Evangelio del día…

Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,30-37):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos.
Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»
Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

Palabra del Señor

 

Jesús anda preocupado por las dificultades que ya se entrevén en el horizonte cercano. Llegará el momento en que sea entregado en manos de los hombres. Y por un lado comparte esa inquietud con los discípulos, pero a la vez quiere instruirles, prepararles y dar sentido a ese trágico futuro, que será paso imprescindible para la resurrección.

Ya decían los sabios de Israel, que quien sigue los caminos del Señor, encuentra pruebas y dificultades. Y el propio Jesús ya las ha ido encontrando, porque su mensaje no deja indiferente, remueve conciencias, costumbres, creencias y tradiciones. Y eso siempre es peligroso. Tanto, que los hombres lo matarán.

Sin embargo,  ante tales circunstancias, Jesús quiere seguir siendo absolutamente dueño de sí mismo, no renunciar a su libertad, no asustarse, no dejarse sorprender o atropellar por los acontecimientos, y mantener el corazón firme en Dios Padre. Dicho con otras palabras: no renunciar a su proyecto de vida, a sus convicciones, opciones y valores y proyecto de vida, ni caer en fatalismos, ni conformismos. Menos todavía en huidas. La grandeza de un hombre se mide en los momentos difíciles, conflictivos, duros… para los cuales hay que prepararse.

Estos momentos nos llegan a todos, quizás de manera imprevisible, quizás de manera progresiva (ir perdiendo salud, por ejemplo). Adelantarse, plantearse cómo vivir los fracasos, las dificultades… y también el momento final.

Jesús no solo piensa en sí mismo, ni para sí mismo: los discípulos cuentan y le preocupan, y cuando comparte con ellos sus reflexiones e inquietudes… se encuentra con que no le entienden, tienen miedo a preguntarle, y andan «preocupados» por cosas muy distintas. En vez de estar pendientes de su Maestro, de «estar» realmente con él, andan pensando en sí mismos. ¿Tan difícil era entenderle? ¿Por qué? ¿Y ese miedo a preguntarle?

Seguramente, si le hubieran entendido, me atrevo a decir, si hubieran querido entenderle, o le hubieran preguntado sin miedos ni rodeos… no se habrían dedicado a discutir «quién es el más importante». Entenderle era «quedar en evidencia». Entenderle era ponerse de su parte, y arriesgarse como él. Entenderle era plantearse el servicio (Jesús es Siervo que se entrega) y no el reparto de cargos, ni los títulos humanos, ni los «puestos». Los criterios de los seguidores de Jesús todavía son demasiado humanos. Por eso escribirá más tarde el Apóstol Santiago (primera lectura): «¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis…»

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