados por la Violencia contra las mujeres. Acá el texto completo.

Alto a la violencia contra las mujeres
Ni una muerte más.

Nuestro país ha iniciado estos primeros meses del año con la tragedia de la muerte de ocho mujeres a manos de sus parejas. La última de ellas fue brutalmente asesinada en Siquirres, en territorio diocesano de Limón.
No puede pasar desapercibida la muerte violenta de nadie y mucho menos de mujeres inocentes a quienes se les ha quitado la vida por causa de violencia machista.
Esta situación debe de llevarnos a reflexionar sobre la manera en la cual estamos educando a nuestros niños y jóvenes para las relaciones humanas, la práctica de valores como la justicia, el amor, la paz, el bien, la verdad, pero también debe hacernos meditar acerca de cuál es nuestro papel frente a estas tragedias, si asumimos una actitud meramente de espectadores o si nos decidimos ser parte de las soluciones.
El primer paso para cambiar esta dura realidad es aceptar que todos tenemos parte en ella. Sea por acción o por inacción, estamos implicados en la muerte de estas mujeres y todas las que, como ellas, a lo largo de los años siguen muriendo a manos de quienes, muy por el contrario, deben de amarlas y respetarlas.
Es imperioso preguntarnos hoy cómo está nuestra salud emocional, qué sentimientos albergamos en nuestro corazón, qué tipo de relación establecemos con los demás y si nuestro entorno favorece la paz o la violencia.
Es doloroso ver que cuando un femicidio sucede, saltan los que afirman que sabían que en esa relación había violencia, que no existía respeto ni consideración, y dejaban pasar de largo ese dolor “porque no era cosa suya”. Nada más alejado de la realidad, estas situaciones nos involucran a todos en la obligación de acompañar, respaldar y ayudar a la persona en riesgo a denunciar a su agresor.
También exige como sociedad demandar las respuestas de parte de las autoridades encargadas de velar por el bien de las mujeres y de la seguridad del país en general. No es posible que muchos de los que han cometido femicidios en los últimos meses tuvieran expedientes delictivos y que precisamente por agresiones anduvieran libres y sin ningún tipo de seguimiento, vigilancia o acompañamiento de parte de ninguna instancia. La impunidad es una ofensa para las víctimas y para toda la sociedad costarricenses.
Ello no quita el hecho de que también, como sociedad, debemos de atender a los ofensores, para que en el entorno de la pena por sus delitos, se les ofrezcan medios de resocialización a fin de que cuando obtengan la libertad rompan cadenas y se conviertan en agentes de cambio social.
En los evangelios vemos al Señor en su trato con las personas, y especialmente con las mujeres, su cercanía amorosa y misericordiosa. La dignidad y el valor que siempre reconoció en ellas debe hacernos meditar sobre el papel de la mujer en la iglesia y en la sociedad.
Con el Papa Francisco, hay que recordar a todas las comunidades donde todavía arrastramos estilos patriarcales y machistas que el Evangelio comienza, en la genealogía de Jesús, subrayando mujeres que marcaron tendencia e hicieron historia.
Y en la Sagrada Familia, el modelo que nos ofrece San José a todos los hombres es uno muy distinto al que el mundo presenta y promueve hoy: San José es un hombre justo, que no dejó nunca que el orgullo, las pasiones y los celos lo arrastraran más allá de su confianza en Dios.
José, nos recuerda el Papa, “toma decisiones mostrando su calidad humana antes de ser ayudado por el ángel y llegar a comprender todo lo que sucedía a su alrededor”. 
“La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley. De hecho, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María, y en su duda por cómo hacer lo mejor, Dios lo ayudó a optar iluminando su juicio”.
Duele en el alma cada vida perdida de manera violenta. Sueños truncados, proyectos perdidos, hijos desamparados, familias partidas… Cuánto dolor cargamos como sociedad, cuánta sangre más es necesaria para detener esta tragedia…
Y se mata quitando la vida, con cuchillos y pistolas, pero también se mata hoy a las mujeres obstaculizando su desarrollo, poniendo trabas a su formación, considerándolas incapaces de asumir puestos de decisión, pagándole menos por el mismo trabajo, relegándolas de la política y desacreditándolas con chismes y habladurías.
Nuestra sociedad está enferma de violencia, violencia que nace en los hogares y se reproduce en patrones negativos de generación en generación. Es necesario por eso que toda acción y estrategia para luchar contra la violencia tenga como uno de sus ejes la familia, devolviéndole el carácter de formadora para la paz que debe de tener.
También en la Iglesia, muchas veces hemos subvalorado a las mujeres en nombre de un obstinado clericalismo que desconoce el lugar protagónico del laico en la evangelización, y más si es mujer. Preguntémonos con sinceridad, ¿qué sería de la Iglesia sin las catequistas, sin las madres que transmiten la fe, sin las que se involucran como nadie en los proyectos, o sin aquellas que dejan la vida y el corazón por una causa? ¿Quiénes son las que sostienen el mundo con su oración o las que fortalecen la Iglesia desde su carisma religioso? ¿Qué sería de la Iglesia sin la Virgen María, modelo excelso de mujer y paradigma para todas las mujeres de todas las épocas?
Son las mujeres quienes, con meticulosa paciencia, encienden y reencienden la llama de la fe. Por eso es un serio deber comprender, respetar, valorizar, promover la fuerza eclesial y social de todo cuanto ellas realizan.
Pensemos también en esas mujeres heroínas que hoy cumplen por igual su rol de madres y de trabajadoras, que son cabeza de hogar y cuya entrega va más allá de toda medida. En el silencio de su esfuerzo tejen vidas, forjan futuros y son luz para muchos.
Que la dignidad de cada una de ellas, y su valor como hijas de Dios, nos mueva a todos a tomar decisiones para garantizarles una vida plena y en paz, igualdad, justicia y amor.

Monseñor Javier Román Arias
Obispo Diócesis de Limón.

Publicado en Noticias.

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