TALAMANCA, REALIDAD QUE NADIE VE.

Las vivencias de 5 días en Alta Talamanca

Si como cristianos estamos llamados a anunciar a Cristo, con más razón al anunciarlo tenemos que vivirlo, y es que ante las injusticias y dolor que pasan los demás no podríamos ni tendríamos que callarnos, porque ser Cristiano también nos involucra a vivir la misericordia de Dios con quienes más lo necesitan.

Momento del arribo a Piedra Mesa

No resulta fácil iniciar dando una perspectiva personal de cristianismo, que para cualquiera podría no ser más que un simple juego de palabras, y no está mal que se pueda tener esa perspectiva cuando hablo de modo personal.

Quise iniciar este artículo de esta manera, ya que me duele el corazón de ver tanta injusticia, me duele más de lo que me puede aún doler el 90% de mi cuerpo, y no es para menos después de contar aproximadamente 30 horas caminando entre montaña en 5 días. Quise iniciar así para describir y contar lo que viven miles de indígenas en lo más alto de las montañas de Talamanca todos los días, y que nosotros compartimos por un corto periodo.

Realidades de un primer día.

Pintaba un bello día, todo estaba listo para que un grupo de 10 personas, entre ellos religiosas, sacerdotes, periodistas y este humilde servidor, y liderados por nuestro obispo diocesano, nos internáramos en lo más alto de las montañas de Talamanca, un helicóptero nos llevaría hasta el lugar donde esta misión daría inicio, tardaron alrededor de 20 minutos sobrevolando hacia la parte más alta para llegar a una comunidad llamada Piedra Mesa, un pueblo oculto entre lo más denso y espeso del bosque tropical, un lugar verde y tranquilo, pero lleno de vida, sueños y esperanzas.

La esperanza de decenas de indígenas

Decenas de personas de todas las edades corrían a ayudar a cargar nuestras cosas cada vez que el helicóptero tocaba suelo, y es que con cada aterrizaje, aterrizaba la esperanza de nuestros hermanos indígenas. A lo lejos y en todo momento se veían salir del bosque más personas que se acercaban a nosotros para saludarnos y mostrar, con aquellos rostros cansados, la felicidad que a ellos les embargaba nuestra presencia.

Marcaba el reloj las 2 de la tarde, cuando Mons. Javier Román junto al Pbro. Marvin Robles (párroco de Amubri) y al Pbro. Rolando Gutiérrez (sacerdote Vicentino), dieron inicia a la Santa Eucaristía la cual incluía bautizos a más de 20 personas entre niños y adultos. En el marco de la fiesta de San José, padre adoptivo de Jesús, monseñor resaltaba en su homilía la importancia de reconocer la presencia de Dios en la vida, “tanto como iluminó a San José para acompañar a Jesús y a María, Dios ilumina a cada uno para afrontar las situaciones difíciles, el camina con nosotros”  

 Mons. Román instaba a que “hay que abrir el corazón y prestar oído a lo que Dios quiere decirnos”, así como también pedía a los papás “ser responsables con sus esposas y cuidar de sus hijos, a ser padres los cuales los hijos puedan amar en todo momento”. 

Una vez concluida la Misa y los bautizos a una veintena de personas, entre ellas niños y adultos, procedimos a repartir algunas de las cosas que cargábamos para nuestros hermanos. Al salir de Limón, parecía que lo que llevábamos era mucho, pero al encontrarnos con las realidades, estas cosas se volvieron pocas. 

Largas eran las filas de hombres y mujeres esperando por una bolsa de víveres que incluían algunas bolsas de arroz, frijoles, café, pasta y otros productos que no alcanzan para alimentar a una familia siquiera en 2 días, por otro lado veíamos rostros de felicidad de niños hambrientos saboreando un jugo y unas pocas galletas, no en vano les digo que son niños hambrientos, es la realidad que se puede percibir.

 Y es que las realidades son tantas y tan duras, estos niños a pesar de pasar hambre, caminar horas en medio de la selva para asistir a la escuela, nunca dejan de regalar una sonrisa de agradecimiento.

Por otro sector, había otra larga fila, y al frente de esta, sentado en una esquina se encontraba don Danilo, un hombre oriundo de Bambú (Amubri), quien se ha dado a la tarea de inscribir ante el registro (TSE) a estos habitantes de estos pueblos olvidados, las filas no cesaban, y es que desde los más pequeños, hasta las personas más mayores seguían a la espera de ser inscritos para poder vivir en una “sociedad” que pueda contarlos como personas, ya que al no estar inscritos es como que si no existieran para el sistema. 

Esta es una de las cosas que más me han marcado, en el país más feliz del mundo, donde cada cierto tiempo se han realizado censos de personas, viviendas y más, es ahí donde me pregunto ¿a cuántos hermanos no estamos contando como parte de la sociedad costarricense?

En nuestra Costa Rica en los últimos años hemos adoptado tantas doctrinas de “luchas” por conseguir igualdades e inclusiones, protestas nos llevan a cerrar vías exigiendo cambios y defendiendo hasta beneficios de unos cuantos, pero nunca nos hemos detenido a pensar en estos hermanos nuestros. Ahí no existen las noticias ni las novelas diarias, no hay luchas entre taxistas, no hay pleitos por igualdades ni minorías, ni siquiera los partidos de la sele son importantes, y me atrevería a decir que ni siquiera saben que es “la platina”, cuando algunos de los puentes que utilizan para cruzar ríos no son más que 3 troncos atados a enormes rocas a unos cuantos metros de altura, que ponen en peligro la vida misma.

Las horas dentro de la montaña es como si no pasaran, ya que para muchos indígenas lo único que ocupan ver es el momento en que amanece para iniciar la búsqueda de alimento para sus familias y cuidar las pocas cosechas que poseen, y cuando la tarde empieza a caer para buscar un lugar, ya que muchos simplemente pasan la noche donde esta los reciba, aguantando frío, hambre, las injerencias del clima y hasta peligrando el ataque de algún animal silvestre.

Y así fue también nuestra primera noche en Piedra Mesa, intentar dormir mientras escuchábamos el llanto friolento de los niños que yacían colgados en las espaldas de sus madres, mientras estas se acurrucaban en una banca de tablas protegiéndose con una cobija.

El despertar de un segundo día

No marcaba siquiera el reloj las 6 de la mañana, cuando sabíamos que ahí estábamos por una misión, el dar a conocer a Jesucristo a través del amor, y el brindar amor y esperanza a este pueblo. Divididos empezamos nuestra primera travesía; el padre Marvin junto a la Hermana Sonia les correspondía subir la montaña para llegar a la comunidad de Piedra Mesa arriba, por su parte Mons. Javier junto a Laura Ávila y Martín Rodríguez (periodistas del Eco Católico), visitarían los poblados de Naranjal y Butubata, mientras tanto, a mí me correspondería acompañar al Padre Rolando al pueblo más lejano llamado Guayabal.

 Bastó caminar cerca de 3 horas para llegar al poblado, una humilde choza donde habitaba una pareja de ancianos, sin paredes que los protegiera ni piso que los sostuviera, con unos trozos de leña a mitad de esta formando un fogón, un par de camas hechas de caña y unos cuantos trastes, con perros, gallinas y cerdos que andan a la libre por toda la casa, este par de señores llaman a ese pequeño lugar su hogar, ahí nos instalamos y minutos después el padre celebraría la santa eucaristía y dar el sacramento del bautismo a 3 niños del lugar. 

El padre Rolando inició la misa con paciencia, enseñando a los lugareños a persignarse, una humilde mesa hecha de tablones y a pocos centímetros del sueño, sirvió de altar para la consagración del cuerpo y la sangre de Cristo. El padre en su homilía “pedía perdón, perdón a nombre de la iglesia, perdón por las veces en que la iglesia no ha venido a acompañarles”.

“En el corazón de la iglesia y a nombre del obispo y el párroco de Amubri, seguiremos buscando apoyo por parte del gobierno para brindarles mejores condiciones de vida” citaba el padre mientras un señor de nombre Eliot traducía al cabécar (lengua oficial de estas comunidades).

 Al finalizar la misa y los bautizos, nos dispusimos a repartir unas botas, galletitas, dulces, hamacas y cobijas que llevábamos para los lugareños, era poco, muy poco para la enorme necesidad en la que viven, pero la nobleza y rostros de agradecimiento no podían ocultar la alegría que les daba recibir tan mínimo detalle, mismo rostro del anciano dueño de aquella vivienda, imagen que aún guardo en mi memoria y será imposible olvidar cuando casi con lágrimas en los ojos preguntó ¿para mí?, mientras le entregaba un par de botas.

Casa en Guayabal

Pero, ¿qué es un simple par de botas para nosotros?, a veces nos avergonzamos y quejamos de lo mucho que tenemos, queriendo más, y para ellos un par de botas es un regalo preciado, la sencillez y agradecimiento de un pueblo en abandono, nos hace volver la mirada hacia nosotros mismos y reflexionar.

Al ir saliendo del lugar para regresarnos a Piedra Mesa, una señora se nos acercó pidiendo al padre que se le bautizara a sus hijos, era sumamente difícil puesto que ya íbamos, sin imaginarnos siquiera que un par de horas después, la misma señora caminaría kilómetros para llegar a bautizar a sus 3 pequeños, en un humilde acto de cercanía con el señor, el padre Marvin les bautizó.

La resistencia del tercer día

 Apenas iluminados por los primeros rayos de sol, nos preparábamos para abandonar Piedra Mesa, sabíamos que el camino era largo, pero jamás imaginamos las dificultades que teníamos que pasar para llegar, soportando lluvia y sol, cruzando ríos, subiendo y bajando montañas por sectores que eran casi imposible poner un pie, y sufriendo hasta caídas fuertes, logramos llegar 13 horas después hasta Bajo Bley a eso de las 7:25 de la noche, agotados y con dolor en todo el cuerpo, las hermanas de la Caridad de Calcuta nos recibían con un fresco, galletas y una sencilla pero deliciosa sopa, y así disponernos para descansar.

Jueves de misericordia

Desde temprano y con nuestros cuerpos casi inmóviles del dolor, iniciamos el día, un grupo de niños fueron acercándose poco a poco y cargando flores, mismas que adornarían el albergue donde se celebraría la Santa Eucaristía y bautizos al medio día, mientras en la parte externa, al calor del fogón, las hermanas de la caridad preparaban un delicioso almuerzo para todos los asistentes a la misa.

Durante la celebración de la misa, el padre Marvin tomaba las palabras de Jesús cuando decía “un reino dividido se iba a la ruina, si ustedes se dividen pueden irse también a la ruina… Cuando bajábamos de Piedra Mesa nos apoyábamos entre nosotros, ustedes también tienen que apoyarse entre sí y darse fuerza para seguir en la lucha”.

Al finalizar la eucaristía y los bautizos a una veintena de niños, nos dispusimos a colaborar en la repartición de platos de comida, aquellos platos sencillos y rebosantes, complementados con arroz, frijoles, yuca y plátano, pero preparado con un amor inmenso, se convirtió para todos en un completo manjar, la felicidad no podía ser menos, si es que el mismo amor con el que nos acercábamos a ellos, los indígenas se acercaban a nosotros regalándonos plátanos, caña y otros productos sencillos pero con un valor incalculable.

El amor de Dios y su misericordia era lo que reflejaban los rostros de cada uno de los habitantes de estas montañas, quien podría creer que en lo más adentro de la cordillera de Talamanca existen pueblos llenos de decenas de personas que claman a gritos por ayuda, que claman por mejores condiciones de vida dignas de cualquier ser humano, lugares donde no hay regulación de agua potable, menos abastecimientos de electricidad, pueblos donde los lugareños caminan hasta dos días para llegar a lo que mal llamamos “civilización” para poder adquirir productos de la canasta básica.

A la salida

A tempranas horas del viernes había que partir, sería otra caminata de aproximadamente 9 horas para salir de la montaña, iniciando por cruzar el río Telire casi al cuello, y no era para menos, ya que durante toda la noche la lluvia nos acompañó, pero nos íbamos y los lugareños nos despedían, esperanzados en que volveremos, con el corazón satisfecho por la misión realizada, pero a la vez roto al ver la miseria en que viven estos pueblos.

 Estos hermanos nos dan una lección de lucha constante, una muestra de amor. Comúnmente nos resulta tan fácil quejarnos de lo que poseemos, pero somos tan mal agradecidos a veces, tenemos un hogar, cuatro paredes bien cubiertas, camas con colchones y sábanas limpias, mientras cientos de niños, jóvenes, adultos y ancianos mueren de frío y soledad en un territorio que nadie imagina que pueda ser habitado por personas como nosotros, pasando día tras día las peores condiciones que alguien pueda imaginar. Nos convertimos en esclavos de lo que poseemos, y no imaginamos que muchos pasan hambre mientras desperdiciamos comida y perdemos el tiempo frente al televisor o el celular.

A este pequeño sector de la sociedad, un sector enviado al exilio y al cual deberíamos agradecer tanto por lo que hoy somos, cada vez los hundimos más y condenamos al olvido. 

Es hora de ponernos la mano en el corazón y actuar, las comunidades indígenas nos necesitan, necesitan de nosotros como nación, necesitan de la unidad de un pueblo, las comunidades más alejadas hoy claman a gritos que las autoridades pertinentes recuerden que ellos también cuentan y que son parte de esta pequeña gran nación.

Logramos salir de las montañas de Talamanca viviendo la experiencia y viendo la realidad de nuestros hermanos, la misión finalizó, pero el trabajo apenas empieza, los indígenas nos necesitan y esta es la realidad que nadie ve.

Gustavo Lozano L.

Radio Nueva Diócesis de Limón.

Publicado en Noticias.

Un comentario

  1. Felicitaciones a Monseñor, Sacerdotes, Religiosas, Laicos y periodistas comprometió con el Evangelio, aportando un granito de Esperanza y de Fe a nuestros Hermanos en Cristo Nuestro Señor .
    Dios y La Virgen Santísima, los llene de mucha Salud y bendiciones para que continúe con esta misión..

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