San Marcos 7,31 37

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31 37):

EN aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los
oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá» (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.
El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían:
«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor.

 

 

También hoy el autor del Génesis se sirve de mitos y leyendas ya existentes, que, debidamente depuradas, le sirven para expresar el mensaje cristiano (o ya precristiano) que desea inculcar. El hombre es limitado, proclive a escuchar voces contrarias a la llamada amigable de Dios; desea a veces irrumpir sin respeto en el mundo del misterio, de lo divino, quizá hasta en actitud de desafío; “mas, ay, que contra el cielo/ no tiene el hombre rayo/, y en súbito desmayo/ cayó de ayer a hoy…” (El Mesías, de García Tassara).

Aunque parezca pasado de moda, nos es obligado reflexionar sobre la realidad del pecado. No todos los comportamientos valen igual. Y no todo son meros “desajustes psicológicos”. Siendo criatura tan nobles, podemos usar mal de las cualidades con que el Creador nos ha adornado: la voluntad, la libertad… Podemos olvidar nuestra condición de creados para la vida y tomar un camino de autodestrucción. Así vemos hoy a Adán: autodestruido. En vez de pasear con Yahvé por el jardín a la hora de la brisa, termina avergonzado, escondido, lleno de temores; se da cuenta de que está desnudo. Al alejarse de su Creador, su ser más íntimo se queda en cueros. Menos mal que, como veremos en los próximos días, Dios es fiel y no abandona. Saldrá al paso del hombre herido y le dará nuevas oportunidades; vendrá la Alianza. El rostro de ese Dios compasivo en medio de nuestro mundo es Jesús, que –dirán repetidamente los evangelios– va curando toda enfermedad y dolencia del pueblo, hoy la sordomudez.

Marcos no anda muy ducho en geografía. Si de la zona de Tiro alguien se encamina hacia Sidón, se aleja del Mar de Galilea, al cual tampoco se llega por la Decápolis. Quizá en la fase aramea de la tradición evangélica un originario Betsaida, ciudad vecina al Mar de Galilea, se entendió como beSaidá (=por Sidón), y siguieron desafortunados intentos de arreglo. Pero esto ni al evangelista ni a nosotros nos interesa mucho; nos basta con que Jesús fue realmente humano, situado en el tiempo y en el espacio. Allí hemos de encontrar lo que importa: su acción y su mensaje.

Los evangelistas son cuidadosos en subrayar que en Jesús se realizan las esperanzas seculares de Israel. En Isaías 35,5 leían: “en aquellos días, los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará”; y Jesús afirmará en Nazaret, tras leer un párrafo de este mismo profeta: “hoy se cumple esta Escritura que habéis oído” (Lc 4,21). Esa fue también la respuesta de Jesús a los discípulos del Bautista cuando le preguntaron si era él el que tenía que venir o aún había que esperar a otro: “…los sordos oyen…” (Lc 7,22).

Pero la Iglesia leyó siempre estas acciones de Jesús en profundidad; vio en ellas más que curaciones físicas. En Jeremías 6,10 hay un lamento de que muchos judíos tengan “orejas incircuncisas”, es decir, no oían a Yahvé ni obedecían su palabra porque les faltaba sintonía con él. Y esta es la advertencia y la llamada que hoy se nos dirige a nosotros. A muchos nos hicieron con el bautismo el rito, ahora opcional, del effetá, que incluye esta oración: “que es Señor te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y proclamar la fe”. Que el Señor nos libre de caer en la sordomudez espiritual.

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